Lo que contaré a continuación suena como un cuento malo. Uno de esos que cuentan los dueños locos de amor por sus mascotas.

Esto fue lo que pasó e involucra a un país que cerró sus fronteras, sobrecargos vestidas de doctoras, desolados aeropuertos, comida aún más mala en los aviones, vacíos tramites en oficinas agropecuarias, sobreprecios, esperanza, amor y a mi perro Zapata.

8:09 a.m. Bogotá, Colombia.

A bordo de un 787 repleto, despegamos del aeropuerto internacional El Dorado, en Bogotá, rumbo, a la Ciudad de México. Colombia decidió en marzo cerrar sus fronteras como severa medida contra la propagación del nuevo coronavirus. Aún permanecen así.

De un día a otro dejaron de existir los vuelos comerciales y solo eventuales “vuelos humanitarios” expatriaron a cientos de mexicanos a los que la pandemia les volteó los planes al estilo de las peores películas gringas. La vida y sus imprecisiones nos puso a prueba a Laura, mi compañera para siempre, a Zapata, nuestro perro, y a mi.

Llegamos a México el primero de junio, casi 60 días después de lo planeado. Salir de un país que cerró es complicado, por tratar de poner un adjetivo. Luego de casi dos años en Colombia, tiempo que duraron los estudios de posgrado de mi esposa, debíamos volver.

En condiciones normales viajar con un perro tiene sus desafíos. En una pandemia se debe improvisar

La colosal aeronave apodada en el mundillo de la aviación como el Dreamliner, algo como transatlántico de ensueño, en esta ocasión es escenario de un paisaje de pesadilla. Las aeromozas, azafatas, auxiliares de vuelo o tripulación a abordo, como sea que le digan en donde usted lea esto, lucen ahora con trajes de quirófano y rompen ampolletas que dejan salir un líquido que aseguran sanitizará (la más fea de las palabras que nacieron con la pandemia) la cabina en la que no cabe un pasajero más. Avianca ha decidido vender cada uno de los 280 asientos y lo de ‘vuelo humanitario’ pierde todo sentido no solo por el elevado costo, sino por las condiciones, como se dice ahora en el trastocado mundo, de bioseguridad.

Zapata se ha portado muy bien. Olfatea un poco en el pasillo y se acomoda a mis pies. Vamos en la hilera central. Asiento 32 F. Es tan fácil ser compañero de este perro.

Lo que contaré a continuación suena como un cuento. Uno de esos que cuentan los locos de amor por sus mascotas. Pero éste sí ocurrió: minutos antes de despegar, Zapa levantó la pata izquierda y la posó sobre mi pie derecho y yo le di dos palmadas y lo acaricié y se quedó dormido. Nunca supo que cruzamos la frontera y que nadie nos sirvió el desayuno.

Maestros de la demagogia, aerolíneas y políticos consiguen colar en el imaginario colectivo términos tan crípticos, imposibles de explicar de forma concreta, que logran que algo que no es, parezca que es. Vuelos humanitarios como claro ejemplo; término que suena a misión diplomática de rescate pero que se aproxima más a los vuelos comerciales excepcionales con precios privativos para muchos (incluyéndonos), justo en medio del colapso de la vida como la conocíamos. Aviones en los que no aceptan perros como otra manifestación de su frialdad.“Y si los perros no van al cielo, cuando muera, quiero ir a donde ellos van”

Chaleco rojo

Perro de Soporte Emocional. Con este cargo y misión viajó por vez primera Zapata en la cabina de un avión, hace exacto un mes, cuando logramos salir de Colombia, país que aún mantiene sus fronteras cerradas por la pandemia mundial. Antes de ‘la nueva normalidad’, Zapa viajaba en la bodega del avión.

La clave entre los empleados de las aerolíneas para una mascota es AVI. Entonces Zapata en los aeropuertos de México se convierte en un AVI y viaja en un gigantesco Kenel de 90 centímetros de alto que pedimos hace dos años por eBay a un hombre en McAllen. La norma internacional dice que dentro debe tener espacio para girar con facilidad y 10 centímetros entre su cabeza y el toldo del huacal.

He investigado y va en una cabina presurizada, como la de la zona de pasajeros, y no con las maletas como se cree. Sé que la temperatura abajo, en ese compartimento para seres vivos del avión en la parte posterior del fuselaje es igual a la de arriba, pero también sé que el ruido es más intenso y mi perro proviene de la carretera hacia Santana del Conde y ese ruidoso camino le dejó reflejos de sustos pasados.

Una noche de lluvia, como cuento ruso, R y M lo rescataron. Lo atendieron con todo el amor que ellos tienen por los perros y lo subieron a Facebook para darlo en adopción (tenían entonces 9, 10 u 11 perros) y Laura vio la publicación. Me envío la foto. Caí rendido de amor y fuimos por él al restaurante vegano de R, Zapata se llamaba Comino y tenía 3 o 4 meses. Laura y yo nos comenzábamos a amar de esta forma. El resto, como se dice, es literatura.

Mide 83 centímetros del piso a la cabeza. Pesa 24 kilos y es como de la complexión de un galgo. La gente bromea sobre el parecido que tenemos. Para mí sería un honor algún día ser como él

‘Zapata’ en el Aeropuerto Internacional El Dorado, en Bogotá, Colombia, antes de regresar rumbo a México. en plena pandemia

Han pasado poco más de tres años desde que nos conocimos. Sobrevolamos ahora el sur de América y me siento sereno y Zapa se porta como un señor.

Black Mirror

Laura, Zapa y yo aportamos a la cifra de los 2 mil 800 mexicanos varados en el extranjero por la pandemia mundial y fuimos parte de los mil 460 nacionales “en un lugar sin presencia de vuelos comerciales”.

El gobierno colombiano decidió el cierre de sus fronteras y de las rutas desde y hacia cualquier lugar del mundo Saldríamos de Colombia, en el plan original, el ultimo día de marzo. Iván Duque, el joven presidente de aquel país (de quien cuenta la leyenda colombiana que por ser tan joven se debe pintar el pelo pero, a la inversa, para ponerse canas) apareció en televisión nacional el domingo 22 de marzo para anunciar, al más puro estilo de un capítulo de Black Mirror, el cierre de las fronteras del país a partir del domingo 23 de marzo. Ni por tierra ni por aire se podría ingresar o salir de Colombia. Quien se quedó se quedó. Y nosotros nos quedamos, con los dedos en la puerta.

Al 25 de mayo habíamos 297 mexicanos en Colombia, el tercer país con mayor presencia de varados por la pandemia después de Argentina e insólitamente, Barbados.

La aerolínea (Interjet) con quien volaríamos de regreso, luego de dos reprogramaciones de vuelo, con cargo al usuario, por supuesto, y ante las inconsistentes indicaciones del estado colombiano respecto a la apertura de las fronteras, un día, ya de mediados de abril, nos informó en un correo de la devolución del costo de nuestro vuelo (que además del pasaje de Zapata en bodega, también incluía las maletas extras -regresábamos para siempre a México-, mi guitarra y mi bicicleta, que al final tuvo que ser sacrificada).

Solo serían 30 días en los que nadie podría entrar o salir de Colombia, dijeron inicialmente. Para entonces los casos no alcanzaban las tres cifras. Hoy existen más de 10 mil enfermos confirmados y poco más de mil muertes. Colombia sigue cerrado.

Humanitarios

El drama de esperar por un vuelo humanitario comenzó en marzo y terminó el primero de junio. Y la angustia fue mayor cuando comenzaron a partir sin nosotros.

La embajada nos notificó a mediados de abril que no podríamos viajar con un perro, ni abordo ni en bodega. La idea de que Zapata se quedar en Bogotá y nosotros volviéramos por él “cuando todo pase” simplemente no fue ni siquiera contemplada.

Decidimos esperar y todo marzo se consumió y todo abril y entonces en mayo tomamos una decisión: hacer oficial lo que ya sabíamos, que amamos locamente a Zapa y que nuestra estabilidad emocional estaba en riesgo sin él. La mía en particular

Un psiquiatra de tremenda reputación (casi del tamaño de su corazón) me planteó un esquema de terapias a distancia. Las tomé martes y jueves y entonces dictaminó que producto de diversos eventos del pasado (hurgó a detalle en mi vida), sumados a la ansiedad detonada con la pandemia, requería llevar como apoyo emocional a Zapata.

El documento, luego de los trámites de rigor ante su SAGARPA (que allá es el ICA), fue validado. Chaleco rojo y un fólder con papeles para demostrar la misión de Zapa fueron incluidos en el viaje.

Al llegar a la Ciudad de México, el nuevo impacto al ver que todo era diametralmente opuesto a lo que pasaba en Colombia. En la banda para reclamar el equipaje la aglomeración era como la del metro Pino Suárez a las dos de la tarde en un da cualquiera. No todos traían cubrebocas y la pesadilla ahora era actuar como si todo te diera asco.

El Benito Juárez lucía insólitamente vacío. Zapa, que llegó mucho menos cansado que viajando en bodega comenzó a olfatear mi mochila, donde traía su pelota, la saqué y nos pusimos a jugar. Su paz, su serenidad, su paciencia, lo hacen lucir perfectamente como un perro especial.

Como uno que especializado de hacerte sentir mejor.

BICI