Para Carolina, reminiscencia irlandesa.

¿Belfast o Dublín?

¿Es posible ser feliz dentro de una sociedad convulsa? Y más aún ¿Es posible tener una infancia plena y feliz en una sociedad dividida, enferma y violenta?

En La vida es bella (1997), a Roberto Benigni, su director, la crítica le recriminó su visión fantasiosa y quizá irresponsable de conceptualizar los campos de concentración nazi como un espacio en donde la alegría era posible, y un niño podía percibir ese mismo espacio de muerte y desolación como una zona lúdica y divertida.

¿Es posible obviar entonces el dolor? Kenneth Branagh, el cineasta y actor irlandés ha creado Belfast (2021), una historia semiautobiográfica en la convulsa Irlanda del Norte de finales de los años 60 del siglo pasado.

En ella, Branagh retrata su infancia a través de Buddy, un niño de 9 años que representa su alter ego, un infante quien, sin embargo, ama profundamente la ciudad que da nombre a la cinta y comprende la felicidad como un estado posible a pesar de la sociedad dividida y dolida en la que vive.

Al director irlandés se le señala también que, a pesar de rodar una película conmovedora y entrañable, no escarba profundo en la problemática social de su Irlanda del Norte natal y se le cuestiona si debió plasmar con mayores evidencias las divisiones religiosas, políticas y sociales de un país en conflicto permanente y añejo.

Se ha dicho también en varios abordajes de la crítica que Branagh ha rodado una película simplemente bonita y el adjetivo le viene bien, porque lo es.

Belfast plantea en su historia un triunfo del espíritu humano, de la idea de familia, el valor de la tolerancia y las aspiraciones de una vida mejor en un país que no es el propio

Es la Irlanda del Norte en 1969 y la historia cruza a sus habitantes en una división entre republicanos y unionistas: los primeros desean ver a Irlanda unida en un solo Estado y los segundos, partidarios de una Irlanda del Norte unida a Inglaterra.

Aunado a ello, se recrudecen las hostilidades religiosas entre católicos y protestantes, el Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés) bucea ya en la frontera del terrorismo más recalcitrante.

Son los tiempos de The Troubles, la época más sangrienta en Irlanda del Norte que se cobró la vida de 3 mil 600 personas entre 1968 y 1998 y que llegó a su fin con el Acuerdo de Belfast en donde se reconoce tanto la nacionalidad británica como la irlandesa en la Irlanda norteña.

Pero nada de eso aborda Kenneth Branagh en su cinta o apenas si lo insinúa en las varias escenas en donde católicos y protestantes se enfrentan para dirimir sus diferencias culturales, su orientación ideológica y su odio permanente y cuasi sempiterno.

A cambio de ello, el cineasta nacido en Belfast encuentra en Buddy el canal para recetarnos una historia conmovedora y sí, bonita:  Buddy (Jude Hill) personifica el canon de los sueños, miedos y alegrías de un menor de 9 años de edad.

Buddy tienes dos abuelos ejemplares, dos personajes como sacados de un cuento de hadas por su bonhomía inquebrantable que le enseña al chico el valor de ser uno mismo, la cara virtud de la solidaridad y el amor inagotable de los viejos por el retoño de sus propios hijos.

Esos abuelos (extraordinarios Judi Dench y Ciarán Hinds) son también el escudo que protege a Buddy de la convulsión en la dolida Irlanda del Norte y son el horizonte y la orientación en el viaje hacia el despertar de un niño que, además, ama el cine y se obsesiona ya por un primer amor, una niña irlandesa católica, característica religiosa que hace dudar a Buddy porque él es protestante. Buddy aprenderá entonces el valor de la tolerancia.

Y qué decir de los padres de Buddy (Jamie Dornan y Caitriona Balfe) quienes, sin dejar de lado sus desavenencias matrimoniales, son los progenitores exactos para inculcar en sus hijos la necesidad de hacer siempre lo correcto, de regirse bajo los principios morales y éticos que corresponden a personas bien nacidas.

Belfast es una definición didáctica-pedagógica de cómo conducirse en tiempos conflictivos, épocas de polarización y espacios geográficos especialmente divididos en sus percepciones sociales y culturales más elementales

Belfast es la película más íntima de Branagh, su cinta más personal que por lo mismo, obedece entonces a un ejercicio de la memoria, a ese laberinto de los recuerdos que se esfuerzan más por darle forma a ese rompecabezas infinito que representa una vida entera, por eso, la reciente obra del director irlandés no es un manifiesto político, ni una denuncia en contra de nada ni de nadie.

El mismo Branagh, en entrevista para fotogramas.es, señala:

Tampoco se trata de un film político que ahonda en un enfrentamiento que se inició hace un siglo y todavía tiene numerosas heridas abiertas. En cada película o cada libro que aborda este tema existe la presión de tener que explicar su complejidad, pero yo solo soy un cineasta que trata de reflejar cómo la gente común lidia con una situación extraordinaria que ni siquiera acaba de comprender“.

Por eso, más allá de las connotaciones implícitas de una zona geográfica en permanente conflicto ideológico, Belfast puede ser enmarcada de mucho mejor manera en obras coming of age más enfocadas al trabajo de la memoria, en la maduración de niños y adolescentes que encuentran en el devenir de sus días, un sentido y razón a los hechos trascendentales y significativos de su vida.

No es descabellado mejor pensar en Belfast más en la tradición de Stand by me (1986) de Rob Reiner o Verano del 42 (1971), de Robert Mulligan; cintas, ambas, que plasman el dolor de crecer y madurar sin necesariamente complejizar el contexto de dicho crecimiento y camino hacia otras latitudes de ser humano y ser adulto.

A pesar de ser una película llena de matices y colores en el más amplio sentido emocional, la cinta de Branagh está filmada en blanco y negro, que paradójicamente la nutre de una profunda luz anímica y una claridad sobre lo que representa ser feliz en un mundo hostil.

Belfast es candidata al Oscar a mejor película y competirá también en otras seis categorías, entre ellas, la de mejor director. Vale mucho la pena ir a verla. Gustará a quienes busquen una experiencia cenital del triunfo del espíritu humano.

Drive my car

En el tenor de la entrega de los Oscar, esta Road Movie se ocupará de analizar una verdadera obra maestra: Drive my car (2021), de Ryusuke Hamaguchi. Cinta que mezcla con las dosis exactas, el dolor de la pérdida, el bálsamo del arte y ese encuentro y bocanada de aire fresco que en ocasiones representa el encuentro con desconocidos.

Nominada a cuatro premios de la Academia, entre ellos a la mejor película y mejor película extranjera, charlaremos sobre esta muestra total de cine dentro de 15 días.

  • Fotograma: Belfast