Manuel Velázquez Hernández (1922-2020) padre de las cajas populares en México, murió antier a los 98 años de edad.

I

Manuel Velázquez Hernández fue una figura de enorme relevancia en la historia económica y social del país. Su principal legado, sin embargo, trasciende en los millones de mexicanos que hoy tienen acceso a herramientas financieras justas y con rostro humano en la forma de las verdaderas cooperativas de ahorro y préstamo.

Antes de cumplir 30 años, en la década de los cincuenta, importó de Canadá y adaptó para México la idea de las cajas populares, como se conocen a estas cooperativas en el país, lo que ha impactado de manera positiva en las familias más vulnerables, excluidas históricamente del sistema financiero formal.

El padre Manuel Velázquez Hernández fue un pionero de las innovaciones sociales y de la inclusión financiera cuando estos términos aún no existían

Sacerdote progresista, maestro en sociología por la Universidad Católica de Washington, políglota, prolífico escritor e intelectual, emprende entre 1950 y 1951 un viaje de más de cinco mil kilómetros en tren desde la Ciudad de México hasta el extremo este de Canadá.

La idea era conocer más sobre las vanguardistas acciones de responsabilidad social universitaria promovidas desde el departamento de extensión de la Universidad San Francisco Javier con sede en Antigonish, Nueva Escocia.

Divulgaba entre los pescadores y comerciantes una nueva cultura de organización económica y social, inspirada en la Rerum Novarum (1891) («De las cosas nuevas» o «De los cambios políticos») encíclica que promovía por primera vez la doctrina social de la Iglesia y planteaba, entre otras cosas, los primeros dilemas éticos a la empresa privada (“No deben considerar al obrero como un esclavo”, se lee en el documento papal).

Velázquez Hernández supo de las cooperativas en el par de meses que duró su estancia en Antigonish (que también se extendió por algunos lugares del norte de Estados Unidos) y profundizó en las de ahorro y préstamo. Fue testigo de la eficacia de este modelo social y económico centrado en las personas y tradujo del inglés y del francés manuales y textos de gran valor.

Redactó a su regreso a México, junto al padre Carlos Talavera, los primeros estatutos para fundar una caja popular. Llamaron al documento “El Folleto Amarillo”, una obra que cambiaría el destino de la economía del país así como la vida de millones

El padre Manuel, originario de Valle de Bravo, Estado de México, creó también las bases de promoción de las cajas populares (traducción del francés caisse populaires) en las que se puede vislumbrar su disruptivo pensamiento, forjado a fuego lento durante su infancia llena de pobreza: “Paternalismo no. El pueblo no puede esperar esta solución. Es indignante. Es humillante. Es, además, imposible, inoperante (…) Porque no solamente es el problema de la carencia de recursos económicos, está también y primordialmente la calidad humana. Hay que hacer primero a las personas y luego a las instituciones”.

II

Estoy a los pies de la tribuna en el Palacio Legislativo de San Lázaro. Es 16 de abril de 2013. Detrás de mi, un buen número de las 500 curules tiene su legislador.

Estoy en la Cámara de Diputados porque la LXII Legislatura le entregará a Manuel Velázquez la Medalla al Mérito Cooperativista en su primera edición. El padre llega a tribuna sólido como un roble de 91 años. Las ramas de su pensamiento lúcido se expanden por el recinto al compás de su voz

Expone una prolija relatoría cronológica de hechos sobre la historia de las cajas populares y cierra su discurso evocando el primer lema de las cooperativas de ahorro y préstamo mexicanas del que fue autor: “POR UN CAPITAL EN MANOS DEL PUEBLO”.

La piel se me eriza hoy que lo vuelvo a ver en el canal de Youtube del Congreso.

III

El padre Manuel nunca quiso los reflectores. Tampoco quiso ser vinculado con la izquierda o con la Teología de la Liberación. Sufrió de cualquier forma la marginación a estos dos grupos dentro de la Iglesia (hasta el papado de Francisco) pero nunca detuvo su producción literaria ni se permitió ignorar la realidad del país.

Varias veces lo vi leer con particular devoción los periódicos en su modesta oficina en Roma 1, en la Ciudad de México. Subía por las escaleras hasta el cuarto piso porque el antiquísimo elevador se podía quedar atorado (tal como me ocurrió una vez, justo entre el segundo y tercer piso, en el que está una iglesia evangelista de Corea del Sur).

Para una de las investigaciones en las que colaboré con el Centro Internacional de Investigación de la Economía Social y Solidaria de la Universidad Iberoamericana, le solicité un texto a manera de prefacio. Aceptó y nos regaló una sesuda reflexión que incluyó una crítica al gobierno federal en turno: en ninguna de las líneas de acción anunciadas en el II Foro Internacional de Inclusión Financiera en México (2016), se incluían a las cajas populares “como actores verdaderos del sistema financiero”.

Lo consulté en diversas ocasiones y edité un pequeño librito suyo con grandes aportes poco conocidos sobre el origen del cooperativismo en el país. Tradujo para mi fragmentos de textos en inglés o en francés, aunque su orgullo era haber aprendido mazahua en sus primeros años como sacerdote en Atlacomulco.

Lo grabé y entrevisté y estuve con él a los pies de la Columna de la Independencia para una sesión de fotos en la que participó sin mucho ánimo de posar.

Desde ese lugar emblemático, en el que me confesó que nunca había estado, volteó y le dedicó el día a Miguel Hidalgo y Costilla, cuyos restos descansan en aquel célebre memorial del Paseo de la Reforma. “De cura a cura”, dijo con esa asombrosa agilidad mental inmune al tiempo y extendió su mano al viento, y nos reímos, y tomaron la foto que ilustra este modesto homenaje al hombre más sabio que he conocido.

Descanse en paz y gracias por todo, padre Manuel.

  • Foto: Carlos de las Piedras

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