Ludwig Wittgenstein nació en Viena (1889) en el seno de una familia acaudalada. Hizo estudios de ingeniería aeronáutica; allí aparece su interés por la ciencia y la filosofía; entonces marcha a Cambridge a estudiar estimulado por Bertrand Russell, quien confió en él desde un principio, diciendo que talvez Ludwig podía dar solución a problemas que él ya no podía resolver, debido a su avanzada edad.
Continuó estudiando lógica y después regresó a Austria al comienzo de la Primera Guerra Mundial, en cuyas trincheras marchó como soldado, justo cuando hizo las primeras notas y esquemas para desarrollar su obra, el Tractatus Lógico-Philosophicus, y las guardaba en su mochila.
Después de la guerra, el libro fue organizado y publicado en Alemania en 1921 y luego traducido al inglés en 1922; el proceso fue arduo; el libro no encontraba editor debido a su gran complejidad. Tras escribirlo, Wittgenstein se retiró un tiempo de la escritura activa y se dedicó a otros oficios: arquitecto, profesor o jardinero en los alrededores de Viena. Nueve meses después, retornó a Cambridge y se incorporó de nuevo a las discusiones en los círculos filosóficos.
Wittgenstein aplica la lógica moderna a la metafísica a través del lenguaje, aportando nuevos puntos de vista a las relaciones entre el mundo, el pensamiento y el lenguaje, lo cual derivaría a reconocer la naturaleza del propio filosofar, a su sentido mismo
Se trata de un pensador-científico que concentra sus principales ideas en su obra Tractatus Lógico -Philosoficus, obra hacia la cual profesa una total confianza, hasta el punto de considerar sus ideas irrefutables y definitivas, en un gesto que muchos han considerado arrogante.
Sin embargo, esta seguridad debe ser leída de un modo diferente en el caso de Wittgenstein, si tomamos en cuenta que se trata de una mente esclarecida capaz de lidiar con conceptos abstractos de la lógica y con conceptos audaces de la filosofía, un poco en la dirección del sentido ético planteado por Spinoza.
Dice Wittgenstein que sus ideas son claras como el cristal, y que éstas echan por tierra a las demás teorías acerca de la verdad. Escribió una serie de enunciados muy concentrados para que los lectores se guiaran mejor por las ideas en su libro. Wittgenstein confió a Bertrand Russell su libro -escrito como dijimos durante la guerra- con una fruición y una convicción completas.
Ludwig vio en el pensador británico un amigo (Russell escribió el prólogo a la edición inglesa que le dio a conocer en Europa) y a su vez Russell asistió a la transformación operada en la personalidad humana de Wittgenstein, quien cada vez más se le asemejaba a un “místico”.
Su estilo de escritura es sintético, lacónico, y está consciente de que ese estilo corto a su vez lo oscurece. Sus partes son como una notación decimal, especies de fragmentos jerarquizados (no se deben confundir con aforismos) para él imprescindibles en el momento de expresarse.
En palabras del mismo autor, “se trata de una oscuridad hija de su intensidad”, explica, quizá por el temor a no ser comprendido en un futuro. “El libro quiere trazar un límite al pensar, o más bien, no al pensar, sino a la expresión de los pensamientos… el límite sólo podrá ser trazado por el lenguaje, y lo que resulte más allá del límite será simplemente absurdo”, dice Wittgenstein.
En todo caso, se trataría de un sistema deductivo que no ofrezca dudas en el momento de emitir sus enunciados, cuidándose a su vez de no citar ni de refutar a ningún filosofo en específico, mientras realiza sus argumentaciones.
El punto fundamental del Tractatus es la teoría de lo que puede ser expresado mediante proposiciones, -esto es, mediante el lenguaje-, y es esto mismo lo que puede ser pensado, y también aquello que no puede ser expresado mediante proposiciones, sino solo mostrado
“Creo que este es el problema cardinal de la filosofía” remata Wittgenstein. En verdad, el sentido del libro es ético. Su obra se compone de dos partes fundamentales, a saber, “la que aquí aparece, y todo aquello que no he escrito. Y precisamente esta segunda parte es la importante de mi libro; en efecto, delimita por dentro lo ético, por así decirlo, y estoy convencido de que estrictamente solo puede delimitarse así”.
De estas ideas puede inferirse que en la cuestión de lo decible y lo indecible –o de lo decible y lo mostrable, sería mejor decir- y su delimitación precisa, estaría la inquietud fundamental del Tractatus. Se acerca a la lógica de nuestro lenguaje, de cuya mala comprensión surgen todos los problemas filosóficos, necesariamente lingüísticos siempre, que, en un lenguaje analizado, desaparecen por sí mismos. De lo que se puede hablar, se habla claramente, y de lo que no se puede hablar, hay que callarlo, dejando plena autonomía a la muda expresividad del silencio.
En ambos casos, no se plantea ya cuestión filosófica alguna, simplemente porque las cosas están claras: de lo que se trata entonces es de clarificar el lenguaje y / o el pensamiento, mediante la elucidación y delimitación entre lo decible y lo indecible, con el horizonte de una solución a los problemas filosóficos.
En Wittgenstein el lenguaje y el mundo se corresponden; el lenguaje refiere al mundo y lo simboliza, de lo cual se infiere que el mundo es todo lo que acaece, y por otra parte la totalidad de los hechos, y no de las cosas. Los objetos siempre establecen una relación entre sí, es imposible pensar las cosas aisladas unas de otras.
El estado de cosas es una combinación de objetos, dice, o: si la cosa puede entrar en un estado de cosas, la posibilidad del estado de cosas debe estar ya prejuzgada en la cosa. (…) No sabemos cómo es el mundo ahí fuera, solo sabemos que el mundo que podemos pensar y hablar es el mundo que tiene la misma forma lógica que nuestro lenguaje y pensamiento (por ejemplo, un mundo en el que se aplican cualidades y predicados a los sujetos, como la blancura a una pared.
La forma lógica, entonces, cohesionaría el mundo y el lenguaje; en el pensamiento hay algo en común que permite su figuración. En la medida en que el mundo y la realidad tienen la misma forma lógica, podemos estudiar la realidad a partir de un estudio sobre el lenguaje
Con tales ejemplos de corolarios por delante, tenemos entonces que Wittgenstein se plantea un estilo completamente distinto en el momento de abordar el asunto del lenguaje filosófico.
A su vez, se produce la transformación personal de Ludwig hacia el silencio y la concentración mística, hacia estadios elevados de pensamiento e iluminación, lo cual también fue importante para la comprensión cabal de este filósofo, quien poco a poco fue ingresando en un estado de contemplación, en la medida en que avanzaba hacia el silencio, y entonces Russell percibió la importancia de la obra de su amigo, cerciorándose de que su proyecto no era solamente intelectual, basado en construir un enorme edificio de ideas, sino mirando y mirando dentro del lenguaje mismo, viendo en su interior lo que dice y lo que no, con lo cual estaría cumpliendo un papel de importancia en tanto antecedente de la semiología como ciencia del lenguaje, campo explorado luego por Roland Barthes, Maurice Blanchot y otros estructuralistas.
En su análisis, (aquí cabe, sí, esta palabra tan gastada por tantos periodistas), Wittgenstein distingue entre proposición lógica y decir o mostrar; así, el lenguaje (la lógica, el mundo) desarrolla su espacio (la ciencia) y se apega a sus límites, desplegando su interpretación hacia la frontera entre lenguaje y silencio. De este modo, su pudiera decir que Wittgenstein se convirtió en un solipsista del lenguaje, o si esta expresión pudiera resultar exagerada, en un sofista moderno del silencio.
Numerosas opiniones autorizadas lo han aclamado como el principal filosofo del siglo XX, juicio desproporcionado. A pesar de toda la crítica que pueda hacer Wittgenstein de la llamada por él filosofía tradicional, y de todos los esfuerzos que cumplió por diferenciarse de ella, sigue acudiendo al lenguaje para crear categorizaciones, de modo muy similar a las de la tradición filosófica occidental; el hecho de no citar a ningún filósofo ni siquiera para refutarle, más bien comporta una debilidad en su obra, no un acierto. Por otra parte, su aislamiento “místico” se suma para señalarlo como un a filósofo apartado de manera compulsiva, pues no crea escuela justo por su radicalismo.
Otro elemento que pudiera alejarnos de él es su exceso de lógica reduccionista en numerosos terrenos, fenómenos, aconteceres o realidades, y, por otro lado, un ingrediente del que carece totalmente: el humor, al cual sustituye con interminables juegos de lenguaje. Ningún otro filósofo asfixia tanto al lector con la lógica, como Wittgenstein.
En los años cuarenta aceptó dar clases y seminarios en Cambridge, desarrollando sus ideas en su segundo libro: Investigaciones filosóficas, (concluido en 1949) al que se abocó por completo, pero no quiso publicarlo si no después de su muerte, pues para esa fecha ya se le había diagnosticado un cáncer. Hizo viajes por Irlanda y los Estados Unidos antes de regresar a Cambridge a morir. Se dice que antes de expirar (en 1951) pronunció estas palabras: “Díganles que he tenido una vida maravillosa”.
- Foto: Ben Richards