Esta crónica se publicó originalmente en esloveno, con traducción de Mojca Medvedšek en el número 301 de la revista Literatura de Eslovenia, en el verano del 2016.

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El 28 de marzo del 2004, el cuerpo de Alejandro Ferretis, de 59 años, fue encontrado en avanzado estado de descomposición junto al de su amante, Francisco Vega, de 24, en la casa que compartía el primero con su madre, Irma Elizondo, en la calle de Órganos de San Miguel de Allende, Guanajuato, México.

La noticia comenzó a circular por la mediana ciudad del centro del país como un rumor que fue creciendo en horror y detalles truculentos; la narración promedio establecía: los cuerpos desnudos de los dos hombres habían sido desmembrados, recompuestos de forma lúdica (o siniestra, según la versión) y los rostros habían desaparecido bajo el repetido impacto de un objeto contundente; quizás una plancha doméstica.


Hijo de un escritor mexicano de mediano prestigio –que había escalado la pirámide de la administración pública hasta ocupar la dirección de la cinematografía nacional en los años 60–, Alejandro Ferretis caminaba por el mundo guiado por una nariz descomunal y, aquejado de por vida por una poliomielitis, apoyado en un bastón. Durante toda su edad adulta, Alejandro llevó una vida itinerante entre trabajos de producción de cine y diversos proyectos culturales, hasta que fue lanzado como actor de forma tardía por Carlos Reygadas en su ópera prima Japón (2002), que le ofreció a Ferretis reconocimiento internacional de súbito, incluido un premio al mejor actor en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires.


Cuando la noticia del doble asesinato se hizo pública en San Miguel, en los pasillos del mercado, en las mesas de los cafés y durante los recesos de las oficinas gubernamentales se comenzó a barajar de forma extensiva la orientación sexual de Ferretis, como si ésta no sólo explicara el terrible suceso, sino que fuera una causa natural de éste.

Yo editaba entonces una revista mensual que había fundado con un amigo francés, que era dueño en la ciudad de una bar y restaurante bastante conocidos en la región. La revista, El Petit Journal (el bar, que era la oficina no oficial de la revista, se llamaba El Petit Bar) se había convertido en cause célèbre ya que siendo una publicación de artes y letras de cierto vuelo, en su página 3 desnudaba antropométricamente cada mes a un conspicuo personaje de la comunidad “en cuerpo y alma”.


En el número posterior al encuentro de los cuerpos, en el ápice de la vorágine, decidí escribir y publicar una carta dirigida a Ferretis en las páginas de El Petit Journal:


Alejandro, cada muerto es un Cristo. Cada muerto nos limpia y nos hace más buenos, gloria a Dios. Cada vez que alguien deja de estar aquí –donde quiera que esté a lo que llamamos aquí– su partida nos hace victoriosos, aunque no hayamos vencido en nuestros ruinosos días ni a la avaricia, ni a la envidia, ni al desencanto. Cualquier muerte que no es la nuestra nos hace sentir triunfantes aunque no seamos más que escuálidos perros ladrando a una luna que nos ignora. Te has muerto y nos has dado la gloria de andar por el pueblo de Heraldos Negros conjeturando tus pecados, tus apetitos, tus villanías. ¿Ya te enteraste? ¿ya supiste? Tu rostro destrozado le ha regalado algo de importancia y sentido a nuestros pasos. Por fin parece que hay dioses. El sacrificio ritual se ha realizado. No estamos solos. Pensamos en tu cuerpo desnudo y en su cuerpo desnudo y nos vamos sacando la escoria de entre los riñones, el óxido de entre el corazón, el lastre de entre los úteros y los escrotos, para entonces proclamarnos simples y puros y cada vez más etéreos frente a dos cuerpos que aún se siguen pudriendo en la calle de Órganos. Y ahí los vamos a mantener, hasta que necesitemos de otro paño con que limpiar el pardo rastro de nuestros apetitos. Y vamos a revolvernos entre las historias, entre las vías de investigación, entre los pequeños datos y conclusiones y no va a importar que se encuentre o no a un culpable, porque la víctima y el culpable ya eres y serás tú, para que nosotros, señalándote con nuestra mejor cara de indignación y estupor, sigamos viviendo”.


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Será su primera película, es decir, largometraje” me dijo Alejandro, humedeciéndose los labios con el tequila reposado que le había servido antes de comer y que tomábamos a ritmo paquidérmico bajo la sombra de un mezquite en mi jardín. “Estudió derecho internacional y ha ido haciendo una carrera diplomática, pero su verdadera pasión es el cine. Yo le comuniqué esa pasión. Es hijo de unos queridos amigos. Lo considero mi pupilo y él me considera su maestro”.


¿Un abogado que hace cine?”, le pregunté a Alejandro, no sin cierta sorna.
Un abogado especial; muy especial”, me dijo. “Va a dejarlo todo para
dedicarse al cine. Ha vivido en Bruselas los últimos años. Ahí produjo sus
primeros cortometrajes
”.


El cielo sobre nuestras cabezas era de un azul tiránico. San Miguel gozaba, dentro de un clima semidesértico de meseta, de más de 300 días al año de sol indiscutible. No dejaba de ser un poco aburrido: los extranjeros, que formaban una comunidad polícroma y fluctuante, solían saludarse por la mañana entre las empedradas calles coloniales con un ligero movimiento de cabeza, diciéndose a sí mismos y señalando al cielo: another fucken day in paradise.


Escribió el personaje principal pensando en mí,” continuó Alejandro“Voyç a hacerlo; salimos mañana para el estado de Hidalgo. Por qué no nos visitas; a él le gustará conocerte”.


No respondí de inmediato –en México son muy naturales esos silencios que en el cine muchas veces parecen forzados–. Aparte de la revista, yo dirigía entonces una obra de teatro bajo contrato. Podía ausentarme un par de días sin que hubiera mucho retraso en la producción pero, ¿iba a conducir hasta el estado de Hidalgo para ver a un grupo de aficionados filmar una largometraje en vez de pulir mi propio montaje?

Le dije a Alejandro que lo pensaría y el me sonrió sabiendo que no lo haría.
Luego lo vi alejarse lentamente por el jardín cuando llegó su taxi. Yo me quedé feliz en el pueblo las siguientes semanas, dirigiendo actores y técnicos y encontrándome con los amigos de todos los días.

Un tiempo después recibí por correo unos rushes de la película en VHS. Los vi en casa con mi mujer, que me preguntó qué pensaba. “No sé” le dije. “Habrá que ver cómo se junta este material. Esta puede ser la mejor o la peor película de la historia del cine mexicano”.


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Cuando Daniel Sirdey y yo comenzamos a hacer circular la noticia de que planeábamos publicar una revista de artes y letras en la ciudad, todo el mundo intentó disuadirnos de hacerlo.

Nadie lee en esta ciudad, no gasten su tiempo”, “si existiera la necesidad de una revista de arte, ¿no creen que ya se hubiera hecho?


Nosotros decidimos hacerlo de cualquier forma y para el Julio del 2003 lanzamos el primer número con el diseño constructivista de un amigo diseñador cubano, una sección central sobre el trabajo artístico de un pintor local, la fotografía del mes, una entrevista a un escritor de estatura internacional y el desnudo de un personaje conspicuo del pueblo –mujeres y hombres alternándose–, en este caso, Lou Christine, un expatriate original de Filadelfia y quien para el retrato, sólo se dejó el sombrero y un bat de béisbol.

La presentación fue un éxito tumultuario; la calle del Petit Bar tuvo que ser cerrada por la policía municipal y en adelante el evento para presentar El Petit Journal se convirtió en el suceso social del mes en San Miguel. Le gente comenzó a leer narrativa, poesía, crítica, a conocer el trabajo de pintores que hasta entonces sólo sabían cuánto bebían, mientras hojeaban desesperadamente la revista para ver quién se había desnudado esta vez.

Mucha gente ha sido testigo de cómo la población adulta por todas partes del mundo deja el hábito de la lectura. En contraste y por un tiempo, en un pueblo colonial del centro-norte de México, yo fui testigo de lo contrario.

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Pascual, no vuelvas al pueblo; la policía te está buscando.” Al otro lado de la línea  se encontraba Pedro, un amigo que trabajaba en un negocio de pastas frescas y que fue el editor de un semanario en el que yo publicaba una novela por entregas un par de años atrás, sobre una yugoslava desaparecida en México en 1974. “¿Qué?”, dije yo, cubriéndome el oído libre y alejándome de las máquinas de la imprenta ubicada en el centro de la ciudad de Querétaro, a una hora en auto de San Miguel, donde había ido a recoger la impresión del número 11 de mi revista.
Que no vuelvas al pueblo, por ahora. Unos policías judiciales muy mal encarados están preguntando por ti por todos sitios. Ahora corta la llamada. No sé nada más y no quiero que te ubiquen a través de tu cel. No lo uses”.


Cuando corté la llamada no escuchaba nada: no escuchaba las máquinas, no escuchaba a los trabajadores; escuchaba mi corazón y sentía que una mezcla de atole frío hacía un lento circuito por mis venas. Sabía lo que en México significaba que te estuviera buscando la policía judicial: podías terminar en la cárcel ese mismo día sin juicio, sin consultar a un abogado y sin cigarrillos; luego vendrían los abogados, el juicio, muchos cigarrillos y una larga temporada bajo la sombra.

Los trabajadores de la imprenta habían terminado de cargar los cien paquetes que contenían los dos mil ejemplares del número 11 de la revista en la caja de una pick up –que había pedido prestada a un conocido aquel día– y me hacían señas para anunciármelo mientras volvían a sus labores. Yo no me moví por unos segundos, o minutos; no tenía ya nada más que hacer en la imprenta, pero mi vínculo con el día y con mi vida se encontraba fracturado. Decidí arriesgar una última llamada antes de hacer un movimiento. Tenía que hablar con mi amiga Gabriela Onetto.

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La película comienza con una toma subjetiva del personaje principal que mira un terreno agreste mientras camina con dificultad apoyado en su bastón. Carlos Reygadas prefiere trabajar con actores no profesionales. Esto es axial en su propuesta estética. Alejandro, aunque muy cercano al cine, nunca había actuado antes en un largometraje. El personaje es él y él es el personaje.


Un hombre de la ciudad de México busca un lugar alejado para quitarse la vida y encuentra su camino hasta una comunidad indígena en una barranca, donde convence a una mujer de edad avanzada a que le rente un pequeño granero para dormir. La cinta no tiene persecuciones de autos, ni dramas románticos, ni tetas firmes. El hombre mira el paisaje, camina entre caminos salpicados de piedras y mira a la mujer sobrellevar su rutina de todos los días, hasta que comienza a tener una súbita urgencia sexual.

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Gabriela Onetto vivía en el centro de la ciudad de Querétaro con su marido, Guzmán. Yo solía visitarlos para comer con ellos o tomarnos un mezcal cuando viajaba a recoger la revista cada mes.


A Gabriela la había conocido en el colegio secundario en la ciudad de México. Ella había llegado con su familia al país del Uruguay como parte de una inmigración política procedente de América del sur durante el período de las dictaduras de los años 70. Había crecido bajo la sombra de la persecución.

-Pero, ¿por qué te están buscando?
-No tengo una puta idea-, le dije y luego vacié el mezcal que me había servido.

Gabriela y Guzmán esperaban en silencio algo más de mí.

Hace unos meses tuve un problema laboral con la biblioteca pública de San Miguel. Terminé por demandarlos. Gané la demanda. Quizás ahora están intentando algo. ¿Puedo hacer una llamada?”.


Gabriela me acercó el teléfono. Gabriela nos había deslumbrado a todos con su belleza y madurez al final de los años setenta; asistía a la escuela con una guitarra y cantaba canciones que llamábamos entonces de protesta. Todos parecíamos unos críos a su lado.

Por lo pronto tú te quedas aquí”, me dijo Guzmán. “El tiempo que sea necesario, Pascual”. Al otro lado de la línea me contestó mi padre; no habíamos hablado en meses: “¿Cómo estás?”, me dijo y podía yo escuchar en su voz que estaba revisando algunos documentos o firmando acuerdos en su oficina mientras hablaba conmigo.

Bien, bueno”, le dije, “más o menos. ¿Tienes todavía buenos contactos con la policía federal?”, le pregunté. “Sí, todavía algunos. ¿Qué pasa?”, él había dejado de atender otros asuntos. “En realidad no sé que pasa, pero la policía judicial me está buscando en San Miguel. ¿Puedes investigar por qué me buscan?”.

Me preguntó dónde estaba, me dijo que me quedara ahí, que no me moviera, que casi no respirara, que él me llamaría en cuanto tuviera algo.

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A Alejandro Ferretis me lo presentó Carmen Cereceda, una pintora chilena que era parte de un mundo que parece haber desaparecido por completo. Ella había llegado a México siguiendo el rastro de los grandes muralistas de la primera mitad del siglo pasado, Orozco, Rivera, Siqueiros y se había hecho una chile-mex tratando de mantener una tradición, el muralismo, que nunca ha desaparecido del todo y que es responsable, entre grandes excepciones, de muchas paredes horrorosas en toda Latinoamérica y en muchas partes de los Estados Unidos.


En San Miguel, Carmen también fungía un rol paralelo a su oficio que es cada vez menos frecuente; se había abrogado la labor de encontrar a todas las personas relacionadas con el arte que ella consideraba interesantes y los presentaba unos a otros. Las reuniones se daban en su casa y se bebía agua de soya azucarada. Si la conversación tomaba vuelo, Carmen habría entonces una sola botella de vino. Ese era su límite.

Aquella tarde Carmen abrió una botella de vino chileno y luego Alejandro y yo salimos de ahí para irnos a sentar a una cantina y terminar la noche con mezcales.

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El teléfono sonó una hora más tarde. Gabriela estaba buscando entre sus documentos el número de la revista que contenía mi referida carta a Alejandro.

¿Sí?-, respondí.

-¿Qué tienes tú que ver con el asesinato de un maricón en San Miguel?, me preguntó mi padre sin cortesías.

-Ningún maricón- le respondí irritado -Alejandro Ferretis, hasta donde yo sé o tengo derecho a saber, era un intelectual, un actor, un amigo y yo le escribí una carta al enterarme de su asesinato y la publiqué en mi revista.

-¿Una carta a un maricón muerto?-, preguntó encabronado mi padre desde la Ciudad de México -¿Eres un pendejo o un iluso?-, me martilló con un tono neutro que utilizaba a veces después de haber alzado su voz, como si hubiera perdido todas las esperanzas en la humanidad.

-¡Soy un escritor!-, le grité desde Querétaro.

-¡Y yo soy un abogado, imbécil-, alzó la voz sobre la mía olvidando todo tono neutro -y tú estás en putos serios problemas!-

-¡Lo tengo!-, gritó Gabriela desde su estudio.

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Si la gramática y estética del film generó encontradas críticas, la escena de sexo entre Alejandro Ferretis y la mujer que personificó el carácter de Asención estableció un auténtico corral de gallinas con zorra entre los medios mexicanos.

Fuera del shock que genera una escena de sexo que no sucede entre dos bellos cuerpos jóvenes en la pantalla, el hecho de que la mujer no fuera una actriz profesional, sino una simple habitante de la comunidad donde se filmó la película atrajo suficiente atención que sólo se vio acentuado una vez que obtuvo el premio a certain regarde en Cannes.

Reygadas fue acusado a la par de explotar la confianza que la mujer había depositado en él, como la tanto o más execrable acción de filmar películas “miserables que dan una mala imagen de México para seducir el gusto de la crítica internacional”.


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Detrás del abogado, en su oficina de claroscuros, hay un cristo polícromo de más de dos metros de altura tallado en madera. Celaya es una ciudad espantosa cuyo reclamo a la notoriedad en el país son sus grandes tiendas de autopartes y ser el origen nacional de un particular dulce de leche de cabra.


En ésta región, durante la primera mitad del siglo XX, el pueblo se levantó en armas contra las autoridades federales azuzado por sus líderes religiosos para defender las prerrogativas que la iglesia católica había gozado por siglos y que el entonces gobierno emanado de la revolución intentaba menguar.

Yo había salido de madrugada de la estación de autobuses de la ciudad de Querétaro para adentrarme de nuevo en el estado de Guanajuato, donde la policía me buscaba. Llegué a la oficina del abogado que mi padre me había recomendado a la hora en que otros padres llevaban a sus pequeños hijos a los colegios.


Me dijo mi querido amigo, su padre, que usted escribió una carta”, comenzó a decirme el abogado con los ojos cubiertos por sus ceño mientras leía bajo la sombra del gran cristo las notas que le había traído su secretaria segundos antes, después de haberme hecho pasar. Yo tenía un ejemplar del número 11 de la revista en mis manos: en la página tres había un flagrante hombre desnudo –mi amigo Juan Ordoñez– y para completar mi preocupación a lo que aquel hombre devoto bajo ese cristo polícromo pudiera pensar de mí, de mi revista y de mis amigos, páginas más adelante un poema mío comenzaba con la línea: “asesiné un refrigerador con un cuchillo cuando era un niño”.

Sobre el escritorio yo había dejado antes de sentarme el número que había encontrado Gabriela en su casa, abierto en la página de la carta a Alejandro. Se lo acerqué al abogado deslizándolo en dirección del redentor.

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A esas horas, en San Miguel, Daniel daba órdenes para abrir su restaurante a las 11 de la mañana y así comenzar a preparar la presentación nocturna de la revista. Nos habíamos encontrado la tarde anterior en un pequeño pueblo a unos metros de la frontera estatal entre Querétaro y Guanajuato frente a un restaurante que según una pinta en su portal ofrecía las mejores tostadas de mariscos del país. Daniel llegó en taxi para recoger la pick up y los paquetes de la revista. Guzmán no quiso dejarme ir al encuentro sólo y vino conmigo: un uruguayo con un sombrero tejano bajado hasta las cejas y observando junto a mí como los pobladores se juntaban en las esquinas y se asomaban desde la entrada del restaurante y las ventanas de sus casas. Nos miraban en silencio: dos hombres desconocidos estacionados ahí, en el medio de la nada, con 100 paquetes blancos apilados en la caja de una pick up; cada uno con la cifra 20 escrita con plumón negro.

Si alguien hubiera hecho una encuesta entre la gente que nos miraba para saber qué es lo que creían que contenían esos paquetes, el último lugar de las posibles respuestas hubiera sido una revista de artes y letras.

Aún me parece un milagro que nadie haya llamado a la policía mientras esperábamos a Daniel.

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El abogado dejó la revista sobre su escritorio y con una cara adusta y aún bajo la sombra del gran cristo me preguntó: “¿Usted edita esto?”. Yo podía sentir el síncope de mi corazón en el pecho; asentí mirándolo a los ojos. “Ya veo”, continuó entonces él, asintiendo a su vez mirando la revista. Luego volvió a mí. “¿Y usted escribió esas palabras al hoy occiso?”. Asentí otra vez, esta vez mientras dejaba la revista número 11 con la portada contra el vidrio que protegía el rudo roble de su escritorio.


Él tragó una emoción que se le atoraba en el gaznate, se cubrió la boca con su puño como para carraspear –pero no lo hizo– tomó otra vez la revista entre sus manos, la abrió por accidente en la página del desnudo, me dirigió una mirada furtiva, encontró luego la carta, volvió a leerla, cerró la revista y me dijo: “Hace un año y medio murió mi hermano mayor…”, miró por la ventana y se limpió virilmente con su dedos pulgar e índice de la mano derecha unas lágrimas que amenazaban con rebasar sus ojos y continuó: “yo hubiera dado mis dos brazos por poder haberle escrito una carta como ésta que usted le escribió a su amigo”, dijo. Se recompuso en su silla. “La estúpida subprocuraduría de San Miguel piensa que esto es una confesión cifrada” dijo golpeando su dedo índice contra la carta impresa en la revista “Qué usted mató a Alejandro Ferretis”.

Mi sangre dejó de circular. Él cerró la revista de nuevo y dijo: “No se preocupe amigo, a usted no lo va a tocar nadie; yo voy a defenderlo”.

Luego se inclinó sobre su teléfono de línea y comenzó a marcar un número, se detuvo y cubrió el micrófono del teléfono con su mano.

Pero primero tengo que hablarle a mi mujer; bueno, no es mi mujer-mujer, ¿entiende? pero entre usted y yo ahora ya hay una especie de confianza”.

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Mi relación con Alejandro Ferretis, después de aquel encuentro en casa de Carmen Cereceda, se estructuró sobre un extenso intercambio de libros y películas. Ferretis parecía haberlo leído y visto todo. Solía detenerse por unos minutos en el teatro donde yo preparaba un montaje o en la cantina donde solía tomar mi aperitivo para traerme uno o dos libros que él había decidido era indispensable que yo leyera. Insistió de forma contundente hasta que leí a Herbert Read y luego me hizo ver la casi olvidada serie The Ascent of Man de Jacob Bronowski, entre otros abundantes prestamos de libros (Wassler, Klossowski, Gombrowicz, etc.).


Nuestra relación, sin embargo, nunca invadió el área familiar. Él nunca estableció ningún contacto cálido con mi pareja de entonces, una argentina dedicada a la danza que lo miraba a él con recelo.

No me gusta Alejandro”, me decía Paula con cierta insistencia “No me gusta la relación que tiene con Sócrates”.

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Nos estacionamos frente al parque Juárez, a no más de 300 metros de mi casa. La subprocuradora de justicia de L., sentada frente a mi sin mirarme apenas, esperaba una llamada a su celular; mientras, no podíamos hacer nada. El abogado miraba el empedrado de la calle con algo que parecía melancolía. El chófer se había llevado a los niños a caminar por entre los cedros, pinos y jacarandas. Eso me dio un respiro. El viaje en auto a Sanç Miguel, después de haberla recogido a ella en su ciudad, había terminado de desmenuzar mis nervios.


Yo viajaba sentado en el asiento posterior con mi vista bloqueada por dos globos de helio dorados que sostenían dos niños rechonchos y sudorosos –al parecer productos de un amor no consignado oficialmente– que parados frente a mi en la SUV miraban una película animada a todo volumen. A TODO VOLUMEN.

Íbamos solos por la carretera desierta: al frente, el chófer, conduciendo un vehículo que te haría sentirte seguro paseando por las calles nocturnas de Tikrit. A su lado, el abogado, que hablaba de tres cuartos de perfil, sin perder detalle de la carretera, con su mujer, no mujer-mujer, la subprocuradora de L., quien apenas me había dedicado unas miradas mientras preguntó al inicio del viaje de qué se trataba el asunto –nunca me habló directamente; siempre se refirió a mi en tercera persona–. ¿Creía quizás que yo era culpable? ¿le interesaba acaso siquiera saberlo?


Yo no podía escuchar la conversación entre ellos. Sobre su pantomima de diálogo –que sugería más un lío doméstico que una discusión legal– se imponían las canciones del Rey León, Shrek o Alladin, no recuerdo. Ella había dejado un mensaje en el celular del subprocurador de mi ciudad –una vez que el abogado le explicó mi caso– diciendo que viajaba conmigo a San Miguel y solicitándole se me otorgara una entrevista en la subprocuraduría sin la amenaza pendiente de detención. Luego no se volvió a hablar del asunto en todo el trayecto; sólo el soundtrack a todo volumen, los improbables dos globos dorados en el campo de mi visión y los neumáticos a toda velocidad contra el asfalto caliente de la autopista.


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Conocí a Sócrates al poco tiempo de conocer a Ferretis –yo nunca había hablado con un adolescente de tanta inteligencia, aparente madurez y soltura–. Entendí que no era hijo de Alejandro, sino de una amigo que por circunstancias cualesquiera no podía hacerse cargo de él.

Alejandro lo iba criando rodeado de libros, películas, viajes, encuentros con intelectuales, artistas, marginales. Supe mucho después que Sócrates no fue nombrado así en homenaje al gran hombre de Alopeke, sino por un ratón de una serie dibujos animados que el jovencísimo padre biológico de Sócrates veía en la tele en la costa del mar Pacífico, donde Alejandro lo habría encontrado durante un viaje y hecho su amante. Tiempo después el futuro padre de Sócrates, que no había cumplido aún los 17 años, embarazó a una mujer menor de edad. Alejandro adoptó al pequeño y luego el padre cayó en prisión por razones que desconozco.


Sí, se escuchaban algunos comentarios por aquí y por allá sobre la relación del niño y Ferretis, pero nunca como después del crimen. Yo siempre defendí a Alejandro y el derecho de cualquier hombre de cualquier orientación sexual, de educar y cuidar de un niño.

Cuando todo lo que cuento había ya sucedido, Paula me preguntó: “¿Pero nunca pensaste que había algo extraño en la relación entre Alejandro y Sócrates?”. “No, nunca”, dije yo.


Y no mentía, sólo es que no recordaba.

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La llamada llegó al fin. La subprocuradora no se molestó en decirme nada, sólo bajó del vehículo que tenía todas sus puertas abiertas para gritarle al chofer para que trajera a los niños.

Ya podemos irnos”, le dijo entonces al abogado de mal modo. Él despertó de su letargo mineral, se incorporó, habló unos segundos con ella y luego se me acercó, me extendió la mano y me dijo que todo estaba bien, que el subprocurador de San Miguel había dado ya indicaciones a los elementos de la policía judicial para que desistieran de buscarme y que yo tendría que ir a la subprocuraduría el lunes, por mi propio pie.

Yo miré a la distancia la esquina que tendría que doblar para llegar a mi casa y le pedí al abogado que me acompañara por si hubiera quedado en custodia algún policía que no hubiera recibido el reporte de la suspensión de mi búsqueda.

Él me dijo que vendría conmigo, le pidió a la mujer que lo esperara y ella me miró como una enfermera agotada y desierta de empatía. Aún así le extendí mi mano para agradecerle. La tomó con algo que pudo parecer una sonrisa.


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Cuando llegamos a mi puerta y vimos que no había ningún policía esperándome, le ofrecí al abogado un vaso de agua. Ya en el interior me pidió algo más fuerte.


Fui a la cocina a servirle un tequila. Cuando volví lo encontré mirando la pizarra donde pegaba yo los recortes de notas periodísticas con las que yo apoyaba mi trabajo. Muchas eran notas criminales que yo seguía reuniendo para mi novela sobre la yugoslava. El abogado se giró y me miró a los ojos inquisitivo, sin tomar el tequila que mi mano le ofrecía.

¿Así que usted vive así?”, me dijo, y luego miró otra vez a su alrededor: libros, papeles, una mesa desordenada con vasos vacíos, un helecho muerto por meses. Quizás aquello no parecía la casa de un hombre de bien para un abogado católico y yo agradecí por lo menos que la subprocuradora no hubiera venido con nosotros. “¿Leyendo todo tipo de historias y luego recontándolas?”, continuó. Yo asentí.


Él, después de unos largos segundos me sonrió y aceptó el tequila. Brindamos y otras lágrimas como aquellas que amenazaron su rostro bajó el cristo polícromo se asomaron en sus ojos mientras seguía escudriñando mi estudio. Se las volvió a limpiar virilmente con el pulgar y el índice, como un clásico representante del mexicano rudo, cerrado, seco.

Quizás yo erré mi camino.”, me dijo “Pero no tuve de de otra. Infancia miserable, padres obtusos y formales; la urgencia de salir adelante. Pero yo quizás debiera haber vivido como usted, si hubiera tenido una oportunidad”, me dijo para terminar tomándome del brazo. “Así de simple, leyendo y contando historias”.

Dejó su vaso sobre mi escritorio, nos dimos un abrazo, le agradecí de nuevo y salió para encontrarse con su tribu. No nos hemos visto desde entonces.

Él no tiene Facebook.

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Esa noche fui recibido en la presentación del número 11 de la revista como un héroe menor. Mi amigo Daniel me dio un gran abrazo y otros mucho aprovecharon la ocasión para tomarse un trago con el editor fugitivo.

Como todas las noches de presentación hubo un tumulto, cantidades ingentes de beber y decenas de futuros lectores abriendo la revista para saber quién se había desnudado aquel mes.

Al Petit Journal lo asesinamos, como habíamos acordado Daniel y yo, 13 números después, al cumplir dos años. No queríamos que se convirtiera en una institución.


El lunes fui a la subprocuraduría temprano. Me recibió un policía judicial receloso pero formal, que me condujo a un escritorio donde una colega suya tomó mi declaración. Todo el proceso fue cortés, pero la mujer se rehusó a decirme cómo es que habían decidido que mi carta era digna de su atención.

Me dijo a media voz que le gustaba mi revista y como un regalo abrió el expediente sobre el crimen donde en uno de sus folios se encontraba mi carta, recortada de la revista y dentro de un gran círculo de crayola roja y una palabra escrita al margen: búsquenlo.


Ella misma me acompañó a la puerta y a mi pregunta respondió que no había todavía una línea de investigación sólida, pero que off the record, ella se inclinaba por la hipótesis que señalaba al hijo.

¿Sócrates?.

Ella asintió mirando hacia otro sitio. “Pero ahora nadie puede ubicarlo”.


Antes de terminar de escribir esta crónica busqué en la red si el caso había sido resuelto. Nada –ningún gran escándalo en un país en el que el 98 por ciento de los ilícitos quedan sin resolver–.

Nunca supe más de Sócrates pero, tiempo después de estos hechos, recordé algo que se me había escondido entre las porosas duelas de mi memoria. En alguna ocasión y al calor de unos tragos, Alejandro me había hablado de una playa nudista en que pasaba unos días con unos amigos. Me habló de una erección de Sócrates, una primera erección pública que fue celebrada por todos los adultos, Ferretis, su amante y otros amigos, frente al mar Pacífico. Sócrates tendría entonces 11 o 12 años.

Entonces me pareció esa historia una muestra de una sana educación libertaria que no traería a Sócrates más que una relación relajada con su sexualidad. Ahora, a la luz de los hechos que terminaron con los dos cuerpos desmembrados en la calle de Órganos, la imagen me resulta ominosa.

Yo espero que Sócrates se encuentre bien en algún sitio; que las teorías que lo imaginan como el asesino de su padre estén equivocadas y que esa única historia que me hace dudar de la organicidad de la relación entre Ferretis y su hijo adoptivo no haya sido más que una divertida escena tropical.

Alejandro, mientras, seguirá buscando un lugar para bien morir en la película de Reygadas, hasta que algún día desaparezca la última copia de la cinta.

  • Fotograma: Japón
BICI