Ángel  Stanich los va a soprender. De voz cansada y lenta, es un letrista rumbo a la madurez. Melancolía pura. A lo Dylan. A lo Young. A lo Cash. Al tiempo

 

De melancolía pura. Blues folk. De lo acústico a lo eléctrico, de letras directas, de secuencias de persecución en road movie, de la mejor forma de Neil Young al western salvaje y a la huida de Sam Peckinpah, al country penitenciario de Johnny Cash, a las guitarras estruendosas de Lou Reed. Del aullido armónico de Morricone, de la poesía rasposa y poco elegante de Tom Waits, del junkie de William Burroughs al cine de serie B, a las atmósferas desiertas de Ry Cooder en ‘París, Texas’, al amanecer caníbal de Ángel Stanich. La frescura de las letras evoca cualquier pasaje de las novelas negras de Jim Thompson: personajes perdedores, outsiders de bares y cervezas, de mujeres que en Stanich “son fábricas de carne” (Amanecer Caníbal). La frontera como límite de lo permitido, lo prohibido. La nube de LSD y nicotina es el pasaje para acceder y volver, despertar y ser. Stanich en Morrison: “Estuve en el cruce/obtuve la ley/es la montaña quien sube/la tabla Moisés/La tabla de un surfer/aquí estuvo el rey”.

De Santander (España, 1987), Ángel Stanich mantiene un cerco permanente para no aparecer en entrevistas y dar poca promoción a sus discos a pesar de firmar para Sony Music. Aunque relativamente novel (un disco y dos EP en su corta historia), catalogado con la etiqueta de músico indie, Stanich es más que esas olas ‘indie-hippies-folk’ de animosos por beber y bailar sin sentido, en una atmósfera sicotrópica colorida y de movimientos amorfos. Es un cantautor independiente, de pequeños bares y emotivos conciertos. Hay que escucharle, prestarle atención, vale la pena. Quizás no se le tome en serio a la primera y su voz suene demasiado lenta y cansada, pero Stanich los va a sorprender. Es un letrista español en proceso de ser mayor. A lo Dylan, a lo Young, a lo Cash. Al tiempo.

‘Camino Ácido’ (2014) es un disco altamente recomendable con un buen tequila/mezcal, en compañía de una fábrica de carne o en solitario, con monólogo introspectivo o una buena charla noctámbula, con aullidos a la luna y versos malditos. A la sombra de una vela. Bajo su riesgo si lo escucha abrazado a un peyote y besando a una escopeta. Es metáfora, no lo escuche tan literal, son historias de subida y bajada para alivianar la angustia de los días, antes de partir de viaje, cualquiera que este sea.

 

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