Tinta, ahí me comencé a esconder.

No gozaba de una habitación propia en casa de mis padres. No tenía la posibilidad de aislarme en mi cuarto, en mi recamara porque no existía eso en la pequeña casa donde crecí.

Siempre había ruido; a mi madre le gustaba tener la radio encendida todo el santo día para no escuchar el silencio de una casa con niños, es decir, la inminencia de una catástrofe, de una avería espontanea, y más de las veces, una contusión en el brazo seguida de un chillido porcino. Ahora lo comprehendo. Además, mi madre era una obsesa de la limpieza; las dos lavadoras que tenía no paraban de trabajar todo el día, aunado a esto, lavaba en el lavadero una y otra vez hasta dejar impolutas las prendas de cada elemento de la familia.

Así que nunca hubo ese silencio propicio para hundirse en los libros, en la tinta. Escribo y aún me percute el ladrido del perro que, en aquel entonces, era la única mascota de la casa. El Chipote, así se llamaba ese canino, leal y feroz a partes iguales. Gordo, pese a ser un pinscher miniatura, no dejaba de ladrar ante cualquier estímulo.

Yo leía, echado en un viejo sofá, y al cabo de unos minutos él ladraba con fuerza, incluso muchas veces pasaba sobre mí, ya me pisaba la panza, los cojones, la uña enterrada. Maldito perro, cómo lo echo de menos. Ruido era lo que abundaba en aquella casita

También las telenovelas proyectadas en el televisor contribuían al infierno sonoro. Los constantes pelotazos a la puerta de lamina eran el pan de cada día. El Bosco, en su tríptico El jardín de las delicias, pintó a un personaje, castigado en el infierno, una partitura en el culo. He tenido la oportunidad de escuchar la interpretación de dicha partitura [Introitus del Codex Gluteo. (Atrium Musicae, Gregorio Paniagua, director. HISPA VOX, 1978)], y la verdad es que de infernal tiene poco comparada con la matraca de ruidos en aquella casita en que vivíamos.  En esa época de mi vida lo único que quería era huir de ese lugar para poder leer a mis anchas. Y hui. A dónde.

*

Estudiante de filosofía, engreído e idiota, acomplejado y sin empleo, además, con una permanente tara en la cabeza: hay que leer para saber dónde demonios quedó la realidad que pisaba minutos antes, horas antes, días antes, meses antes, quizá años antes. Volví al Café, ya no como empleado, sino como cliente.

Me bastaba un paquete de cigarrillos Alitas, los más económicos, un café americano y todos los libros que cupieran en mi harapo llamado mochila para olvidarme, para huir de las más socorridas metas de la vida como la profesión, la familia, el amor, la amistad o la felicidad. El Café fue una especie de monasterio para mí. Nadie ahí me molestaba. El mesero era un joven varejón con mirada y dentadura vampiresas, su gusto por holgazanear ante los clientes que no dejábamos propina me venía de maravilla. Llevaba la taza de café, un vaso con agua y el cenicero a mi mesa, y se largaba como si yo fuera un costal de ajos. Olvidaba que existía ese muchacho hasta que, después de dos horas, volvía a mi mesa para recargar mi taza de café; por aquel entonces aún se tenía la decencia de no cobrar el refill.

Creo que pasaba de cinco a seis horas diarias en ese Café. Llegaba y buscaba la misma mesa y silla que elegí el primer día que entré a ese monasterio, también, claro está, me sentaba de tal manera que la orientación de mi vista fuera la misma. De no conseguir estos minúsculos detalles no me sentía del todo cómodo. A veces me apoltronaba en una mesa diferente, pero cuando se desocupaba la de mi preferencia la asaltaba como si fuera una rata que huye por el único hoyo de una habitación.

Noté que también en el Café había un mosaico de ruidos, pero me consolaba saber que yo había elegido estar ahí sin que nadie me persuadiera. Me sentía a gusto en ese lugar. No me irritaba el ruido del refrigerador industrial que estaba a mi costado derecho, ni el escándalo que hacía el molino de café (que jamás paraba de triturar granos y alguna que otra uña), no me cabreaban el silbido del vapor y los golpes pesados de las cucharas de la maquina cafetera, toleraba las voces y gritos de meseros, incluso, y esto es mi mayor logro, no me ardía la cabeza al escuchar una y otra vez la voz de Laura Pausini en la rocola. Algún enfermo mental iba a diario y cometía ese crimen repetidas veces.

Una vez que me metía en la tinta, ya nada me perturbaba, salvo un rostro de femme fatale, unas nalgas prominentes, o el inevitable pingo en pleno berrinche que estrellaba su cuerpecillo cerca de mi mesa

Confieso haber celebrado, en silencio y sin ninguna mueca que delatara el placer que sentía, los regaños y pellizcos propinados a esos niños malcriados. Pero estos distractores que menciono me parecían menores, pasajeros, quizá me quitaran uno o dos minutos los ojos de los libros, luego, carraspeando como ogro desnutrido, volvía a la lectura. Rara vez me cansaba de leer.

Al llegar a casa, pasadas de las 10 de la noche, esperaba a que fueran cayendo a la cama mis hermanos. A las cero horas sólo quedaban de píe mi madre y yo. Ella planchaba con esmero y paciencia estoica camisas, blusas y pantalones de mi padre y hermanas. No hacía ruido, sólo se escuchaba el espray roseando las prendas, la ebullición de las gotículas de agua al hacer contacto con la plancha y el crujido de madera del burro de planchar. Mientras tanto, yo comenzaba otra tanda de lecturas que se prolongaba hasta las 4 o 5 de la madrugada. Despertar a las 8 am era un suplicio, pero lo conseguía, y a los cuarenta minutos ya iba de camino a la escuela de filosofía, listo para joder a los profesores y a mis compañeros con la petulancia y el resentimiento que sólo conocemos los desadaptados por causas biológicas y no por poses que enganchan a imbéciles. Que cómo los jodía. Con silencios prolongados y luego con preguntas percutidas como balas de una escopeta. O citando pasajes y autores que ellos rara vez habían leído. O vociferando anatemas de toda índole. Me hacía odiar, eso es seguro.  

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Releo lo anterior y caigo en cuenta que me escondía en la tinta, que sigo me escondiendo en la tinta. Tras esa rutina de intelectual silvestre se escondía un tipo tímido, inseguro, reservado, que a fuerza de hacerse odiar evitaba el trato con los demás. Diré a mi favor que era inconsciente de todo ese armatoste psicológico para evitar el contacto y trato humano. Recuerdo que cuando no leía, una voz dentro de mí me recordaba que yo no valía más que un piojo; que toda relación con los otros terminaba en catástrofe emocional o en traición premeditada, en burla sórdida o en malentendido con un sesgo marcadamente violento. Sin tanto rodeo y ornato: miedo al prójimo.

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Cada que me preguntan, que cómo es que comencé a escribir, suelo cambiar la versión y cronología de ese hecho, fundacional u originario para casi todos lo plumíferos. Para mí no tiene relevancia biográfica ese dato, todo lo memorable que implica ese suceso decae en cursilería y baratija de aula universitaria. Robo al olvido pedazos de mi vida y los reconstruyo en mi renca y tosca imaginación, creo que ajena a toda volición metódica. Dejo que la tinta, que tanto me ha escondido, me encuere a sus anchas y caprichos.

Así que, por aquel entonces, cuando era un adicto a los libros, a la tinta, comencé a escribir versos de enjundiosa lascivia, de bruscos enamoramientos e idilios totalmente patológicos. Ripio tras ripio iba asomándose un enclenque sin valor para entablar una charla con esta o aquella chica, o señora (hubo un tiempo en que me atraían las mujeres mayores).

La tinta me iba desocultando; en ella me encontraba, y renegaba de ser tan palurdo y hosco. Ahora veo, tras veinte años, a ese joven que fui, a ese desadaptado encabalgando versos para escribir un poema de amor que jamás llegaría a la musa que lo poseyó

Es cierto, yo era idiota y engreído. Pero eso no era óbice para que en lo retorcido de mis lucubraciones anidara la ternura y el romanticismo.

Quién soy en verdad, me preguntaba, con reticencia, por aquel entonces ¿El que cumple obsesivamente con su rutina o el que sueña con retirar corpiños? ¿Qué es más intenso, el coraje y ansiedad por no sentarse en la misma silla de la misma mesa del mismo Café, o los suspiros nocturnos y las confesiones a las ramas de un árbol que con serenidad vegetal escuchaba los varapalos de mis amoríos? En una hipotética noche: ¿por cuál blanco me inclinaría, por el de unas apretadas pantaletas, o por el de las hojas de un cuaderno? Aplastaba esas dudas con otras dudas más plomizas: ¿Cómo es que Kant no cuestionó la metafísica legada por C. Wolff, el cual, sin inculparle dolo alguno, tergiversó la tradición escolástica? ¿Cómo es que Frege no terminó golpeando a Russel por su bromita, la cual derribó todo un imperio logicista? ¿Quién escribirá la pasión que Leibniz tenía por los burros? ¿Por qué los filósofos franceses son tan proclives a las patrañas de los filósofos alemanes?

El sonrojo me impide seguir con esta infame lista de preguntas. Pero lo cierto es que me las hacía para tapar y amilanar las que tuvieran que ver con mis gustos y sentimientos, con mis pasiones y emociones. Cuando me gustaba una chica y el enamoramiento me iba consumiendo, me dedicaba a leer a Derrida para desterrar las ilusiones que germinaban en mí como si fueran plantas silvestres. Y funcionaba relativamente el remedio; ahora sé que sólo me reprimía con ayuda de ese Cantinflas argelino que impartía catedra y humo principalmente en la École Normale Supérieure y la École des Hautes Études en Sciences Sociales. De alguna manera conseguía, a través de todos esos líos mentales, olvidar lo que sentía; intercambiar una sensación de impotencia, de miedo, por una indiferencia estoica.

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Es cierto lo que dicen todos esos entusiastas que promueven la lectura. Leer te conduce a otros mundos, a otras realidades. Leer es huir del propio infierno mental, de la cantaleta de obsesiones grandilocuentes o pesimistas respecto a sí mismo. La tinta impresa en los libros es un escondrijo muy efectivo.

Por supuesto que todas estas aseveraciones las hago a tono personal. Cuando llegué a ponerlas en la mesa de discusión con conocidos o colegas, ellos saltaban como fanáticos defendiendo su becerro de oro llamado lectura. Y comprehendo el gesto y la reacción porque hice lo propio. Da más prestigio pasar por culto y erudito que por ido y fugado cuando se habla del tiempo que dedicamos a leer libros.

Escribir, para mí, funcionaba, y aún lo hace, como un encuentro, un choque con mi propia intimidad. Escribir esos versos de Romeo en brama develaban una parte de mí que no me agradaba, prefería pasar por un sujeto racional y no por un apasionado y sentimental poeta

Todo poema rabioso y teñido de amargura también permitía canalizar una ira que se agolpaba en mi interior. Sin caer en cuenta practicaba una especie de escritura terapéutica, que hoy prefiero y de la cual estoy un poco más enterado.

Cuando leo o escucho opiniones respecto a la timidez de los que escriben, por más cursi que sea el tono en que se profieren estas afirmaciones, las suscribo. Sentir ansias por leer es síntoma de que evado algo. Ergo, suelo estar ido de mí mismo. Alguien me comentó que quizá este mecanismo de defensa se deba a que no quiero, o me niego, a enfrentar un trauma de la infancia. Le doy en parte la razón a esa persona, pero me inclino a pensar que esto que yo llamo mi personalidad es, en vivo y todas luces, la enfermedad en sí. 

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Las novias y parejas que he tenido en mi vida han sido producto del miedo. Ver en cada una de ellas el último tren me hizo creer que ahí estaba mi destino. Cuando se fueron y me fui, mi corazón resquebrajado no extrañaba sus mimos y cariños, sino la rutina que eso implicaba. El último adiós que me dieron significó un desacomodo en mi rutina de lector. Eso me enfureció. Y a nadie le importó, salvo a mí, que un tonto rompiera con su cadena de sufrimiento programado.

He aprendido a actuar como el bobo que llora y extraña a la amada, pero tras ese dispositivo conductual se esconde un animal demasiado domesticado en la rutina. Cierto, he sufrido en verdad las despedidas, las rupturas, pero sufro más pensando en cómo iniciar una nueva relación.

Otra vez la timidez, otra vez la idiocia que segrega mutismo, que me aplasta. La opción es quedarse solo, pero sé ahora que tiendo a los enamoramientos furtivos y que me dejo llevar por ellos, claro, sin echar acción alguna. Qué soy iluso, por supuesto

No en todos los casos, pero en su mayoría, son las mujeres las que me han buscado, las que han accionado para que yo de muestras de vida, de atracción. Entre una mujer y yo, ella es quien besa primero, y no es una fanfarronada, todo lo contrario. Ven que no iré tras ellas, caen en cuenta que ocupo un aventón, una muleta. Luego esto se torna ordinario; besos, confesiones, abrazos, sexo, alegrías… y la llamada a mi rutina, leer, es decir, esconderme de la realidad, o de lo que pasa por real. Ellas se cansan, quién no, y se van. Por qué eres tan cabeza dura, tan cerrado, tan tímido, me han preguntado con insistencia.

Al inicio de la relación eso funcionó como gancho, puedo decir que era parte de mi atractivo, luego se convirtió en el mayor problema. Dime qué piensas, me preguntan, respondo que nada. Y viene la queja: ya ves cómo eres, no te abres. Y no mienten, no me abro. Hay demasiado ruido en mi sesera. Exponer todo ese griterío interno sería desastroso, tendría por culmen una forzada estancia en el psiquiátrico. Prefiero callar, ordenar a mis labios que se atiesen.

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Paso por ranchero en mi familia, es decir, por persona tímida, reservada, seria. Igual opinión tienen otras personas cercanas, amigos, conocidos. En el Café me ven como bicho raro, como un cliente tímido y seco. Opto por llamar a esa timidez, que notan en mí, un escondite.

Al paso de estas líneas, sospecho que no huía del ruido de la casa de mis padres, sino del originado en mis adentros y, supongo, que leer es también esconderme de las voces que corean extravagancias en mí interior. Sale un chorrito de esta locura cuando escribo, cuando consigo empatizar con alguien, aunque esto último suele ser atípico.

Toda la tinta que he empleado para escribir estas palabras qué tanto me ha ocultado, qué tanto me ha encuerado.          

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