Michel Graf es un artista en toda la extensión de la palabra. Su arte visual se basa en el ‘Weltanschauung’ o cosmovisión, donde convergen la ciencia, el arte, la filosofía y la cultura como perspectivas de lo humano.

Graf (Toronto) ha diseñado una genética visual que hace eco en la alteridad, en la transformación de lo cotidiano a partir de brevísimas alegorías, destellos simbólicos de realidades compartidas donde se privilegia la imagen ritualizada.

El pensamiento de Hemingways captura algo del espíritu que impulsa muchos esfuerzos artísticos: la sensación de extender nuestras vidas a través de las expresiones de los demás (…)  el objetivo (de mi obra) es encontrar formas alternativas de vernos a nosotros mismos, a nuestras mentes, o simplemente a la señal del ruido del otro”, ha escrito Graf a propósito de su obra.

Ruleta Rusa te sugiere escuchar, mientras observadas las imágenes, lo hipnótico de Noir & Haze y la poesía flamígera de Margaret Atwood.

Helena de Troya baila en la barra

El mundo está lleno de mujeres.

Si tuviera oportunidad, quién me diría que tengo

que avergonzarme de mí. Dejen de bailar.

Consíganse un poco de respeto

y un trabajo diurno.

Bien. Y un sueldo mínimo,

y venas varicosas, ocho horas

paradas en el mismo lugar

atrás de un mostrador de vidrio

fajadas hasta el cuello, en vez de

andar desnudas como un sándwich de carne.

Vendan guantes o alguna otra cosa.

No lo que vendo yo.

Hay que tener talento

para comerciar con algo tan nebuloso

y sin forma material.

Explotadas, dicen. Sí, como sea,

que la corten, pero puedo elegir

cómo, y me llevo la plata.

Yo le doy valor.

Como los predicadores, vendo la revelación;

como las propagandas de perfume, el deseo

o su facsímil. El secreto es esperar el momento oportuno,

como en las bromas o en la guerra.

Vuelvo a venderles a los hombres sus peores sospechas:

que todo está en venta,

y por partes. Justo antes de que pase,

me miran y ven al asesino de la motosierra,

cuando muslo, culo, mancha de tinta, rajadura, teta y pezón

todavía están conectados.

¡Qué odio les salta,

adoradores míos con olor a cerveza! Eso, o un amor

medio dormido y sin esperanza. Viendo las cabezas en fila

y los ojos dados vuelta, implorantes

pero prestos a morderme los tobillos,

entiendo las inundaciones y los terremotos, y la urgencia

por pisar a las hormigas. Yo sigo el compás,

y bailo para ellos porque

ellos no pueden. La música tiene el olor de los zorros,

crepita como metal recalentado

quema las fosas nasales

o es húmeda como agosto, difusa y lánguida

como una ciudad saqueada, el día después,

cuando ya se cometió el abuso

y la matanza,

y los sobrevivientes andan

buscando en la basura

qué comer, y solo queda un cansancio desolado.

Hablando de ese tema, lo que más me agota

es la sonrisa.

Eso, y fingir

que no los oigo.

Y no los oigo, porque después de todo

para ellos soy una extranjera.

El habla aquí es toda gutural y verrugosa,

obvia como una feta de jamón,

y yo vengo de la provincia de los dioses

donde los significados son melódicos y oblicuos.

No lo hago con todos,

pero acercate, que te lo digo al oído:

A mi mamá la raptó un cisne sagrado.

¿Me crees? Puedes llevarme a cenar.

Es lo que les decimos a todos los maridos.

Seguro hay un montón de pájaros peligrosos sueltos alrededor.

Y no es que alguien de acá

vaya a entender aparte de ti.

A los demás les gustaría mirarme

y no sentir nada. Reducirme a las piezas que me componen

como en una fábrica de relojes o un matadero.

Aplastar el misterio.

Emparedarme viva

dentro de mi cuerpo.

Les gustaría ver a través de mí,

pero no hay nada más opaco

que la transparencia absoluta.

Miren —¡mis pies no tocan el mármol!

Como el aliento o un globo, me elevo,

floto en el aire a quince centímetros

en mi huevo de cisne, deslumbrante, hecho de luz.

¿No me crees que soy una diosa?

Pruébame.

Esta canción es una antorcha.

Tócame y te quemas.


Margaret Atwood

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