Para Ana, Claudia, Silvia, Rubby, Federico, Ricardo, Javier y Manuel que conocieron y admiraron el cine de Béla Tarr.
Dirijo un taller de apreciación cinematográfica y en julio del año que recién terminó, los asistentes a dicho taller abordaron el análisis de El Caballo de Turín (2011), la última película del mítico cineasta húngaro Béla Tarr.
Le adjudicamos el adjetivo de última porque el mismo director había dicho que después de esa obra, no volvería a filmar ninguna película más. El 2019 lo sacaría del supuesto retiro en condiciones especiales.
Tarr nos dejó el pasado 6 de enero luego de una larga enfermedad que terminó con su vida a los 70 años y con ello pasó a la casi impenetrable puerta de la inmortalidad, acceso sólo disponible para aquellos artistas que heredan un legado que ha logrado definir y por tanto alcanzar la trascendencia de las generaciones que vendrán.
Cuando una nueva época acuda a visitar la obra del ilustre húngaro, sabrá que un día existió un hombre fiel a su idea del arte y alejado de una modernidad que prioriza la grandilocuencia del efecto especial y su ruido omnipresente.
En aquella sesión de apreciación cinematográfica, les pedí a mis compañeras y compañeros que apreciáramos El caballo de Turín al calor de algunas copas de tinto, inequívoco y necesario elixir para conectar con dicha cinta y compenetrarnos en las casi dos horas y media de tal película que exige la máxima atención para acceder al arte, del cual Tarr, era un maestro: el cine de la contemplación.
Creador de un auténtico cine de autor, Béla Tarr debutó en pantalla grande en 1979 con Nido familiar, pero sin duda una de sus grandes obras sino es que la más representativa en términos de complejidad narrativa, imagen y duración, es Sátántangó (1994), cinta basada en novela homónima del Nobel de Literatura, László Krasznahorkai que discurre sobre el fin del comunismo en la Europa del Este y que tiene como marco un taciturno y alicaído pueblo rural húngaro.
No es fácil para todos los ojos apreciar Sátántangó cuando tiene una duración de siete horas y media y es aún menos sencillo si no se tiene el antecedente de quién es Bela Tarr, de su estilo y forma de narrar, de su técnica de largos planos fijos y la silente ambientación que reina en sus películas alejadas de los métodos de edición tradicionales y vertiginosos.
Es por ello que el artista húngaro fue un auténtico y total poeta de la contemplación, esa forma de abordar el cine que algunos llaman cine lento, pero cuando logra entenderse, puede generar en el espectador un agradecimiento pleno a su creador y la revelación de una belleza extraña y compleja que no puede dejarnos indiferentes de ninguna manera.
Tarr fue un cineasta de obra selecta, apenas once películas describen su trascendencia y si bien aseguró después de El Caballo de Turín (su décima cinta) que no habría de filmar otra más
En 2019 estrenó el documental Missing people, mismo con el cual abandonó el retiro al que se había comprometido. Sin embargo, debemos decir que dicho documento cinematográfico fue un encargo especial que le hizo el Wiener Festwochen un festival vienés que se celebra cada año y al que Béla Tarr correspondió para cristalizar un último trabajo en el que plasmó la pobreza, la migración y la indigencia en Viena, la capital austriaca.
Una poderosa influencia estilística
Cuando hablamos de retiro en Béla Tarr, sólo hablamos de la dirección cinematográfica, es importante aclararlo, porque en realidad, después de El caballo de Turín, Tarr impartió cursos de cine durante varios años en la Film Factory de Sarajevo, espacio en donde por ejemplo el joven director sueco Valdimar Jóhannsson aprendió bien la estética de Tarr y como resultado, vimos en 2021, Cordero, la obra debut de Jóhannsson en donde notamos la clara influencia del director húngaro.
Caso notable de influencia recibida por parte de Béla Tarr, fue el malogrado cineasta chino Hu Bo quien se suicidó el 20 de julio de 1988 apenas a los 29 años dejando tras de sí una única cinta, Un elefante sentado y quieto (2018), obra filmada en blanco y negro y una duración de casi cuatro horas y media.
En julio de 2025, justo por los días en que mi grupo del taller de apreciación cinematográfica veía El Caballo de Turín, en esta Road Movie de Ruleta Rusa apuntaba lo siguiente sobre la obra de Hu Bo, su muerte, la relación del artista chino con Tarr y lo que este expresaba sobre él.
“El mismo año de su muerte, Hu Bo se dio todavía el tiempo de asistir a un taller que dirigía el mítico cineasta húngaro Béla Tarr y cuando apreciamos Un elefante sentado y quieto, sabemos con claridad que la influencia de Tarr es más que evidente al percatarnos de la sobriedad y la silenciosa narrativa que el joven nacido en China aplicó a su solitaria película.
“Hu no pasaría desapercibido para el cineasta europeo y en una carta pública luego de la muerte de Bo, Tarr se expresaría de la siguiente manera respecto a las capacidades y personalidad de su alumno:
«Recibo un sinfín de candidaturas de aprendices de cineasta chinos que desean participar en el taller que dirijo. Pero cuando lo conocí, de inmediato supe que tenía algo… Su mirada revelaba una fuerte personalidad poco común. En el trabajo, era una persona muy reflexiva y amable. Escuchaba a todos y prestaba suma atención a los detalles. Era un hombre impaciente, con una perpetua urgencia. Tal vez sabía que le quedaba poco tiempo… No aceptaba el mundo y el mundo no lo aceptaba a él. Hemos perdido a un cineasta de gran talento, pero su película permanecerá con nosotros para siempre»”.
Así era Béla Tarr. La directora española Pilar Palomera escribió el pasado miércoles en el periódico El País, unas sentidas palabras para despedir a su maestro:
“Béla fue una persona de una generosidad admirable y poco común. Compartió con nosotros sus procesos creativos, todo lo que sabía y todo lo que había aprendido, poniendo su experiencia a nuestro servicio. Quienes aprendimos a su lado le estaremos eternamente agradecidos”.
Béla Tarr nació en Pécs, Hungría en 1955 cuando el comunismo era la ideología reinante en la Europa del Este, 70 años después, el artista se ha despedido de este mundo que observa un peligroso regreso al autoritarismo con la llegada de gobiernos de ultraderecha que se expanden a su anchas a lo largo del planeta,
Cuando mueren artistas como él, nos debe quedar una especie de condición huérfana, pero abrazar su obra debe representarnos una bocanada de aire fresco y esperanza para imaginar que la utopía es todavía alcanzable.
Otra copa de tinto
Son los primeros días de 2026 y es preciso brindar por la vida del director húngaro porque si en El Caballo de Turín planteaba la filosofía del eterno retorno de Nietzsche, ese volver a vivir una y otra vez la misma vida hasta el más ínfimo detalle, sin variación alguna, es preciso tener la esperanza de volver a ver algún día a otro genial hombre llamado Béla Tarr.
- Foto: Academia de Cine Europeo