Son las 00:03 am del lunes 7 de diciembre de 2020.

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Hará unos 10 minutos que me levanté de la cama, ya sin sueño, con el vago recuerdo de haber soñado a un parapléjico entrando a un aula, era asistido por una señora con pinta y gestos de chismosa, creo que yo era el profesor que daba catedra en aquella aula. No sé qué tanta relevancia tenga este relato fracturado con los que vino después a mi mente, aquello que reprimí hace no menos de 5 horas.

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Hoy fui al café con la intención de seguir escribiendo, pero sobre todo de trascribir algunos escolios en torno al mito de Orfeo. No vi alguna mesa desocupada en la terraza del Café, así que puse mi trasero en las del interior del local, con plena conciencia de que no podría fumar.

Mi jugada consistía en hacerme de una mesa para fumadores en un lapso no mayor a 30 minutos. Saqué mi cuaderno negro y un legajo de fotocopias recubiertas en un folder rojo.

Tomé asiento y una señorita me saludó amablemente, la dulzura de su tono y lo atento de sus frases me hizo sentir un sobresalto en el corazón. Si mal no recuerdo, me dijo: Bienvenido ¿desea tomar un americano?

Salió de mi boca un sí casi mudo, avaro de matices en el tono, un sí torpe y descuidado. Ella, con serenidad calada, me respondió: enseguida se lo servimos. Ya no pude decirle nada, mi corazón estaba latiendo con ritmo álgido. Tomé aíre. Me sentí extraño, como si se avecinara un infarto. Comencé a temblar. Mis manos tomaron la libreta y la pluma con pulso de maraquero. Fingí leer para calmarme mientras me preguntaba qué demonios me estaba sucediendo, por qué mi corazón reaccionaba de esa manera.

Llegó mi taza de americano en manos de un mesero algo tosco y descuidado. Le di las gracias con cierta resistencia, no porque me irritara su presencia, sino porque aún no me reponía de esa taquicardia fortuita. Probé el americano y estaba quemado y acuoso. Volví a probarlo y me supo a carbón en agua. No resistí las ganas de preguntarle al mesero quién había hecho el café. Me contestó con voz fodonga y atropellada: la señorita ¿quiere que se lo cambie? Le dije que no era necesario.

Alguien dentro de mí me decía que me levantara, pagara y me largara de ese lugar. Volví a probar el café, pensé: si te sabe a cobre quiere decir que estás sufriendo alguna desavenencia cardiaca y quizá te cargue la chingada. El café seguía teniendo buena pinta, pero su sabor era el de un puño de cenizas revueltas en agua caliente.

Dudé que la señorita amable me hubiera preparado el café, ya otras veces lo había hecho y siempre le queda bien, a diferencia de sus compañeras y compañeros de trabajo, ella es la que mejor mano tiene con los americanos. De hecho, suelo rogar en silencio que sea ella quien me haga mi café para evitar beber vinagre prieto. Dejé de darle vueltas al asunto cuando vi una mesa para fumadores desocupada. Me cambié. El mesero rustico no tuvo el tino de asistirme, cosa que no hubiera pasado si la señorita me hubiera atendido, ella no falla en estos detalles.

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Instalado en la mesa para fumadores, comencé a escribir algo totalmente ajeno a lo que tenía planeado. Me dejé llevar. Salieron unos borradores de poemas. Todos tenían algo en común, un tufo de cursilería y un paupérrimo repertorio lingüístico. El tema de dichos borradores: qué le pasaba a mi boca, por qué no respondía con soltura a un saludo, por qué no había hecho boruca por el agua de calcetín, qué le pasaba a mi corazón…

Antes de levantarme y pagar el café escribí una pequeña nota: deja de hacerte el tonto y sé sincero. Dile adiós a este lugar, es hora de cambiar de rumbos, de panorama

Cuando pasé a la caja y la señorita me cobró el americano no pude verla a los ojos, sentí que en cualquier momento saldría una queja de mi boca, y cuando me quejo suelo ser igual de bárbaro e idiota que toda la ristra de quejosos por el clima, por la dignidad de las arañas de panteón, por el ojo vengativo de Dios, qué sé yo.

Me aburre y asquea tener este tipo de reacciones hoy utilizadas como estandarte para hacer rodar cabezas en coro de venganzas disfrazadas de causas justas.

Caminé por el centro de la ciudad un rato, tratando de procesar lo de mi corazón. Caminé y noté que muchas parejitas iban de la mano, dándose besos y apapachos. Caminé y me sentí solo y miserable, impotente y maniatado. A cada paso la sensación de ser un lisiado emocional me invadía. Pasé a la farmacia. Compré un café soluble de procedencia rusa.

Al llegar a mi habitación me preparé una taza de este menjurje. Di quizá un par de tragos y me acosté. Antes de ser invadido por un sueño abrupto pensaba en que ya no tenía motivos para ir a ese café, que ya eran muchos años de sentarme en las mismas sillas flojas. El ruido es infernal; el café ya no tiene el mismo cuerpo de antes, de hecho, cada vez es más desabrido; el servicio es flojo y mecánico, casi tan deplorable como el de un Starbucks; son demasiados los niños y adultos que piden una caridad; cuando hace aíre las sombrillas vuelan, las mesas cada vez están más cojas… Mentira…

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No miento. No precisamente miento. Sólo son excusas. Le doy vueltas a algo que ya tiene rato haciendo ruido dentro de mí. Ya no voy al Café a tomar café, a leer y escribir como solía hacerlo antes.

Antes leía para hacerme llevadero el rato en que tomaba el americano, para completar la cuota de libros leídos a la semana, para sacar algún dato escabroso sobre tal o cual escritor del medievo, de la Roma augusta, o de algún contemporáneo de Leibniz; escribía sólo notas, apuntes para un desarrollo en el escritorio de casa, escribía pocos versos para luego regarles gasolina y verlos arder, escribía recados, recordatorios, recetas de cocina o chistes verdes.

Antes iba al Café a tomar café, para disfrutar el amargor de ese liquido caliente y oscuro. Bebía el primer sorbo con la timidez de quien besa en la oscuridad a una desconocida

Iba al Café porque era el momento, mi momento, en que me permitía desparecer, ausentarme de una vida que jamás ha tenido un sentido claro y rotundo, y me refiero a mi propia vida, no al conglomerado biológico que estudian noños en selvas o laboratorios, no al fenómeno que soñadores y oportunistas quieren defender de no sé quién.

Hoy caigo en cuenta que voy al café sólo para esconderme de mi propia ausencia. Leo esta frase y no la borro pese a que me huele a poema de señora copetona en taller literario impartido por un divorciado. Voy al café recientemente a escribir para evitar ver los que voy a ver, para encorvarme y emborronar libretas de poemas cursis y odiosos. Qué es lo que voy a ver y no veo por estar encorvado.

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Voy a ver a esa señorita amable que bajo su cubrebocas sonríe. Antes de la contingencia sanitaria yo le había visto esa sonrisa. Había captado cómo ese movimiento modificaba la estructura de sus parpados, así que, a pesar de traer cubrebocas, noto sin dejo de dudas, que sonríe, no sé si porque se exige ser una excelente mesera o, y esto lo creo más firmemente, porque es feliz y amable.

Cada vez que me sentaba a tomar café sentía la amabilidad de su bienvenida, breve y contundente como sólo sabe hacerlo la ternura que no se anda con rodeos. Luego me di cuenta de que cuando ella preparaba mi americano el sabor era diferente, fuerte y con cuerpo, no todos saben servir con espuma espesa un americano.

Ella tiene unos ojazos hermosos, pero eso no llama tanto mi atención, sino la forma en que deposita la mirada, en que acurruca con sus corneas a las cosas y personas

Sus compañeras y compañeros de servicio son buenos en lo que hacen, pero ella es excelente, y no se nota que haga esfuerzo en ello. Amo el gesto en las personas que sirven por gusto, por conveniencia emocional, que sonríen pese a una jornada tediosa y llena de altibajos. Amo que alguien me reciba con una sonrisa, aunque no sepa quién diablos soy, ni a qué vengo, ni adónde voy. Ella, la señorita de ojos color musgo, se atreve a ir en contra de la lógica de un mundo donde el desdén y la geta fruncida son el pan y la sal del día.

Después de percatarme de su rebelión ante la hostilidad (hay que ser muy insumiso para reír espontáneamente, hay que ser muy desafiante para darle buena cara al mundo, hay que ser bastante astuto para no responder a la indiferencia y sordidez con un rifle, con una pancarta de odio y resentimiento, con un berrido que invite a la pira en la plaza pública; ella, no sé hasta qué punto sea consciente de esto, pone por peto a su cuerpo una losa de ternura), creo que me fui enamorando de ella.

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Ya no me sentí a mis anchas en el Café, ahora me percataba de una emoción que crecía en mí, que cada vez tomaba mayor volumen, como los globos que inflan sin detenerse los payasos siniestros en un numerito nada gracioso y sí muy escabroso.

Me autoengañé pensando que era pasajero, además ella no me coqueteaba. Trata con el mismo encanto a los viejos y cenizos clientes, a esos bribones con demasiados años de fanfarronería y pésimo gusto al combinar unas calcetas amarillas con una camisa que ya va por las seiscientas lavadas; le sonríe por igual a la gorda que se atraganta de pastel y café frapeado y al niño odioso que toca y destruye todo con sus digestivas manitas.

No tenía por qué sentir que el trato era especial conmigo. Después de todo soy un cliente más, algo hosco y desabrido, ajeno a socializar con los vecinos de mesa, mecánico y predecible a la hora de aplastarme y fumar como desquiciado.

Un cliente sin chiste ni anzuelo para llamar la atención de un chismoso o un manido platicador. Soy el tipo de cliente quisquilloso que sólo está alerta de su propia bobería, me ando con cuidado para no mancharme la corbata o la camisa y, me apena, pero es verdad, busco no tener las piernas demasiado tiempo cruzadas para evitar arrugas en el pantalón, no desprecio ni ninguneo a los López o González de oficina, de entidad bancaria, pero su rusticidad para llevar traje es mi vara para no seguirlos. Pero dejo de tontear con mis cosmetologías de pobretón adomingado.

Ella, la mesera con aura de ciervo inofensivo, no me da trato especial, no pone pie a que yo me haga de historias rosas en mi sesera, ni promueve enamoramientos burdos. Sólo soy yo y mi imaginación

Mis impulsos de galán siempre se ven frustrados por una patológica timidez ante este tipo de casos. Muchos conocidos me tienen por un cabrón bien hecho en tal o cual área, sobre todo en las que se ocupa ser nerd y plomizo, y no me creen que yo sea un tipo tímido para eso del ligue.

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¿Inseguridad, falta de autoestima, miedos, cobardías, traumas? Todo y eso más cabe en mi timidez a la hora de negarme, de prohibirme decirle a alguien un cumplido.

No la quiero molestar, ni perturbar con mis impulsos, es la ecuación cerebral que desarrollo cuando se trata de reprimir mis gustos. Y qué suelo hacer. Nada. Me largo. Huyo. Y después de un tiempo el disturbio emocional se adelgaza, seca y pudre como el cadáver en un ataúd. Que cuántas veces se ha repetido este mecanismo de evasión a lo largo de mi vida, muchas.

Con la señorita del Café se expande la lista de fracasos. Por ahora, me sigo sintiendo un parapléjico ante la belleza que me atrae.