He tenido el gusto de presentar la poesía de Pedro Mena e incluso en calidad de editor publicar con Cinosargo su libro ‘Heráclito’.

Trabajar con su obra ensayística y poder dar a conocer este libro, no sólo en México, sino pronto en Chile, debido a que es un texto coeditado por dos sellos del país del sur (Cinosargo y Marginalia) me ha permitido conocer otras aristas de su proyecto escritural.

Pedro Mena logra en Vicios anotados equilibrar la percepción con el conocimiento libresco. Experiencia y erudición se conjugan sin caer en la pedantería académica o en la mera anécdota. Se nota que estos textos son escritos en tránsito, pensados mientras se toma un café en una calle atestada, se aborda un bus o avión, se espera partir o se está llegando a otra ciudad, pues cada ensayo no sólo va hilvanando un sinfín de temas, algunos al parecer motivados por el momento, escritura que delata el punto de enunciación, sino que además estos escritos se desdicen cuando es necesario.

El buen ensayista duda y no tiene problema en transparentar el ejercicio de pensar

Este rasgo ambiguo, propio del género, Michel de Montaigne lo destaca tempranamente como clave en el pensamiento ensayístico: “alimento se llama admiración, erradumbre, ambigüedad“. Adolfo Castañon, en su estudio sobre Montaigne, también destaca la ambigüedad, junto a otros elementos base del ensayo, como lo conversacional y exploratorio que se produce en la confrontación entre lo pensado privadamente por el intelectual, frente al mundo que le rodea, y que es puesto en tensión gracias al arte de la palabra.

Este rasgo, de vital importancia en el estilo de Pedro Mena, se conjuga con la falta de pudor que tiene para confrontar la monstruosidad ambiental. El autor no tiene problemas en mostrar su carácter hosco ante la muchedumbre y las exigencias a veces abismantes de la socialización, sin embargo, aquí está el elemento contradictorio medular y que podemos palpar desde el primer texto del libro.

Portada del libro de Pedro Mena, editado por Cinosargo y Marginalia.

En La precisión del cuchillo Mena utiliza a Artaud como alegoría para destacar la pasión de un tipo de escritor que busca desgarrarse, que sufre el sin sentido del acto creativo y que aún así persiste con sus balbuceos, para mí ese escritor es Beckett, Mena utiliza a Antonin, y el blanco final de su texto es el poeta que busca encajar y ser aplaudido, que lee por encima y disfruta más con el ser reconocido como artista que creando o que bien escribe una serie de hilarantes comentarios escudándose en el sarcasmo, al punto de impostar un tedio o desazón hacia su condición de artista, cuando en realidad disfruta el ser reconocido como tal.

Artaud tal como es expuesto en el ensayo, parece exigir al creador ir más allá de los libros, de la pieza de arte estática y hacer frente al público, palpar en carne y hueso el dolor y hacerlo extensible al resto. Su búsqueda estética prioriza confrontarnos con una experiencia límite y que las letras de Baudelaire y Poe se vivifiquen, sin embargo, Artaud al igual que el autor del ensayo, no parecen cómodos con el campo literario y lo eluden. En el texto Pedro Mena nos dice:

“Francamente a mí no me ha tocado escuchar a un poeta gritón y subversivo como Artaud, tan atinado en dibujar en nuestra jeta una hendidura con el cuchillo de sus versos, pese a que hoy está de moda hacerle al poeta metalero. Por supuesto, esto se debe a mi ignorancia, a que rara vez voy a lecturas”.

Esto me lleva a pensar que, para el autor, la elección de determinada cultura y voces no obedece sólo a una curiosidad intelectual, sino que también apunta a la posibilidad de identificarse con cierta sensibilidad que sea capaz de compensar imaginariamente el radical desajuste con la vida de su tiempo. Signos que constituyen el diálogo con un segundo e incluso tercer texto sumergido, que este libro nos propone. Me refiero a significados encubiertos o tapados por el texto explícito de los artículos ensayísticos y el grueso de un universo literario.

Debemos recordar que la escritura ensayística es un acto de navegación sin brújula, ideal para perderse

Martín Cerda, un maestro del género, que elaboró una obra dispersa y fragmentada, decía que el ensayista se obsesiona con el porvenir y pone en juego un mecanismo constante de dubitación.  O sea, no imponer verdades sino proponer rutas que se van trazando mientras se ejecuta la pericia del tanteo que, como señaló Adorno en su Teoría estética, radica en la raíz de la palabra ensayo.

Tantear es un modo de orientarse hacia lo desconocido e indescubierto, el ensayo posee dicha pulsión. Por ejemplo, Mena se pierde y lo hace de modo premeditado pues sólo así nos lleva en ese discurrir a territorios ignotos y fascinantes. En Tomás, bovem mutum el autor comienza a hablar del poema The Oxen de Thomas Hardy para llevarnos hacia la figura de Tomás de Aquino.

De todas maneras, hay casos también dignos de destacar y que eluden la predilección del autor, por buscar sus temas más por vicio que por método, por vía negativa, y aceptan la interpelación de un lector que le sugiere hablar del amor. Ese ensayo en particular me resulta paradigmático, pues me lleva a pensar en la poesía de Pedro Mena que transita a veces por lo confesional y en otros momentos sostiene un tono cercano al soliloquio, quizá por su formación, sin abandonar cierto cinismo y amargor. Todos esos elementos resuenan en este texto, pues el autor de plano responde a quien le pide escriba el ensayo, optando por mandarlo al demonio o excusarse diplomáticamente.

El humor seco se filtra y como en todo buen ensayo, se cuelan también elementos personales y soterrados, notas sutiles, el infratexto, lo cual implica una polémica con la propia situación histórica, artística y vital, pues aquí Mena se da a la tarea de escribir gran parte de su texto como un diálogo con quien le propuso la idea, nos habla de las fechas comercializadas, libros que le causaron un inmenso sopor y aprovecha de tirar recomendaciones que nos remiten a Onfray, Hélène Cixous y Lipovetsky.

Y se detiene en una imagen bastante bella cuando una amiga riendo con la boca atestada de chocolate se burla de su ingenuidad al preferir un libro en lugar de una pieza de dulces de Oaxaca, sin embargo, esta imagen hace eco con otros momentos, y el autor se dispone al juego de la memoria, recordando sus días de preparatoria, las clases de un estricto profesor y eso se cruza con ciertas ideas que sostiene sobre la Revolución Mexicana y la imposibilidad de tratar ese tema sin caer en un laberinto, lo cual no implica que por las bondades del ensayo, termine recorriendo uno menos abstruso.

  • Foto: ICL