Escuchando: ‘Kaleidoscope’ (Nils Frahm). Los signos de una inminente lluvia no me arredraron.

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Salí a caminar, es decir, a intentar serenarme, a reflexionar, a meditar. Caminar a paso lento, intentando sincronizar la respiración; de tal modo que desplazar los pies cada cuatro pasos equivalga a cuatro inhalaciones, luego otros cuatro pasos reteniendo el oxígeno y otro cuatro pasos para ir exhalando. Caminar de tal modo puede llegar a ser una especie de ejercicio espiritual, no restringido al uso que le daba San Ignacio de Loyola, sino más amplio, como lo ha indicado Pierre Hadot en su hermoso libro Ejercicios espirituales y filosofía antigua (Siruela, 2006).

Hadot entiende por ejercicios espirituales una serie de acciones encaminadas a “vivir mejor”, a apostar por el cultivo de las virtudes, a interiorizar en uno mismo para saberse parte de un todo, a no desatender el famoso oráculo: conócete a ti mismo. Ejercicios espirituales que no precisamente son los equivalentes a las tecnologías del yo que propone, por ejemplo, un Michael Foucault.

Ya. Basta de cotejar discursos filosóficos. No importa ahora eso. Caminaba entonces. Me detuve un momento a contemplar cómo cada gota de agua impactada en el cemento, cómo se iban formado charcas alegres de agua. ¿Y qué meditaba? ¿Y qué reflexionaba? No lo sé, sólo iba sintiéndome bien, muy bien, contagiado de una alegría ajena a la que propicia la comicidad de una imagen, de un conjunto de palabras, de una serie de gestos.

Se asomó mi infancia: ese niño que se come un elote con chile y limón está frente a un salvaje río de aguas negras que pasa delante de su  casa, ese niño se pregunta con estremecimiento a dónde van a parar todos los barquitos de papel que arrojan otros niños, a dónde van a dar las cabezas de muñecas tuertas, los balones y pelotas ya casi sin esfericidad…

Sentí, por un instante, que las gotas de lluvia que alcanzaban a mojar a ese niño que fui eran las mismas que ahora caían sobre mis brazos

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Qué extraña sensación esta de sentirse triste y alegre a la vez. Mi interior semeja un ruedo donde han dejado de pelear dos perros salvajes, donde dos púgiles se han rendido, bajando los puños doloridos y ensangrentados.

Un “hola, buenas tardes, qué va a tomar” me saca de ese abismo. Espero a que la joven mesera traiga mi café. Tengo la mirada puesta en el cielo, noto cómo mis ojos encuentran una dicha entre las nubes grises; inhalo y exhalo con calma, el aroma de las hojas mojadas de los árboles y el de los adoquines de cantera humedecidos entra en mis pulmones; mi cuerpo murmura una especie de gratitud por el clima.

Escucho Our Own Roof de Nils Frahm y me da por pensar algo así: en verdad nada me hace falta y aquello que se asoma como ausente ya está cerca. Han sido días difíciles, ajetreados. Quien haya leído el opúsculo de Pascal Sobre la conversión del pecador sabrá en qué intensidad anda mi fuero interno. Ahora el smartphone reproduce Brainwash del mismo Nils Frahm. Las burbujas que un niño lanza cerca de mi mesa flotan en el aire.

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Hace más de cinco años, quizá seis, escuché y vi por primera vez tocar incontables teclas de pianos, órganos, sintetizadores y no sé qué más, a un tipo llamado Nils Frahm. En aquel entonces me encontraba profundamente en depresión, al grado en que ni siquiera sabía que ésta me devoraba por completo (toda la vida la has pasado así, me decía un amigo, de ahí que no lo notaras).

A veces, al caminar, me venían escenas de mi vida y lloraba. Lloraba un llanto gemelo al del apóstol San Pedro, tal como lo esboza Pascal Quignard en su libro El odio a la música (Diez pequeños tratados): “Una noche, a comienzos del mes de abril del año treinta, en Jerusalén. En la corte del gran sacerdote Anás, suegro de Caifás. Hace frío. Servidores y centinelas se sientan muy juntos. Tienden las manos hacia el fuego. Pedro se acomoda cerca, tiende los brazos hacia el brasero, entibia el cuerpo aterido. Llega una mujer. Cree reconocer los rasgos de su rostro a la luz del brasero. En el atrio (ín atrio) ya blanquea el día en las postrimerías del invierno y en la niebla húmeda. Un gallo (gallus) canta de pronto y Pedro se conmueve al oír aquel sonido que de inmediato aclara una frase que Jesús el Nazareno le dijo -o por lo menos una frase que Pedro recuerda de pronto que le dijo-. Se aleja del fuego, de la mujer, de los guardias, gana el patio del gran sacerdote y, en el vano del pórtico, bajo la bóveda, se deshace en sollozos. Son las lágrimas amargas. Las lágrimas que el evangelista Mateo dice amargas…”

Ver la agilidad, la destreza, la energía con que Nils tocaba todas esas teclas y botones me sacudía desde dentro, espabilándome; la miseria en mi interior era aporreada, fenecía como los insectos ante un potente insecticida

No se diga ya la música. Eso era lo que en verdad socavaba la depresión. Una mezcla entre música clásica y contemporánea (electrónica, jazz, folk y un largo etcétera). Ese ruido, esos ruidos intercalados en las piezas, tanto delicadas como kinéticas, de Frahm hubieran sido motivo para que un Herbert von Karajan  se infartara posterior a los berrinches de los que era un experto consumado.

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No sé absolutamente nada de música. Y qué bien, me digo. Pero desde que John me pasó un par de discos, uno de Peter Broderick y otro de Max Richter encontré mi género, mejor dicho, mi instrumento de predilección: el piano. Rara vez me he llevado una decepción con el piano, aún el sopor que motivan muchas de las piezas interpretadas en este instrumento conservan cierta dignidad.

Luego de Broderick y Richter llegaron otros en carretadas, todos con un nivel sobresaliente, entre ellos Arnals y Frahm, éste último es el que más me cautiva. Hago estas afirmaciones desde la ignorancia, desde ese lugar sagrado que sólo conocen los que desconocen, y no siento vergüenza al hacerlo. Escucho completo el álbum Screws, de Nils. El mundo me sigue ofreciendo demasiadas cosas bellas…

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Ahora recuerdo algunas lecturas de aquel año en que conocí a Frahm. Estaba Rumi, Zambrano, Job, Kant, pero la más sobresaliente fue una pequeña obrita sobre el Arte del sigilo (del ninja /忍者). Qué buscaba yo en esos libros. No es el espacio para detallarlo, pero supongo que quería darle batalla a la depresión por medio de una fortaleza interior. Frahm era mi aliado, pero hacía falta algo. Y no bastaban los discursos filosóficos, mera información, basura incluso, pues mientras no se efectúe una serie de acciones concretas de nada sirven. Entretención de académicos o de pasantes de grado en filosofía.

Conozco bien ese terreno, no le tiro a nadie, sólo saco la rama de mi ojo para ver bien. Leyendo la obrita sobre los ninjas me encontré una frase que aún hoy me alegra: un shinobi-no-mono jamás deja de prestar atención a ese fragmento de eternidad que ni la muerte puede tocar. Desescombrar ese fragmento sigue pareciéndome necesario, urgente, para abatir cualquier forma de angustia, de depresión. ¿Y lo encontré en ese entonces? Dejo como respuesta una pista de Nils: All Melody.

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Frahm, ninjas, depresión. Una reverenda revoltura. Pero así andaba yo, revuelto, inquieto, ajeno a la calma. Durante todo el 2013 no escribí nada. Luego de Frahm, de los ninjas y de la depresión volví a sacarle punta al lápiz, volvía a escribir. Primero en el aire, luego en la tierra floja de un macetón, en los restos de un cenicero.

Ver a Frahm tocar todos esos teclados más como un DJ que como un pianista me motivó. El tipo sacaba chispas, bailaba, contagiaba de energía todo a su derredor. Y yo estaba cerca. Escribí nuevamente teniendo como fondo su música. A veces lo hacía de pie, a veces sentado en ese macetón, en un escritorio falso (un pedazo de lámina bamboleante), en un banco con asiento incómodo (ese clavo que me roía la nalga derecha hasta hace poco dejó de existir)…

Antes y después de escribir me daba por brincar la cuerda, a la manera que hacen los púgiles. La depresión, sin darme cuenta, se atenúo. Esta experiencia tiene un soundtrack: For – Peter – Toilet Brushes – More

Gracias Nils.

  • Ilustración: Vincent Van Gogh