De la poesía mexicana atesoro tres poemas. Cada uno es una versión distinta de la muerte.
I. Nocturno de la alcoba
El Nocturno de la alcoba, de Xavier Villaurrutia, es un poema en el que la muerte toma el lugar del amor o, más bien, es la verdadera motivación de las escarceos amorosos a que se entregan —y se aferran— los amantes.
La alcoba, y toda su intimidad, está impregnada de muerte.
En este notable poema, la muerte trastoca el amor o, lo que es más: le da sentido.
Esto es: el amor tiene sentido sólo en función de la muerte, sólo porque la ilusión amorosa nos sustrae del poder de la propia muerte que gravita sobre nuestra existencia.
Pero la muerte es omnipresente, y aun cuando creemos huir de su presencia, ella nos acompaña en cada paso que damos, en cada caricia y en cada beso.
Cito aquí su magnífico final:
Y sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a cara a los ojos,
y a vernos y a estrecharnos, más que solos y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.
II. Poema desde mi muerte
La muerte presente en el amor, es en el Poema desde mi muerte, de Elías Nandino, una muerte cotidiana, la muerte de todos los días y en particular de aquéllos en que nos mata en vida.
Séneca escribió en una de sus cartas a Lucilio que nos equivocamos cuando vemos a la muerte como algo futuro, pues todo lo que de nuestra vida quedó atrás pertenece a la muerte.
Elías Nandino trae esta conciencia del pasado al día presente:
A veces despertamos con una muerte a cuestas,
maternal, indolora, acariciante,
que nos obliga a caminar despacio
por el miedo a caer
y nos sume en la niebla
de un tenaz y voraz presentimiento.
Elías Nandino, Poema desde mi muerte
Ciertamente, la muerte palpita en cada uno de nuestros días, no sólo como amenaza, sino como un proceso que nos está sucediendo y que culminará un día definitivamente
Pero es un proceso del que no nos percatamos, o del que no queremos darnos cuenta:
Sentimos nuestro cuerpo, nos movemos,
respiramos tranquilos;
pero de pronto, el fardo que en la espalda
con presencia invisible nos oprime,
hace que el pensamiento
adivine el peligro,
y entonces, con cuidado
medimos nuestros pasos,
y hacemos penetrante la mirada
como queriendo descubrir la forma
de un enemigo próximo que anhela devorarnos.
En esta vida, pues, estamos transidos de muerte. Asumimos que nadie se escapa al fin a su designio.
Pero la verdad va más allá: nadie se escapa ni un solo día a la opresión de la muerte escribe Nandino:
Ni la mañana en desnudez de aroma,
ni los golpes de luz en nuestros ojos,
ni las palabras que pronuncia el viento,
logran hacer que nuestro cuerpo sienta
seguridad y fuerza
para vivir la vida que posee;
La muerte cotidiana que describe Nandino en su poema es una muerte que se parece bastante a la vida común de todos los días, una muerte que ocurre sin estrépito y que, por lo mismo, puede confundirnos:
Ni la mano que ardiente nos saluda,
ni la voz que nos llama
con nuestro justo nombre y apellido,
ni la pregunta disparada al paso
por un ser desolado,
nos logran convencer
de que estamos aún en este mundo;
y la duda se vuelve certidumbre
de que ya, desde el área de la muerte,
estamos contemplando lo que existe.
III. Muerte sin fin
La última versión de la muerte es la versión total: la muerte que impregna el amor y la intimidad de la pareja, la muerte que nos asalta un día cualquiera y nos obliga a morir en vida, se transforma en este tercer poema en lo único real.
Ni Dios, ni la vida, ni el hombre, son reales frente a la realidad inconmensurable de la muerte. Me refiero a Muerte sin fin de José Gorostiza.
En este poema la muerte arrasa con todo:
Mas nada ocurre, no, sólo este sueño
desorbitado
que se mira a sí mismo en plena marcha;
presume, pues, su término inminente
y adereza en el acto
el plan de su fatiga,
su justa vacación,
su domingo de gracia allá en el campo,
al fresco albor de las camisas flojas.
¡Qué trebolar mullido, qué parasol de niebla,
se regala en el ánimo
para gustar la miel de sus vigilias!
Pero el ritmo es su norma, el solo paso,
la sola marcha en círculo, sin ojos;
así, aun de su cansancio, extrae
¡hop!
largas cintas de cintas de sorpresas
que en un constante perecer enérgico,
en un morir absorto,
arrasan sin cesar su bella fábrica
hasta que —hijo de su misma muerte,
gestado en la aridez de sus escombros—
siente que su fatiga se fatiga,
se erige a descansar de su descanso
y sueña que su sueño se repite,
irresponsable, eterno,
muerte sin fin de una obstinada muerte,
sueño de garza anochecido a plomo
que cambia sí de pie, mas no de sueño,
que cambia sí la imagen,
mas no la doncellez de su osadía
Muerte sin fin es un poema, hasta cierto punto, inagotable.
Con su combinación de versos endecasílabos, alejandrinos, heptasílabos y pentasílabos, es la amalgama de métrica, metáfora, alegoría, metafísica, música y ritmo.
Todo tejido en un vasto tramado.
Le veo correspondencias, en su construcción, con los Cuatro cuartetos de T. S. Eliot, pero es sólo una impresión personal. No he leído ningún análisis comparativo de estos dos poemas metafísicos. Pero en ambos, el tratamiento de un tema profundo se funde con las descripciones líricas y las imágenes poéticas.
Con Muerte sin fin cierro mi trilogía poética de la muerte: la muerte que se va tragando territorios sucesivamente más vastos: el amor, la vida, todo.
- Ilustración: Pieter Claesz