Pariwat Anantachina ha encontrado en los viejos álbumes fotográficos olvidados, en esos testimonios visuales anónimos que han terminado en los mercadillos, una forma de encontrar respuestas a su propia condición de ser humano.

Anantachina (Tailandia) reflexiona con una intervención visual minuciosa, de cirujano preciso, sobre el misterio de la existencia, hipertextualizándola con collages que parecen arbitrarios aunque en ellos subyace un gesto luminoso, la reconstrucción del olvido.

El misterio de no conocer el tema o los lugares me permitió crear conexiones subconscientemente con mis propias historias”, explica Anantachina sobre sus intervenciones fotográficas.

Ruleta Rusa te sugiere escuchar, mientras observas las imágenes y lees, la música envolvente de Odd Beholder y la poesía electrizante de Mariana del Vergel.

Mi madre es un extraterrestre

Puede ser que algún día
invitemos a un habitante de Marte
para un fin de semana en nuestra casa.

                                              Rosario Castellanos

Mi madre es un extraterrestre

que domina la tierra de

los andamios ocultos al pasado,

las cuentas del alcohol ante su padre

y una que otra espiga de esperanza

guardada para siempre entre su vientre.

Cuando se pone el casco,

se pintan nacarinas cada flor de paño

y deja ver sólo en su mirada horizontal,

la coartada perfecta de su vilo

amarrado al planeta en afecciones.

Sus manos enguantadas –llenas de espacio–

convergen en la asfixia ciega de un virus

que aturde cuando acercamos nuestra lupa

a una solar distancia calculada

sin saber nada del humano o su herencia hormiga.

Mi madre sabe que enmudecemos

mientras mentimos decididos

y en la cama decimos con coraje:

¡somos inmortales!

Lo sé porque anoche algún hermano mío

levantó en alto una bandera blanca

con ayuda de otro brazo,

y cerca de las doce terminó su ritual

por designio ajeno

bañándose en tierra caliza.

Mi madre es y nos deja ver y sabe,

pero no son sus cuidados o su mote

los que nos impiden compartirle

un abrazo de media tarde

o la sopa de mar salado.

Es que no podemos entrar ni salir de nuestro yelmo

–¡estamos encerrados!–

como ella noble sí lo hace

cuando viste sin peligro

su extraña bata blanca.

Mariana del Vergel