Me he llevado una sorpresa.

1

Por lo pronto: no son las historias de los presos las que he escuchado con atención. Es otro tipo de cautivos quienes me han dicho historias de vida en el envés de lo que se esperaría para una crónica sobre dar clases en un penal federal de mediana seguridad. Pero esa es otra historia.

2

Llamó alguien del Instituto de Cultura. Habla sobre una serie de talleres en centros de reinserción social, en Penales. Se arman y se promueven con fondos de la federación.  El interés reside en un concepto que apenas entiendo. Se trata de algo que repiten y a lo que le hacen murales o explican como un camino de redimidos.

La labor de este centro es la de llevar a los internos en una vía de conversos. Hablo de la reinserción. En este ánimo se atribuye a la creación literaria una utilidad.

No sé todavía explicar la incidencia de lo literario en esta ecuación, pero me interesó. Para que suceda este milagro de devolver ciudadanos a la sociedad luego de condenas por secuestro o delincuencia organizada o trasiego de droga nada como la literatura, uy, ese oasis

El asunto es que invitan a alguien que quiera colaborar con los hombres y mujeres privados de libertad que purgan una pena o están sujetos a proceso judicial. Hay que ir una vez a la semana y dar seguimiento a procesos creativos de algunos seleccionados. Ellos, en este caso hombres, han escrito un texto antes. Ha habido una criba y quienes serían asistentes al taller literario en un penal tienen, al menos, una experiencia en eso de contar cosas. Parece que es una especie de privilegio asistir a mi curso o taller, show, stand up, sesión de grupo de ayuda.

3

He sido invitado a una cárcel cerca de la Laguna de Guadalupe. Sin ritos iniciáticos ni instructivos, he aceptado. Mejor que no haya alharaca.

Apenas entiendo qué debo hacer.

O no entiendo en absoluto, pero, en los días siguientes, deberé entenderlo rápido: deberé calcular tiempos, deberé pensar temas, deberé conducir dos horas por la mañana, dos horas de regreso, por la tarde; deberé elegir una playera vistosa para poder ingresar, deberé comprar unos zapatos  ―los más feos el mundo, sin agujetas, de piel, negros, (novecientos pesos que no tengo)― para poder entrar sin que deban pedir permiso por excepción ―no estoy acatando el reglamento, un instructivo que luego notaré, colgado por todas partes, con letras pequeñas, incluso con dibujos, por toda la garita principal―.

4

Dentro, luego de recorrer garitas y pasillos, zonas de cacheo, rayos X, detectores de metales hasta llegar a la zona de módulos, hay un altar a la reinserción. Hablo de un mural que recorre todas las paredes con alusiones al tema, una especie de circuito visual de los conceptos como los de comisión del delito, proceso y condena; juicio e impartición de justicia y reinserción.

Se asiste ahí adentro a una especie de clase muy didáctica de qué debe hacer un preso al llegar para aspirar a irse. Un módulo es un panóptico: se entra al patio, alrededor hay salones, talleres, sanitarios, biblioteca, cuarto de música y una serie de caballetes donde los P.P.L. trabajan sus pinturas. Se escucha música. Pasan una parte el día trabajando ahí.

El módulo es el lugar donde viven el proceso educativo que pueda ofrecer este centro. Saldrán ebanistas o carpinteros, pintores, maquiladores de ropa o, en mi caso, escritores

El Instituto, que es el que me envía, ha propuesto que la escritura creativa y el trabajo en historias de reinserción, de rutas de libertad, como las han llamado, merece la pena. Me han elegido a mí, yo que nunca soy elegido para nada  ―todavía no sé por qué― para llevar el mensaje evangélico de la literatura a veintiséis hombres vestidos de caqui a los que llamamos por su número de expediente. Escribirán en hojas de máquina, con lápiz. Deberán componer, borrar y editar sus textos como en otro tiempo.

Pocos de nosotros, de los que escribimos, sabemos ya de esta restricción: hojas limitadas, sacar punta siendo vigilados, reescribir para que no se borre; de ésta y de la de tener que buscar en diccionarios y libros cualquier dato. No hay internet y su mensajero de informaciones soy yo; ésa es su desventaja. La ventaja sin precio tasable es que pueden inventar, lo que quieran.

5

Hay que dar cursos de escritura creativa en un CEFERESO. Eso es lo que supe. Fue una propuesta que llegó de manera extraña por parte de alguien de quien no esperaría alguna propuesta, extraña o extraordinaria, ni de cualquier tipo. Ha sido estimulante la sorpresa.

Me dio para pensar en ‘El miedo a los animales‘, de Enrique Serna, o en ‘Limónov‘, de Emmanuel Carrère. Quizá me encuentre al próximo José Revueltas también, uno nunca sabe. O no y ya. Eso de idealizar las aventuras me resulta complicado, un despropósito, un delirio criticable

Pienso en cosas elementales como mirar con atención el camino para no perderme o planear mentalmente la clase porque entraré sin material: ni libros, ni plumas, ni cuadernos, ni nada; ni cinturón, ni agujetas, apenas los lentes ―con permiso―; playeras vistosas, no deportivas, manteniendo la calma en cada filtro: sólo mi humanidad enrolada con huellas digitales y detección de iris en cada cámara y en cada pantalla. Sólo yo, siempre siendo reprendido en casi todos los puestos de revisión por algún comandante o teniente o lo que sea.

Sólo eso.

6

El horizonte es un páramo que no sé si es desierto o mar. Se ve tan a lo lejos que todavía es meridiano y azoga, y no da para saber de qué se trata. No hubo muchas instrucciones más que las de ir heurísticamente paso a paso. Mejor así. Es un poco como va todo. Por más protocolos o procesos que se asumen existentes en estos tiempos, a la hora de explicar, nadie explica un carajo, pienso, no porque no lo quieran hacer, sino porque no se sabe cómo. Y es verdad, la experiencia es intransferible. Libertad de cátedra, parece que es un eufemismo para decirle a uno que le haga como pueda.   

El objeto de ir a un penal a ser medio farsante e intentar hablar de mecanismos de escritura a banda que seguramente no querría estar ahí nunca ha quedado claro o ha sido un poco burocrático hasta que comienza a suceder, allá adentro, luego de los filtros y las revisiones y los tratos desconcertantes.

Me da la impresión de que quienes me invitan me equiparan a un pastor evangélico o a un coach de vida. Pregunto por los propósitos y sólo me dicen: REINSERCIÓN. Luego me advierten de los estudiantes, un público irónicamente cautivo

Quién no envidiaría al maestro que tiene a estudiantes como estos, ya lo dije, cuya disposición hace que uno se ría con risa autocompasiva por sentirse importante. En las entrevistas de pasillo con los pedagogos, los psicólogos o el titular, que es como el llaman al director de este centro, me presumen los logros en materia de cultura. No distingo bien, es algo contradictorio.

Hay un departamento encargado de la cuestión educativa. Dentro de eso, deporte y cultura siguen juntos, como en cada política pública de ciudad. En esos apartados hay banda que le mete a la pintura o a la música o al teatro. Hay logros en esa parte. Montan pastorela, realizan heroicamente obras alusivas al Quijote cada octubre, que son las fechas del Festival Internacional Cervantino, una actividad que se replica dese hace unos años. Si no me equivoco desde que Jorge Volpi estuvo de director del Festival. Que sepa el director de Extensión de la UNAM que ese tipo de actividades han trascendido incluso cuando él ya ni debe acordarse.

Hay que viajar dos horas desde Irapuato hasta a las instalaciones del CEFERESO 12. Uno puede ver, más o menos a un kilómetro de distancia, esa mole en medio de sembradíos y despoblados, muy cerca de la autopista San Luis Potosí-León, una maqueta con torres como una especie de alucinación o espejismo que se hace real conforme uno se acerca.

Hay que tomar la Carretera Irapuato-Silao, Corredor Industrial, como le llaman últimamente. Podemos imaginar la orografía. Me sigo sorprendiendo del tránsito en esta zona. Una fila interminable, un gusano de autos que parecen unidos rumbo a una misma dirección: Castro del Río, Aldama, FIPASI.

En los últimos años la zona del Bajío parece dar la impresión de ser una zona agringada. A veces pienso que somos el Detroit de por acá, sin ‘Robocop‘, pero con mucha delincuencia

Zonas pobladas por naves industriales, cerros pelados para futuras carreteras, el Cubilete y el Cristo abierto de manos. Y a las faldas de ese cerro, estratégicamente colocado, el monumento de la Luz del Mundo por el que todo el que llega a Guanajuato pregunta: esa torre de espejos que bajo el reflejo del sol brilla como como algo incandescente, una torre en llamas.

Noto los espectaculares que anuncian las proezas de los gobiernos, una competencia entre el federal y el estatal, que son de diferente partido y, por estos días, tienen un enfrentamiento por los recursos y las medidas.

Guanajuato es un estado inseguro, asesinatos en cada municipio, en comunidades, civiles y militares, narcomenudistas, víctimas de fuegos cruzados, también síndicos, regidores o diputados. Es una zona de conflicto y disputa. Nada que hacer dicen algunos funcionarios de nivel medio. Parecen siempre estar entre la espada y la pared. Cobran para hacer como que trabajan, porque si trabajan los echan o los eliminan. Los bandos son varios aparentemente. El Fiscal del estado por su lado, las fuerzas federales por otro, no sabemos bien para dónde apuntan sus empeños porque los del Marro o los del Cartel de Jalisco anuncian también sus actos y dejan boca abajo a toda la población.

Pueden verse hoteles de cadena, bodegas hasta el hartazgo y zonas industriales que se dedican a acumular hierro para material con el que se ensamblarán automóviles de varias marcas. Mazda, Toyota, GM, empresas y, luego, Silao-San Felipe. Este trayecto se hace junto a docenas de autobuses de transporte de personal; San Felipe-Ocampo; Ocampo-Laguna de Guadalupe.

A la altura de San Felipe me detengo en una estación de gasolina en donde cargo veinte litros, que son para lo que alcanza mi presupuesto, y me meto al sanitario para tirar el miedo

Normalmente me echo un Electrolit o algo hidratante. Restan doce o quince kilómetros de carretera, un despoblado casi bucólico que, ahora en septiembre, da paisajes verdes y arbolados, algunos llanos impresionantes, estampas pintadas por Herrán o por Velasco.

La Laguna del Huevo era como conocíamos a ese paraje a donde enviaban a los que se portaban mal o a quienes había que darles una lección cuando fui seminarista. La misión o el apostolado que tenía mala fama por lejano era éste. ‘Una metáfora de mis días actuales’, alcanzo a pensar cuando cruzo a cien kilómetros por hora San pedro de Almoloyán o Santa Bárbara, un territorio que tiene fama de violento, aunque, por ahora, se ve actividad de otro tipo: mientras pavimentan un camino, a los costados, uno puede ver la cosecha. Se trata de tractores en la labor, de gente repartida en los campos a punto de quedar pelones luego de la espera de unos meses para el fruto del trabajo: toneladas de frijol especialmente.

Pienso mucho. Me espanto de lo tanto que se le puede venir a la mente a alguien que conduce, por la mañana, rumbo a un CEFERESO. Al llegar, las líneas se cortan. El estéreo, no sé cómo, agarra una estación de música clásica. Recuero la primera vez: Obertura 1812: diez  kilómetros por hora, sorteando los bolardos de la entrada, hacer alto total frente al guardia, responder preguntas de rigor, abrir la cajuela. Recuerdo la primera vez, Obertura 1812: estacionar cerca de la garita, quitarme el cinturón, dejar todo lo de las bolsas en la guantera, la INE en la mano: suspiro. Parecía yo estar llamado a algo heroico, metido en un documental que conmueve. Qué risa me doy.

7

En el camino hay tiempo para pensar, he dicho. No siempre, pero hoy, es noviembre, hace frío y estoy frito del cerebro, pienso que esto no vale la pena.

Me refiero a echar el coche al basurero del kilometraje acumulado, un auto que ni es mío, para venir al Penal a que en varios filtros muestre mis miserias y ponga cara de pedir perdón, o de no entender lo que me piden y recibir regaños o que suenen los arcos de seguridad porque los zapatos que calzo, que son los más feos del mundo, tienen un maldito fierro invisible que revienta el chillido del detector de metal. Me refiero a inventarme esta cara de estoy seguro de lo que hago y ser el farsante que mi padre asegura que soy, el sabiondo extraviado que no llegará nunca a nada, como se ve.

A pasar el día entero entre carretera, curvas, escenarios de hélices gigantes y planicies con aspereza de peñasco. A flirtear con las ganas de echar el coche fuera de la carretera y valer reata para ya no estar pensando y repensando qué es lo que uno hizo mal o bien, o regular, como para estar conduciendo como chofer de refresquera que lleva hasta allá, a los rincones el líquido con gas, en mi caso, las palabras “taller literario” en el oficio de entrada.

A ese asunto de haber experimentado la sensación de ser un elegido pero no serlo nunca porque lo que le cae a uno apenas le da para mal vivir, cobrar tarde y, además, vivir bajo la mirada de quien cree que le hace un flaco favor al extenderle un contrato donde los gastos, la vida y todo lo demás van por cuenta de uno, incluidos los impuestos al SAT. Me refiero a vivir con la casi certidumbre de que todo mundo les está dando amparo a uno. Me refiero a la certeza, endemoniada y triste, de que así es. De que es verdad que uno pide limosna y le dan migajas y nadie olvida que así es.

Y, luego, me avergüenzo por quejarme, por sentir que soy víctima de algo y asegurar que no merezco eso sino otra cosa. Me da pudor experimentar esta altura moral de señorito, que ni soy, sino operario de nada, que cede a la tentación de hipar o compungirse por verdaderas tonterías existenciales y armarle filípicas al creador, o a su fe, o al mundo, al de los privilegiados o al de los de apellido y a los hacendados de la cultura, porque me asumo parte de ese ámbito. Pero igual me equivoco y no pertenezco ahí ni acá ni ningún lugar.

Caigo en la cuenta de que estoy con un nudo en la garganta y lo atribuyo a las horas que de horizonte me quedan de frente mientras me veo las manos en realidad sin gasto ni ampolla ni cayo, en realidad, ni cerca de las que veré, en un rato cuando entre al Penal

Es donde me maldigo o me siento indigente espiritual o ingrato o impúdico o verdadero quejica. Cuando les debo hablar por número a algunos porque no hay manera de diferenciarlos, todos pelones y color caqui, todos con miradas profundísimas y un tono elegíaco en todo lo que hacen, todos ansiosos por ver el mundo a través de este ventanal que a veces he sido cuando hablo de afuera o de lo de adentro, de paisajes, dilemas o historias, y reinvento con la palabra, que dio el origen al mundo, presumo. Este precepto lo saben ellos, yo lo he terminado sabiendo gracias a ellos. Es decir, gracias a repetírselo, buscando acomodar el verbo, el decir, la escritura, sus formas, la manera de contar como principio de todo.

8

La sorpresa en las historias de un penal me la he llevado yo, decía al principio. A quien he entrevistado, sin querer, ha sido a los asesores penitenciarios.

Es un grupo de trabajadores que vive en el medio de la seguridad y la población del centro. Conviven con los P.P.L. porque les imparten clases, coordinan los talleres, la hacen de mandaderos y de sacacopias de los internos. Es un grupo dividido en departamentos de trabajo. A mí me toca con los del departamento educativo. Alguna o alguno de ese departamento me escoltan hasta el módulo donde hay que dar mis sesiones de taller.

Ese tránsito es el que nos hace ir charlando. Unas veces ha sido Fany, otras, Fray Tormenta, otras veces Rodolfo, que es aficionado al diseño de interiores y al teatro. Les cuento qué pensé en el camino. Les importa poco. Me escuchan porque los libero un rato de sus labores. Llevan la lista de asistencia, unos plumones. Aunque tienen que fletarse mis clases, mis performances, porque se deben quedar en el salón casi todo el tiempo, aspiro a que, desde los primeros minutos, su mente se escabulla a otro sitio.

Los veo sentados al fondo del salón y deseo que estén pensando en ese momento, más o menos memorable, en el que, en medio de una fiesta para mí bizarra, se celebraban los diez años del penal

Habían sido convocados en el primer patio los guardias penitenciarios, los encargados de mantenimiento, los de cocina, los asesores, un mariachi, las autoridades y yo, de colado, en medio de ese juego de roles definido, donde resalto gracias al color rosa mexicano de la playera.

Hablo del momento en el que nos habíamos parado, más por entumidos que por querer bailar, cerca de la música.

Esa hora entrada la tarde en donde hacía movimientos de meneíto yo en el centro de una rueda de personas uniformadas con pantalón azul marino y camisa blanca que se fue improvisando, doce desconocidos para mí, mujeres y hombres, que aplaudían mientras bailábamos La Bala y el mariachi exigía al que bailaba en medio a-ba-jo, a-ba-jo.

Daba un espectáculo ridículo. Repetía los infumables coros de la canción para bodas, ésa que Pedro Fernández revivió, con gestos de estarme divirtiendo, ostentaba yo la gracia de una vaca patinadora mientras bailaba La Bala en el patio de un penal.