Toma la escoba y ponte a barrer. Eso te calmará.

 

…el siempre infaltable lápiz amarillo, de mina 2B, que eran los que prefería. Hacía tiempo que ya no escribía con lapiceras ni bolígrafos, ni con máquina de escribir. Solamente utilizaba esos lápices flacos, coronados por gomitas de borrar sucias de tanto trajinar. Algún tiempo atrás había empezado a regalar sus plumas y a mí una tarde del 84 me regaló su Pelikan a cartucho con tapa metálica diciéndome, con el aparente desinterés con que descomprimía sus emociones, ‘quizás te sirva ahora que regresas a tu país’ 

(Mempo Giardinelli refiriéndose a Juan Rulfo)

 

Nota cómo tus manos sujetan con firmeza el palo de esa escoba. Escucha el sonido que generan las fibras al frotar el piso adoquinado ¿Percibes cómo, en un principio, no hay ritmo? Es que lo haces con violencia. Intenta serenarte. Marca tiempos. Cambia de manos. Es como remar una canoa en un lago de aguas mansas ¿Verdad que no es necesario forzar este barrer? No olvides respirar, darte cuenta que respiras. Inhala y exhala. Ahora ve a tu banquito. Siéntate. Escribe.

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Escribir y barrer tienen un parentesco. Sobre todo cuando la primera acción se realiza con lápiz de madera. Tenía años que no sujetaba un lápiz para escribir. De ordinario opto por las plumas de punto fino, me dan la “seguridad” de que mi lunática caligrafía será legible, inteligible, a la hora en que tenga que leerla para transcribir el apunte, el trozo de texto, la vaguedad cazada por una punta afilada. Pero cuando escribo con lápiz todo cambia. Vuelve el niño estresado a tomar con rigidez ese objeto, se empeña en que cada vocal y cada consonante tengan la misma altura, el espacio necesario entre ellas para no parecer apretujadas; entre las palabras perdura una simetría natural, el texto, después de ciertos renglones, ostenta armonía. Quizá me suceda esto por un efecto de regresión inconsciente.

Cuando escribo con lápiz mis demonios se aplacan

El sonido de la fricción entre el grafito y el papel bond es parecido al de las cerdas de una escoba frotadas en el piso. Escribir con lápiz tiene su ritmo, lento, serenado; con pluma todo es más borrascoso, escribir en una Olivetti tiene algo de hipnótico, y en la PC portátil, creo que toco el piano. Divago, lo sé, pero el lápiz lo propicia, y no quiero desistir de lo que él sugiere.

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A penas me doy cuenta que he mascado la gomita del lápiz. Otra vez un acto reflejo, mecánico, de la infancia. En mi boca las moronitas de esa goma se mezclan con el sabor metálico del cinturoncillo que sujeta la goma al lápiz, también percibo el sabor a barniz, a madera. Un bocado de infancia. Pero también un adiós, una despedida de ella.

Cuando comencé a usar plumas de tinta mi cerebro, mi mente, asoció ese cambio como un salto fuera de la infancia. Las plumas eran la bienvenida a un reino del que poco se sabía, del que me hacía expectativas demasiado engañosas, como la libertad que veía ejercer en el mundo adulto. Gran mentira. Vamos rumbo a la adultez siendo completamente esclavos de condicionamientos sociales que luego presumimos como elecciones.

El niño es libre, no totalmente, pero sí más que un cascajo llamado adulto

El lápiz, en mi infancia, fue una especie de katana con la que se cercenaba el monstruo llamado tedio. Con el lápiz comencé a escribir, a dibujar, a hacer juegos rituales de invocación. El lápiz también era la lanza de un muñequito de plástico monocromático, el puente por donde las hormiguitas negras cruzaban de un lado a otro, la llave maestra a una irrealidad gozosa.

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Trazaba con el lápiz, en aquellos años en que era algo regordete, las primeras figuras que me solicitaban las maestras de pre-primaria. Lo hacía mal. No era extraño que Josefina bufara, sacara filo a sus falanges proximales y me tundiera un moquete, un coco, en la cabeza dura como una piedra volcánica. Aún me da gracia de que a esa señora maestra le doliera más la mano que a mí la cabeza. Luego la hermosa maestra Maricela, en la primaria, me tuvo paciencia, toleraba mi letra, ella me enseñó a imprimir un patrón redondo a las letras. Me enseñó a escribir correctamente mi nombre, cosa que antes era un verdadero quebradero de cabeza. Pero llegó el sexto año, con sus horribles plumas de tinta azul y roja. La debacle estaba cantada.

Mi letra, al paso de los años, se volvió pequeña, abigarrada, ilegible

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Dibujar a lápiz. Tuve la suerte y descuido de jamás cuidar mis colores. Así que no me quedaba de otra que trazar y rellenar con lápiz lo que dibujaba. En algunas ocasiones un reducido número de lápices de colores sobrevivían, así que podía dibujar y colorear un cuerpo calcinado, un coche patrulla, un campo militar, un busto encorbatado. Al arribar a la secundaría me hice, no recuerdo cómo, de un manual de dibujo del cuerpo humano. Intenté dibujar, seguir los ejercicios, nada. Ya había perdido la habilidad. No volví a dibujar después de los 13 años.

Hará unos 7 años intenté bocetar figuras femeninas, sobre todo en lencería, lo hacía con un estilógrafo para poder detallar los encajes, los estampados de las prendas. Terminados los bocetos aquellas figuras parecían portar cadenas de tortura. No era el resultado que yo esperaba. Quizá el lápiz hubiera sido un instrumento más noble, por no decir otra mano. Y quizá, sobre todo, ahora debería disfrutar el proceso y mandar al diablo los resultados.

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“Durante años he buscado el lápiz perfecto. He encontrado algunos muy buenos, pero nunca el perfecto. Pero todo este tiempo, no eran los lápices, si no yo. Un lápiz que está bien un día, no sirve para otro. Por ejemplo, ayer use un lápiz de mina blanda y fina, y floté por el papel maravillosamente. Así que esta mañana usé el mismo. Y se me rompió la mina. Hoy es el día que estoy apuñalando el papel. Hoy necesito un lápiz de mina dura. Tengo mi bandeja de plástico, con tres tipos de lápices para días de escritura dura y días de escritura suave. Sólo que a veces cambia en mitad del día, pero al menos estoy preparado. También tengo algunos lápices de mina extremadamente blanda, pero no los uso muy a menudo, porque tengo que sentirme delicado como un pétalo de rosa para usarlos. Y no es frecuente que me sienta así” (J. Steinbeck).

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Hubo un tiempo en que de manera obsesiva saqué punta a todos los lápices que tenía

Tener un lápiz equivale a traer consigo un sacapuntas y una goma para borrar. Desde niño me las arreglé para que alguno de estos objetos estuviera ausente de mi mochila. El sacapuntas era el que más rápido perdía o al que lo dejaba inservible.

No sé qué mecanismos psíquicos impulsen y motiven a un niño a destruir y luego, sutilmente, a desarmar todo juguete u objeto que caen en sus manos. Yo nunca pude contener mis manos de hacerlo. Pagué cara esa compulsión  no sólo yo, sino mis hermanos. Los días 6 de enero se convirtieron en una fecha aciaga. Los Reyes no volvieron a casa al enterarse de mi manía. Aún hoy lamento eso, sobre todo por mis hermanos.

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Del sacapuntas retiraba la pequeña navaja. La usaba como puñal en algún muñeco viejo, en tal o cual juego, también era hacha en las macetas de mi madre y cuchillo multiusos para mis pequeñas manos. Hay gente amable que cree que yo soy inteligente, y siempre me pregunto en el fondo ¿quién destruye algo para obtener un resultado pobre y estar contento con ello? Porque al destruir el sacapuntas en la infancia la navaja seguía sacando punta al lápiz, pero ya no de una manera uniforme y rápida. Y yo me divertía y me sentía muy astuto.

Hoy, a distancia, he hecho lo mismo con otras cosas y, peor aún, con experiencias personales. Gracias al Altísimo que sólo escribo y vendo diarios, como ingeniero o médico ya estaría en la cárcel o en el manicomio.

*

No puedo escribir con puntas chatas. Subrayo libros con puntas que tienen el filo de un bisturí, ya sean de lápiz o de plumas

Hoy he sacado punta a este lápiz más de seis veces. Ya está chaparro y mordisqueado el 2B.

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Cuando comencé a escribir versos lo hice con un lápiz morado, feo y sin goma. Eran versos de amoríos imaginarios, de dependencias patológicas. Pero había un tono en esos versos que rara vez encuentro en los versos escritos con pluma o en el teclado de la PC. Hoy haré un ejercicio para cerrar estos apuntes.

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Estoy frente a un micrófono. es parte del verso

no mera aclaración del momento. evitaré carraspear

entonarme / veré si la voz sale del vientre

porque cuando se asoma por la garganta

es menos espesa / menos mía

más del queda bien que del ahora aquí poeta sin pena

ayer comencé a disfrutar mi soledad

la he pasado mucho tiempo solo / hipotéticamente

pero no había gozado ese estado

se trató sólo de respirar

de escuchar cómo late mi corazón

sin o con cursilería / cada cual sabrá a dónde inclinarse

yo nomás describo:

en el café de siempre

en la silla de siempre

caí en cuenta que respiro

y que me pongo

de tanto insistir sin violencia

muy y bastante alegre

alegre con calma

yo creo que me sentí tenuemente vivo

ajeno al ataúd

huidor del camposanto

recuerdo tocar un piano invisible

así lo dispuso un gajo de viento

anduve

solo

anduve luego

paré en la tienda de ropa

me compré unos calzones blancos

tres en realidad

es una manera

pensé

de amar

mi propio culo

de cuidarlo

después de todo

va a donde yo voy

 

  • Ilustración: Joan Miró