Por la tarde ella va a dar clases de español como segunda lengua a sus alumnos extranjeros en la universidad en San José. Él se queda en casa y pinta las paredes del cuarto de pilas.

Yo leo To the Lighthouse (Al faro) de Virginia Woolf en mi apartamento. Lily Briscoe se pregunta por el significado de todo lo acontecido a la familia Ramsay y sus amigos veraneantes en una isla escocesa. Postergaron un viaje sencillo para visitar un faro hasta que fue demasiado tarde para hacerlo juntos. Entonces Lily se cuestiona el sentido de la vida.

Quizá no habrá una gran revelación sobre tal sentido, piensa. Quizá nunca llegará porque no la puede haber. Quizá solo los pequeños detalles cotidianos pueden iluminarnos, regalarnos algo de claridad momentánea en medio de la oscuridad.

What is the meaning of life? That was all — a simple question…The great revelation had never come. The great revelation perhaps never did come. Instead there were little daily miracles, illuminations, matches struck unexpectedly in the dark (¿Cuál era el significado de la vida? Eso era todo: una simple pregunta que tendía a hacerse más apremiante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Quizás no se produjera nunca. Había, en cambio, iluminaciones, cerillas repentinamente encendidas en la oscuridad, pequeños milagros cotidianos. N. del E.)”, escribe Woolf.

Pensando en esto cierro el libro, salgo de mi apartamento y camino bajo la lluvia a casa de mis papás

Él ya está preparando el café. Ha escogido el más sabroso y aromático, de la región de Dota, porque su teoría dice que el mejor café no hay que tomarlo en la mañana sino en la tarde, cuando hay tiempo para degustarlo.

Apenas está listo el ‘yodo’, me sirvo una taza. Pero él no lo bebe de inmediato. Lo observo y me doy cuenta que se entretiene arreglando la cocina mientras la espera. Al ratico me pregunta a qué hora regresará ella.

En ese justo momento llega la profesora de vuelta de la universidad. Con una mano sostiene la sombrilla y con otra abre el portón del frente de casa con sus llaves. Él abre la puerta y sale a recibirla en la cochera. Entran juntos a la sala. Yo traigo el recipiente de café a la mesa del comedor. El aroma nos deleita. Nos sentamos.

Entonces me sirvo mi segunda taza y ellos la primera suya. Los tres saboreamos juntos el café de las cuatro de la tarde. Lo acompañamos con pan con jalea de mora hecha por ella. Conversamos sobre estudiantes, pintura, compras por hacer, es decir, sobre detalles mínimos que pronto olvidaremos.

Pero qué rico me ha sabido hoy el café con tertulia en casa de mi papá y mi mamá, un pequeño milagro cotidiano.

  • Ilustración: Isabel Ruiz Ruiz