La gente estará siempre en desacuerdo en casi todo tipo de temas. Pero lo que me parece más fascinante es cuán intratables e irritables pueden llegar a ser ciertas preguntas, y más aún la poca disposición que existe para volver a interactuar con ellas.

La cuestión de cómo conciliar los propios sentimientos —ya no digamos lo que puede llegar a experimentar una persona en el arte— con los sentimientos sobre política de la misma persona nos llevarían a algunos argumentos formidables. Qué es lo que vuelve irritable a una pregunta, y qué nos predispone a interactuar en lo sucesivo con ella, es un enigma que Lionel Trilling enfrentó hace más de medio siglo en su ensayo sobre Henry James: en La princesa Casamassima, el radical Hyacinth Robinson es testigo de las glorias pictóricas producidas por una sociedad corrupta, dividida entre su deseo de justicia social y su temor de que la civilización de Europa sea destruida.

Que grandes obras puedan ser producidas por sociedades abominables y que esas grandes ambiciones no hagan sino reflejar la grandiosidad autoritaria del país en el que uno vive es uno de los temas más tenaces de James, pero sin más uno de los más conspicuos a la hora de poner sobre la mesa la añeja y vengativa relación entre política y arte.

Lo que es un hecho es que las personas en circunstancias extremas demandan atención específica e inmediata. Pero las preguntas, incluso las más amorfas sobre el uso y abuso de las artes por parte de gobiernos autoritarios (e incluso no autoritarios) también requieren respuestas. Los gobiernos autoritarios son muy conscientes del prestigio del arte. También lo son los activistas de derechos humanos. Pero ¿y dónde deja eso a las artes? Y del otro lado, ¿pueden personas creativas trabajar en el contexto de un régimen autoritario que no es amistoso con algunas formas de expresión y ha declarado abierta guerra contra algunos de sus propios ciudadanos, por ejemplo, los periodistas?

Ciertamente, a veces un espíritu artístico proporciona una visión particularmente profunda del espíritu político de los tiempos. Gide lo hizo. Experimentó el poder del arte tan fuertemente que no pudo dejar de tratar de dar sentido a la relación entre el arte y otras formas de poder, incluido el poder político. De ahí que algunas de las mentes más brillantes del siglo XX intentaron analizar más tarde esa relación. Pero ninguno tuvo éxito finalmente.

 La princesa Casamassima es una novela de 1886 y es la menos representativa de James (no la menos interesante ni la peor valorada, sino la que más se aleja de la idea temática que tenemos del autor), porque la primera pregunta que generalmente sucede en el lector al comenzar con su lectura es: ¿dónde diablos está por aquí Henry James? Y es que con La princesa Casamassima, James tuvo, por primera vez, la curiosidad por saber qué podía hacer —en sus manos— un personaje que tenía a disposición ese fascinante Londres —que el escritor conocía tan bien— pero que, dada su miserable condición social, sólo podría verlo como a través de un escaparate. Su propósito fue mostrarnos ese otro Londres que no aparecía ni en los libros ni en los periódicos, esa ciudad fea, sin brillo, mísera, y a sus millones de habitantes que superaban por mucho en cantidad a la gran sociedad londinense pero que no tenían ninguna de las posibilidades de las que disfrutaban las personas acaudaladas.

En las antípodas, pero bajo este mismo efecto de Pigmalión, que igual que Casamassima amadrina a Hyacinth para enseñarle el gran mundo —o más bien, una parte muy reducida de él, pero lo suficiente para deslumbrar al muchacho—, la arquitectura contemporánea está más interesada hoy en los megaproyectos para las élites que en mejorar la vida de la gente común.

Y quizás la destilación más clara de esta relación de la arquitectura con estructuras más amplias de opresión es el trabajo de Zaha Hadid en Qatar, donde diseñó el estadio Al Wakrah para la Copa del Mundo

Diseño del estadio de Qtar por Zaha Hadid.

Cuando se le preguntó en una entrevista en febrero de 2014 sobre las condiciones de trabajo en los Estados del Golfo: servidumbre por contrato, robo de salarios, muertes de trabajadores, Hadid simplemente respondió: “No tengo nada que ver con los trabajadores. Casi nunca los conozco. Creo que ese es un problema que debería enfrentar el gobierno, si hay un problema. Con suerte, estas cosas se resolverán”. Pero cuando la presionaron aún más, retóricamente sólo levantó las manos, y dijo: “No lo tomaré a la ligera, pero creo que es responsabilidad del gobierno. No es mi deber como arquitecto mirar”.

Arquitecta británica de origen iraquí, Zaha Hadid murió a los 65 años, luego de sufrir un ataque al corazón en un hospital de Miami, donde estaba siendo tratada por bronquitis. Se hizo famosa por sus formas futuristas: edificios que se inclinaban, curvaban y ondulaban de maneras dramáticas e inusuales; y sus diseños se pueden encontrar en ciudades de todo el mundo, incluido el London Aquatics Center, que fue construido para los Juegos Olímpicos de Verano de 2012, y el teatro de la ópera en Guangzhou, en China.

En 2004, Zaha Hadid se convirtió, de hecho, en la primera mujer en recibir el Premio Pritzker, el más alto honor de la arquitectura. Su visión y ambición han sido legítimamente celebradas alrededor del mundo. Pero su muerte, y la reciente aparición del único helipuerto privado y residencial de Florida que se estrenará en el One Thousand Museum de Miami, última torre residencial de Zaha Hadid en el hemisferio occidental, y que abrirá sus puertas este 19 de junio desde una torre de lujo, ofrecen también un momento para reflexionar críticamente sobre el estado de la arquitectura contemporánea.

Porque hasta no hace mucho los principales arquitectos del mundo debatieron sobre cómo la arquitectura podría utilizarse para transformar la sociedad al proporcionar vivienda a los trabajadores, mejorar la salud pública y fomentar la solidaridad social. Hoy en día, por el contrario, la arquitectura global parece estar poblada de starchitects como Zaha Hadid, que se han especializado en megaproyectos para la élite global. La criba es que algunos de los proyectos de estos starchitects son hermosos.

Pero a menudo también desperdician dinero público, facilitan prácticas corruptas y de explotación y fortalecen un modelo de planificación que excluye a la población de la toma de decisiones. Así también muchas creaciones arquitectónicas están mal construidas, requieren costos de mantenimiento exorbitantes (invariablemente después de desbordamientos presupuestarios masivos) y carecen de consideración para las personas que realmente viven en los entornos construidos. Considérese por ejemplo uno de los primeros edificios diseñados por Hadid, una estación de bomberos. Si bien es estéticamente atractivo, resultó del todo impráctico para los bomberos y más tarde se convirtió, en medio de un escándalo, en museo. Otro más, el curvilíneo edificio Maxxi de Hadid en Roma: que suele ser admirado en algunos aspectos por su diseño maravilloso, pero que también es visto como una fortaleza que no logra integrarse o incluso interactuar con el vecindario.

 The New York Times informa por ejemplo que los costos de mantenimiento en este edificio son de  6.6 a 7.9 millones por año (además de la factura de construcción que fue de 150 millones de dólares), más que el presupuesto anual de Maxxi del gobierno italiano, que ya ha tenido que rescatar al museo varias veces.

La crítica radical: Un edificio puede destruir tu vecindario, destruir tu sustento e incluso destruir tu vida. Pero muchos arquitectos destacados, y la mayoría de los críticos de la arquitectura, no reconocen la realidad básica de que la arquitectura no es solo un vacío de virtudes estéticas y adjetivos vagos: es un producto de su contexto político, económico y social. Y este contexto está formado abrumadoramente por prerrogativas de élite. Por ejemplo, el Dongdaenum Design Plaza de Hadid, con 450 millones de dólares, en Seúl, fue el proyecto favorito del ex alcalde Oh Se-hoon, quien renunció después de oponerse a un programa de almuerzo escolar gratuito.

La construcción del Dongdaenum desplazó a más de novecientos comerciantes en los mercados locales y ocasionó la destrucción de un estadio de béisbol histórico que aún utiliza la comunidad

La monumentalidad futurista es una característica de la obra de Hadid. Centro Heydar Aliyev.

El Centro Heydar Aliyev de Hadid en Azerbaiyán es otro ejemplo, aún más claro de lo insidioso de la arquitectura contemporánea. Hadid trabajó en ese proyecto con el presidente azerbaiyano Ilham Aliyev —un flagrante abusador de los derechos humanos cuya corrupción y nepotismo se asemeja a un estado feudal— para ayudar a transformar la capital de Azerbaiyán en el próximo “punto cultural global”.

El diseño de Hadid para el centro, llamado así por el padre del presidente Aliyev, deleitó a los críticos de arquitectura y ganó el premio al Diseño del Año del Museo del Diseño de Londres: comodidad fría para las 250 familias expulsadas de sus hogares para dar paso a su construcción. Otro: El gigantesco centro comercial Galaxy Soho de Hadid en Beijing también ubicado en terrenos disputados. El centro comercial desplazó a un barrio de hutongs tradicionales, cuyos residentes dicen que sus tierras fueron expropiadas coercitivamente. Hasta la fecha, la empresa de Hadid insiste en que el área ya estaba despejada en el momento en que se involucraron y que cumplió con las regulaciones gubernamentales, pero las transacciones de tierras corruptas son endémicas en China.

Con todo, los arquitectos no siempre fueron tan indiferentes con los trabajadores. De hecho, la aversión a la ornamentación que la arquitectura moderna defendió es menos un juicio estético que una oposición a la explotación laboral. Como argumentó, en su momento, el arquitecto Adolph Loos en su ensayo de 1908, Ornamento y crimen, la ornamentación perpetúa las malas condiciones, las largas horas y los bajos salarios. Ninguna ornamentación significaría salarios más altos y menos trabajo: “El ornamento —escribió— es una fuerza de trabajo desperdiciada y, por lo tanto, una pérdida de salud”. Para los modernistas que siguieron a Loos, crear viviendas asequibles para trabajadores era imperativo moral que podía alterar fundamentalmente el carácter de la sociedad. De ahí que Le Corbusier y Gropius, Taut y Goldfinger todavía diseñaran proyectos de viviendas a gran escala.

Pero en estos días, sin embargo, las obras de los starchitects están llenas de proyectos y clientes cuestionables, y no nada más narcotraficantes

El llamado One Thousand Museum, la última obra de Hadid, un complejo habitacional de lujo en Miami.

El edificio CCTV de Rem Koolhaas en Beijing, uno de los edificios más famosos de los últimos años, es más que una maravilla técnica: es una herramienta de propaganda para el estado chino. Por su parte, Norman Foster no tuvo reparos en trabajar con el gobierno autoritario de Kazajstán para montar el Palacio de la Paz y la Reconciliación, llamado así casi irónicamente. Abu Dhabi ha reunido alrededor de él una constelación de starchitects para erigir un complejo de instituciones culturales y una sucursal de la Universidad de Nueva York llamada Happiness Island, construida por mano de obra que trabaja bajo condiciones no tan felices.

Y es que en ninguna parte la ruptura del pasado con la mentalidad social es más pronunciada que con la vivienda. En la medida en que los starchitects construyen alojamiento, lo hacen para millonarios y multimillonarios. El proyecto de vivienda más grande de Frank Gehry es 8 Spruce Street en Manhattan, donde el apartamento promedio se alquila por más de 5 mil 500 dólares (que requiere un ingreso mensual neto de aproximadamente  14 mil ). Sin ir más lejos, los apartamentos neoyorquinos de Zaha Hadid, que abrieron ya en Miami, tienen un precio de 4.9 millones a 50 millones de dólares. De hecho, la 432 Park Avenue de Rafael Viñoly tiene un ático de 95 millones dólares.

Debido a que los arquitectos dependen pues en gran medida de su clientela, su predilección por el diseño de alojamiento de lujo se debe en parte a los cambios en el mercado de la vivienda y la economía mundial. Pero no deberíamos dejarlos salir del anzuelo fácilmente. En general, los arquitectos de élite se han desconectado de los esfuerzos para hacer que la unidad de arquitectura sea lo fundamental y esté disponible para todos.

La única excepción probable, que se destaca a la regla, es Alejandro Aravena, el también ganador del Premio Pritzker, que ha desarrollado planes para viviendas de bajo costo y que ha puesto incluso a disposición de forma gratuita. Por el contrario, los desarrollos de viviendas de lujo con los que se ocupan sus colegas son manifestaciones de la plutocracia que aumenta simultáneamente el costo de la vida de la gran mayoría de los residentes de la ciudad.

De modo que los principales motores en la gentrificación, Hadid y los starchitects han desplegado sus talentos al servicio de un modelo de desarrollo urbano que erige monumentos simbólicos para las élites en lugar de mejorar las vidas de la gente común

El complejo de rascacielos curvos de Hadid, Wangjing-Soho, en Beijing.

Hadid, por ejemplo, citó muy a menudo el suprematismo ruso como una influencia formativa en su trabajo. Posiblemente el primer movimiento de arte abstracto “puro”, el suprematismo evitó la referencia objetiva en la realidad. Pero lo que Hadid encontró más atractivo fue el aspecto teórico: la posibilidad de una arquitectura puramente abstracta, desprovista de la política radical de sus practicantes.

En contraste, Patrick Schumacher, quien es probablemente el hombre más odiado del urbanismo, y que asumió como jefe de Zaha Hadid Architects tras la muerte de su fundadora a principios de 2016, ha dicho públicamente que se trata de cómo reducir los altos precios de las viviendas urbanas, y ha propuesto para ello eliminar las viviendas sociales, privatizar todos los espacios públicos, incluidas las calles, y vender la mayoría del Hyde Park de Londres para el desarrollo. Esto a la par de afirmaciones tan inmodestas como que el Parametricismo, su enfoque teórico de la arquitectura, debería reemplazar al modernismo y sus sucesores para convertirse en el estilo universal del siglo XXI, y que el gobierno ya no debería financiar escuelas de arte y de arquitectura.

El London Evening Standard lo criticó en su primera página diciendo que era “simplemente incorrecto”. Pero Schumacher no es una figura marginal. Fue compañero en la práctica de Hadid y ha diseñado estructuras aclamadas que van desde el museo Maxxi en Roma al Leeza Soho en Beijing, que contará con el atrio más alto del mundo. Tiene un doctorado en filosofía y ha escrito un libro de dos volúmenes y 1,200 páginas llamado Autopoiesis de arquitectura.

Cuando se hizo cargo de Zaha Hadid Architects, heredó uno de los trabajos de más alto perfil en la arquitectura global, con una influencia real para ver sus ideas puestas en práctica. Su argumento es que las empresas privadas pueden proporcionar espacios públicos más libres y que las reglas de planificación deben fijarse en términos de asignación del uso de la tierra. Esgrime con ello que el uso de la tierra está fijado políticamente y que el quantum global a desarrollar se fija exactamente por los tipos de usos que luego entran en un edificio. Es decir, cuando se trata de viviendas: cuántas habitaciones de cuatro dormitorios, tres habitaciones o dos habitaciones se repararán, cuántos pisos por núcleo, ya que dentro de cada unidad hay prescripciones de tamaño, prescripciones de instalaciones, porque sencillamente cada habitación está determinada de alguna manera.

Más allá, en una de sus últimas entrevistas, Patrick Schumacher refirió a un reportero de The Guardian: “Si nos fijamos en los espacios públicos de hoy, están destinado a ser todo incluido, pero están estrictamente vigilados. Es una especie de genérico, para algún tipo de espacio medio creado por el votante que no tiene inspiración. Creo que debería haber mucha más diversidad. Creo que estos espacios públicos se desperdician si son administrados por el público, o por burócratas locales si lo desean. Creo que las calles ganarían carácter si tuvieran empresarios como yo que imaginan su potencial: plazas, parques y jardines…”.

Construida sobre la base de relaciones interpersonales, muchas de ellas chocantes, Henry James levanta un edificio sólido donde podemos deambular de una estancia a otra hasta conocer sus últimos rincones. En los turbulentos días en los que La princesa Casamassima se publicaba por entregas en Atlantic Monthly, el 1 de mayo de 1886 sucedió la violenta revuelta obrera de Chicago que reivindicaba las ocho horas de trabajo, en la que fueron condenados a muerte cinco anarquistas y dio lugar a la conmemoración, para esa fecha, del Día de los Trabajadores.

Pocas veces un artista ha estado tan cerca de la realidad inmediata representándola en una obra de ficción, y haciéndola pasar incluso por obra de arte.

  • Fotos: Especial
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