Trabajé dos años en el ya desaparecido Café Gourmet, su dueña, la señora Laura, me contrató con un poco de recelo porque aún no tenía 18 años. Luego de un par de meses, ella me confesó que sólo había accedido a que yo trabajara en su espacio porque tenía cara de nerd, hablaba como un nerd y porque yo era, de hecho, un nerd, es decir, un joven idiota y engreído que se la pasaba leyendo libros que jamás entendía.

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La constante práctica me hizo un buen barista; hoy, debido a ese precedente, refunfuño cuando me sirven un café quemado o frio, cuando el mesero tiene cara de culo, aunque la verdad prefiero a estos malencarados que a los buitres que merodean mi mesa preguntando a cada rato qué si me falta o sobra algo. Me da por pensar que me corren con su labia de melodrama en tinta sepia. Por cierto, la clientela de ese lugar siempre mencionó que yo era bastante tímido, seco y lapidario para tratarlos, así que evitaban mis compañeros que hiciera de mesero para no mermar las propinas. Y yo estaba de acuerdo con eso.

Tratar con una maquina cafetera era más estimulante que entablar una charla aburrida y de mal gusto con la señorita tal, aquella que se engañaba creyendo tener un excelso gusto pictórico por embobarse con una fea replica de Van Gogh o una lacerante, a la vista de cualquier miope, apropiación de la choteada Kahlo.

Me caía bien un viejo que sólo llegaba y pedía café americano, acto seguido se sumergía en la música que traía en su discman; hoy ésas chácharas son objetos de museos pop

El rostro de este viejo delataba una especie de repugnancia a toda voz humana, incluso a la suya, sólo decía: americano y nunca agradecía el servicio. Nunca vi, entre las cajitas de CD que llevaba, una sinfonía coral, ni nada que tuviera una relación vocal con la música. Agradezco que por medio de ese viejo yo conociera a Dvořák y Xenakis.

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De aquellos años como empleado de café recuerdo haberme enamorado de una clienta que sólo nos visitaba los domingos después de las 7 de la tarde. Iba con su hermana, que a golpe de vista era menor que mi amor platónico. La hermanita era una tarabilla, no paraba de manotear mientras abría el pico a diestra y siniestra. Mi no-novia sólo la veía mientras fumaba un cigarro Benson mentolado. Era una mujer muy guapa, pero no me atraía tanto eso de ella, sino su porte, su impoluto estoicismo frente a la cotorra consanguínea. Nunca me atreví a hablarle más allá de lo que indicaba el protocolo de atención al cliente. Seguro he de tener más de algún ripio escrito para ella. Cuando la vi con un joven sentí que mi corazón se hizo una torta de chorizo descompuesto, sufrí, como todo poetilla, en silencio y acompañado de libros de poemas. Nunca supe si el joven era el galán o novio de mi Beatriz. Supongo que mi estado emocional de aquel entonces me permitió leer con fervor a Kierkegaard, aún recuerdo que me repetía mentalmente las primeras palabras de Diapsálmata: ¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón…  

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Debo a ese lugar mi gusto por el café sin azúcar. Ya antes repelía la leche, pero al trabajar en el Café Gourmet terminé por proscribirla de mi vida. Hay que tener paladar de res para tolerar ese inmundo líquido. Recuerdo que José Fuentes Mares, en su libro Nueva guía de descarriados, afirmaba que la ingesta del lácteo tenía una profunda conexión con la maldad humana. 

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Y por qué no te le aventaste, por qué no le tiraste el perro… me preguntaba una amiga, quizá la única, de la preparatoria. Le respondía que no era mi propósito molestarla, sacarla de su ocio, incomodarla con galanterías tuertas. Mi amiga me veía con ternura, con esa mirada que deletrea a muy baja velocidad y tono: p-o-b-r-e  p-e-n-d-e-j-o. Luego de un silencio espeso yo le decía a mi amiga: además, se me hace que ya tiene novio. Acto seguido, me disculpaba e iba a buscar algo que leer.

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Con esa Beatriz pasó lo que pasó con Teresa, con Verónica, con Maricela, con María de Jesús, con Ana, y con quien sabe cuántas más mujeres. Todas ellas fueron en algún momento de mi niñez-adolescencia mis amores platónicos.

A ninguna mujer le dirigí palabra alguna, salvo saludos de cortesía revestidos de una pena que aún hoy me apena. Ni siquiera estando borracho me animaba a intentar ligármelas

Es cierto que el alcohol me aflojó mucho el hocico, pero no para estos menesteres. El borracho que fui era temerario y parlanchín, enjundioso y alegre. Hoy ya está sepultado en un pasado, por fortuna, cada vez más remoto.

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Creo que en aquel entonces compensaba mi timidez con arrebatos de pedantería y hosquedad. No me hice de la fama de amargado de la noche a la mañana. Me fui metiendo libros a la cabeza de manera obsesiva. Leer disipaba todo impulso amatorio y en algún sentido, hacía más tolerable los descalabros emocionales. Porque a todas esas mujeres, a las que amé en mi fuero interno, las vi con novio o compañero cuando aún eran personajes de mis ilusiones.

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No sé por qué, en aquel entonces, tenía la certeza que yo debía de ser una persona culta antes de acercarme a una mujer con intenciones románticas. Bueno, me decía, al parecer los novios platican mucho, ergo, hay que tener temas de los cuales echar mano para que esas charlas sean amenas. Nunca me creí lo suficientemente preparado para emprender dichas platicas. Hoy me parte de risa escribir esto, hace años significaba un problema tan rebuscado como sólo los medievales saben plantearlo.

Como en la preparatoria me enamoré silenciosamente de varías chicas, sucedió que un día vi juntas a cuatro de ellas en la fila de la tiendita. Casi me cago de miedo al toparme con ellas y recibir sus respectivos saludos. No les respondí. Me pasó lo que a Samuel Johnson ante el notable público que asistió a una de las cenas en su honor. Así lo describe el autor de los memorables Dictionary of the English Language y The lives of the most eminent English Poets: “me sentí maldecido por una repentina imbecilidad; me sofocaba un poder desconocido, al cual me era imposible resistir”.

Además, me atrevo a pensar que, de haber conseguido entablar una charla con todas ellas juntas, me hubiera pasado algo semejante a lo que Johnson experimentó esa noche: Una vez sentado pensé que a las damas siempre se les dice algo bonito, y decidí recobrar mi crédito mediante alguna elegante observación o gracioso cumplido. Me puse a recordar todo lo que había leído u oído en alabanza de la belleza, y traté de acomodar a la ocasión algún cumplido clásico. Me hundí en profunda meditación, revolví el carácter de las heroínas de antaño, reflexioné en todo lo que los poetas habían cantado en su alabanza, y después de haber tomado prestados e inventado, elegido y rechazado mil conceptos, que, de haberlos dicho, no se hubieran entendido, desperté de mi sueño de docta galantería por el sirviente que distribuía el té”.

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La señora Laura, la dueña del Café Gourmet, tuvo la amabilidad de echarme del trabajo una vez comencé a estudiar la licenciatura en Filosofía. Alegó que ese trabajo no iba bien con mis propósitos de vida intelectual. Aunque me molesté terminé agradecido por ese gesto. Cuando me despedí acoté que yo no tenía propósitos intelectuales, ni vitales, ni nada de eso. Ella levantó su seductora ceja izquierda y me dijo: Ciao.

Estoy seguro que ella me corrió por algo más concreto y vulgar: ya no rendía lo suficiente, ya no desquitaba la paga. En lugar de estar pendiente de mi puesto como barista prefería estar leyendo, además de que cada vez mi timidez se recrudecía.   

(continuará…)

  • Ilustración: Edward Hopper