Juan Manuel Ramírez Palomares (1957) oscila siempre entre los empozamientos e iluminaciones, es un poeta que manifiesta el dolor de ser bendecido con la palabra viva, y su nuevo libro, ‘Trazos’, lo describe hoy en su lento descenso hacia la nada.

Trazos, es además un libro que tiene doble dimensión por la inclusión de la obra pictórica del músico barroco Cuauhtémoc Trejo, quien acompaña el estallido de palabras de Ramírez Palomares con trazos de tinta y mitologías alteradas.

Soy recuerdos/En medio del olvido/¿Por qué tiene que suceder?/¿Por qué tiene qué ser? Algún día/ -Cuenta los minutos-/ Sonreiré/Desvanecido/Desavenido”, escribe el Bardo que tiene aura de constelación.

Editado finamente por la Editorial La Rana, que dirige Mauricio Vázquez, el libro -que abre la nueva imagen de la prestigiosa colección Autores de Guanajuato- es una invitación e invocación del canto nocturno, un puente de flores hacia el reino de Perséfone.

Repletas sus alforjas de aire denso en el que circulan partículas nutricias, de agua fresca en un pozo, incluso alguna de ellas de un sonoro vacío, Ramírez Palomares vuelve a consumar en ‘Trazos’ la esencial tarea dada al poeta: vivir, dudar, amar, morir y, al fin, (quiero decir ‘después’, porque el fin no es morir), renacer, como el verano renace tras quedar ‘clavado en la cruz de madera para una vieja pasión’, como la luna pascualmente renace cada mes sobre la noche de cobalto y, claro, como crece de nuevo la propia flor -memoria- del camposanto”, escribe en el prólogo el ensayista y académico Carlos Ulises Mata, uno de los intelectuales más notables de Guanajuato y especialista en la obra de Ramírez Palomares.

En Trazos se engazan con belleza a las palabras-constelación de Juan Manuel Ramírez Palomares las alegorías visuales de erotismo poliformo que aportan los dibujos de Cuauhtémoc Trejo

Desde su primer libro La pesadumbre, el olor de la fruta (1998) Ramírez Palomares se ha constituido como un poeta faro, un guía de la otredad, gaviero metafísico en la navegación de la noche y sus misterios, de ello dan fe una veintena de libros tocados por la belleza.

La participación pictórica de Cuauhtémoc Trejo, el dios Pan que hoy toca la flauta de cristal, en Trazos es una especie de alegoría sobre la vibración del alma en la que el músico, con arte y maestría, nos entrega una pavana del eros y thanatos.

A veces/me quiebro sombrío/me aflige estar vivo/Simulo/Renazco aterido/Cansino y opaco camino en el filo/Quebranto en las alas/me muero suspiro/hundido en la noche/pájaro perdido”, escribe el Bardo en este libro de quebrantos y renacimiento.

Pese a ser un hombre-tormenta y de tormentos, a Ramírez Palomares no se le puede escamotear que hoy es uno de los más grandes poetas mexicanos vivos, que llega pleno de madurez a entregar una obra que pese a evocar el dejar de ser, también nos ofrece perlas órficas.

Y como lo hacen los poetas trascendentales, regresa de los abismos ardiendo para arrojar puñados de estrellas en la tierra.