Los ‘catalogueros’ no aparecen en los diccionarios pero forman parte del hábitat natural de la Central Camionera de León. Ellos meten en la pelea a los locales de calzado más escondidos

 

La Central Camionera de León ha creado sus propios sistemas comerciales. Ha crecido por la demanda del calzado y la marroquinería y se ha posicionado por su ubicación. Tiene las desventajas de muchos mercados, por lo mismo se ha inventado a sí misma y adaptado a los cambios. Hay oficios que surgen de la necesidad del comercio, que nacen de una voluntad y se esparcen tan rápido como la humedad en la arcilla. Los diableros son los dueños de sus rutas, dominan su trabajo logístico y le dan movimiento constante a la Central.

En otra parte del proceso comercial, fuera de los mostradores pero enlazados a los distintos mercados y a sus más pequeñas células, los locales, están los catalogueros. A diferencia de los diableros, ellos no tienen una ruta específica, se dispersan a partir de puntos estratégicos y de ahí la intuición los orienta. Son una especie eventual de vendedores que cargan muestras y recorren la calle en busca de clientes. Aprovechan esa confusión que dan los mercados, los exhibidores saturados y el ruido urbano.

Cuando un cliente potencial observa alrededor sin enfoque claro, aparece un cataloguero con un par de botas de pitón en mano. Si el cliente se cautiva por el producto o por lo que se pensaría un vendedor ambulante, este da el segundo paso y explica que no solo ese par existe en sus manos, que allá donde él trabaja, hay variedad y numeración.

Entonces el cataloguero muestra la carpeta de fotos, un catálogo hechizo, medio improvisado, como un álbum familiar con fotos impresas en la Kodak

Tengo el recuerdo de haber visto este tipo de fotos un tanto maltratadas por el sol, no solo en la Central, también en algunas fondas de la Feria hace muchos años. Pero el trabajo del cataloguero no termina ahí, pues el fruto de su seducción debe acarrear a los clientes a un local escondido o bodega arrinconada. El valor de este oficio radica en meter a la pelea a los locales que no gozan de estar en esquina o al pie de calle, aquellos aparadores que de otro modo morirían en la soledad.

El cataloguero no existe en diccionarios pero genera una dinámica ‘levanta muertos‘. Es la conexión entre calle e inventarios, puede ser la clave del éxito y, prescindir de ellos, sería renunciar a la naturaleza espontánea de la Central Camionera.

Se les puede ver sentados en las escaleras de los mercados, parados en las esquinas, andando calles, hablándole a la gente como los promotores de tarjetas de crédito en las plazas comerciales, pero, a diferencia de estos tarjeteros, no necesitan acudir a un minúsculo discurso predeterminado, pues llevan en el diálogo esa naturaleza de la zona.

Por ser ambulantes que casi toman de la mano a sus clientes, se han desarrollado en un clima informal que antes de ahuyentar, cautiva.