Viktoria Sorochinski nos hace evocar con sus retratos la belleza o el conflicto que genera la interacción humana en el espacio vital que compartimos con nosotros y los otros.

Sorochinski (Ucrania-Canadá) ofrece una alegoría del teatro de la vida, más que nunca pertinente en tiempos de la peste posmoderna, reflejos del mundo interior donde nuestra actuación se manifiesta y estalla, luminosa u oscura, siempre poderosamente viva aún en la reclusión asumida.

En esta serie denominada Dialógos silenciosos, Sorochinski congrega a gente del orbe, desde su natal Ucrania, pasando por Italia, Francia, Alemania, Noruega e Israel, hasta llegar a Estados Unidos, en un interdiálogo donde se privilegia el metalenguaje.

Retrata a las personas en momentos de encuentro psicológico consigo mismos y con aquellos que están cerca de ellos (…) Durante estos momentos de autorreflexión y diálogo interno, se revela una cierta verdad sobre estas personas“, describe Sorochinski sobre el carácter de esta serie.

Ruleta Rusa te sugiere escuchar, mientras observas las imágenes, la belleza sonora de Dead Can Dance y la poesía novísima de Zel Cabrera.

La mujer del albañil tiende su ropa

para Selva

Almada
El edificio frente a la casa,
permanece en obra negra.
Entre ladrillos y varillas,
los días van;
en construcción,
lunes, martes, miércoles, jueves,
viernes, sábado…
pero no el domingo.

No, los domingos
a los ladrillos les crecen prendas
recién lavadas,
y al sol de las tres de la tarde
aquella ropa se seca.

Es ropa de mujer, le digo a mi madre
y observamos desde la ventana
aquel edificio inacabado todavía.
Pero no hay calzones, aclaro.
Ella se ruboriza,
me lanza un reproche con la mirada.

Es cierto, no hay calzones
porque la ropa interior
se lava
en las entrañas de una regadera,
nunca al sol,
nunca a la mirada pública de los otros.
La ropa íntima
es esa verdad a media voz
que se susurra,
como un secreto, o eso piensa mi madre
cuando advierto el faltante
en aquel tendedero de mujer.

Yo también lavo mi ropa los domingos,
la tiendo toda en el balcón,
sin miedo a las miradas indiscretas,
a la atención que mis prendas íntimas
puedan despertar o no,
en los otros.

Zel Cabrera

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