En 1990, a los 80 años de edad, el cineasta clásico japonés Akira Kurosawa, rodaba su antepenúltima película y aunque luego filmaría dos obras más antes de morir en 1998, Kurosawa dejaba con sus sueños, una especie de mensaje o advertencia para la humanidad, un alegato onírico en contra de la guerra y la devastación del medio ambiente.

En Los sueños, el artista asiático combinó con una complejidad narrativa notable, todo lo mejor y todo lo peor que el ser humano tiene en la alforja de su existencia, esa dualidad que reviste al género humano en su esplendor, capaz de dar esperanza y también, esa degradación del ser que lo coloca en la escala más “granada” de la estupidez.

Kurosawa mezcló la belleza y el horror en esta cinta de su época crepuscular, logró que ambos conceptos se tomaran de la mano y agitó su conciencia y la de sus espectadores para analizar los contrastes, los matices y el radicalismo de los humanos y la sempiterna esperanza de encontrar y recrear un hombre nuevo.

Los sueños de Akira Kurosawa son ocho pequeñas fábulas quiméricas, ocho cuentos japoneses que ponen en perspectiva diversas historias enfocadas en la advertencia de las consecuencias de la guerra y de la contaminación del medio ambiente

Aunque también nos muestran la importancia del cuidado de las tradiciones, de la espiritualidad que otorga el arte, de la necesidad, por ejemplo, de volver a ser más contemplativos y menos enfocados en eso que la tecnología y la modernidad llaman lisa y llanamente, progreso.

Quizá el cineasta japonés pudo llamarle también a su obra, “pesadillas”, porque a partir de espantosas visiones, el director nipón nos recuerda que el miedo debe recorrer nuestro interior para obligarnos a actuar, para decirnos que es el momento de replantearnos la vida o decirle adiós. Qué interesante hubiera sido escuchar a Kurosawa en este annus horribilis.

Entre estas ocho viñetas fantásticas, Kurosawa relata tres pesadillas; una de ellas es El túnel. Un soldado, oficial del ejército japonés, acude lleno de espanto a la entrada de un túnel. Por ahí aparecen sus peores pesadillas, su regimiento marcha pensando que aún vive, pero el joven soldado les recuerda que están muertos, que él asume la culpa. Su conciencia lo atormenta. Es la forma en que la guerra marca de por vida a sus protagonistas.

En la segunda pesadilla, El monte Fujiyama en rojo, narra el colapso de una central nuclear. Los protagonistas son dos hombres, una mujer y dos niños. Los tres comienzan a experimentar el infierno. Japón ha quedado devastado por la explosión de seis reactores de la planta nuclear. Saben que el cáncer, la leucemia y diversas y espantosas mutaciones terminarán con sus vidas. Es el horror del progreso.

La tercera pesadilla narrada por Kurosawa, es El monstruo lastimero. Un holocausto nuclear ha arrasado la tierra y la ha convertido en un espacio estéril en donde los seres humanos han mutado. Un horrendo cuerno corona su cabeza para convertirlos en demonios que se retuercen de dolor al caer la noche. Es la advertencia de la guerra y sus consecuencias.

Kurosawa señala, advierte, plasma en finísimos cuadros una belleza aterradora: el Monte Fujiyama pintado de rojo, la flor llamada diente de león, de un tamaño desproporcionadamente gigantesco y la marcha de un grupo de soldados leales y disciplinados marcado su rostro por el azul de la muerte.

Una visión pesadillesca vuelta realidad por la estupidez humana, pero advierte que el próximo episodio de imbecilidad puede ser el último. La naturaleza, el medio ambiente no soportarán más y no encontraremos vuelta atrás. Todo habrá de concluir, señala Kurosawa

Pero también, el director asiático apela a la esperanza. En sus sueños imagina y recrea el arte en una de las historias que derrocha un preciosismo integral profundamente notable.

Es en Cuervos en donde Akira Kurosawa une la pintura de Vincent Van Gogh, la música de Chopin y la maestría de la narrativa cinematográfica, esa que permite precisamente y como lo creó Georges Méliés, la posibilidad de fabricar sueños, los que permiten sonreír, los que permiten a los cinco sentidos una gozada catártica capaz de generar un patrón de experiencia estético irrepetible.

En Cuervos, un estudiante de arte acude a un museo para apreciar las pinturas de Van Gogh (sorprendente interpretación de Martin Scorsese). En un momento, se desconecta del mundo y penetra en una pintura del artista holandés. Lo encuentra, charla con él, lo pierde de vista y en su búsqueda, camina y corre por las obras del malogrado pintor europeo. Las notas de la música de Chopin encuadran esta frenética y deliciosa experiencia estética.

El arte como tabla de salvación de lo humano.

Retorno a la inocencia

Si Naomi Kawase, la cineasta japonesa y a quien ya abordamos en semanas pasadas en esta Road Movie, proponía en su obra que la máxima posibilidad de salvación de lo humano se encontraba en el cuidado de la naturaleza, Akira Kurosawa lo planteaba mucho antes y en Los sueños nos permite respirar al proponernos que debemos volver a lo básico, a esa etapa en donde el ser humano vivía por y para la naturaleza. Kurosawa nos invita a vivir en la inocencia, a esa edad en donde el espíritu del hombre no estaba prostituido por el progreso y los avances tecnológicos.

En La aldea de los molinos de agua, Kurosawa incluso hace una dura crítica a la ciencia y a la adoración que el ser humano le profesa a los inventos del hombre.

Un viejo sabio le cuenta a un joven que llega a la aldea, las bondades de vivir lejos de la modernidad y le hace ver el espejismo que representa la ciencia y el avance de la quizá mal llamada civilización

Dice el anciano: “tratamos de vivir como vivía el hombre antes. Llevando un estilo de vida natural. Hoy en día, la gente ha olvidado que el ser humano es parte de la naturaleza, entonces la destruye y no se da cuenta que de ella depende nuestra vida. Siempre creen que pueden hacer algo mejor. En especial los científicos, serán inteligentes, pero la mayoría no comprende el corazón de la naturaleza. Sólo inventan cosas que, al final, terminan haciendo infeliz a la gente y, sin embargo, están orgullosos de sus inventos y lo que es peor, la gente también está orgullosa… Creen que los inventos son un milagro y los adoran”.

El viejo sabio le cuenta entonces al joven que la muerte debe ser celebrada cuando la vida se ha experimentado con dignidad.

Kurosawa apela entonces a la posibilidad de vivir en un tiempo y en una época que nos recuerde cómo era antes la existencia. Pero parece ser que, si Akira aún viviera, se daría cuenta que el ser humano precisamente acude ya a una generación que no recordará cómo se vivía antes de internet y las redes sociales.

Una generación que hoy está más cercana al rojo del Monte Fujiyama, al doloroso cuerno de las mutaciones y al rostro azul de la muerte que se padece y aleja la posibilidad de festejarla por la solidaridad con la que debió ser promovida la existencia.

Kurosawa murió en septiembre de 1998, lejos de ver al ser humano viviendo en una aldea con molinos de agua y experimentando el arte como recurso de dignidad ante la degradación moral que nos acecha por estos días.

  • Fotograma: Los sueños de Akira Kurosawa
OCT 2