Lidia fingió casi no hablar español. Así podía justificar ꟷbajo el pretexto de la incomprensiónꟷ cada error y ahorrarse explicaciones.
La señora Langrave pareció, al principio, creerlo todo: que Lidia, una indígena de Aljojuca (Puebla), pisaba por vez primera vez en su vida la capital; que estaba aterrada, que quería trabajar y que era medio tonta. Y cubrió a Lidia de una tóxica maternidad, en donde la ternura nunca era más intensa que el desprecio.
Cierta noche, la señora Langrave bajó al cuarto de Lidia. La encontró sentada sobre la cama. Se acomodó a su lado, tomó sus manos e intentó asesorarla sobre hombres, sexo, deseo, engaño, condones y embarazo. Y entonces Lidia se retrajo a sus más íntimas oscuridades y desde ahí, protegida por el rencor y el silencio, miró a su interlocutora con una impenetrable hostilidad sarcástica.
Esa mirada, en donde leyó burla y descaro, descontroló a la señora Langrave. Agitó sus nervios con sensaciones violentas. Soltó las manos de Lidia. “Bueno, al final de cuentas, ¿a mí qué me importa?”, dijo con una risotada de angustia, “ni que fueras mi hija… eres mi sirvienta”.
Como la sirvienta, Lidia tenía que limpiar cada rincón de una casa de 215 metros cuadrados al lado del Lienzo Charro, sobre Camino a Santa Teresa, en la colonia Parques del Pedregal; hacer las cinco camas; regar el jardín con dos limoneros y las 21 plantas interiores; pasear dos veces al día durante 20 minutos a un beagle de nombre ‘Luciérnaga‘; ir con el chofer al Walmart y hacer el súper; preparar la comida y limpiar los platos; lavar la ropa; prepararle cada mañana un lunch adicional al hijo de siete años; cambiar las cobijas cada cinco días; barrer, aspirar, limpiar ventanas, tomar recados telefónicos, sacar la basura y pulir pisos. De lunes a viernes de 5:45 de la mañana a 10 de la noche. Los sábados de 7 a 4. Domingos libres. 3 mil 200 pesos quincenales. Lidia ocupaba el cuarto del sótano. Un amplio cuarto sin ventanas con la puerta rota. A las cuatro en punto cada sábado Lidia dejaba la casa y no volvía hasta el domingo a la medianoche o el lunes de madrugada.
“Bueno, al final de cuentas, ¿a mí qué me importa? Ni que fueras mi hija… eres mi sirvienta”
Desde que se sintió agredida por la mirada de Lidia, la señora Langrave comenzó a obsesionarse con la libertad de su sirvienta, con la vida secreta que su sirvienta tenía en la ciudad, lejos de ella, de su control, y decidió indagar. Al principio, lo hizo con complaciente dulzura: “cuéntame sobre tu vida en la Ciudad de México, ¿cómo pasas los domingos?, ¿quieres que te presente a alguien?”. Y después, tras sentir el desafío silente en la mirada de esa muchacha de gélidos ojos negros, con ira: “¡Desde que llegaste solo me has mentido!, has sido descarada y malagradecida”.
Y una y otra vez, bajo cualquier circunstancia, ante cualquier discurso, obtenía la misma mirada brutal y quieta de su sirvienta. Entonces la señora Langrave rompía el contacto visual y le espetaba las mismas palabras: “Bueno, al final de cuentas, ¿a mí qué me importa? Ni que fueras mi hija… eres mi sirvienta”. Y se iba azotando la puerta rota que nunca cerraba.

Los sábados por la noche o domingos por la tarde, en cuanto se encontraba sola en la casa, la señora Langrave, a pesar de sí misma, corroída por la vergüenza y la culpa, bajaba al cuarto de Lidia y esculcaba sus cosas. Cada cajón del armario. Entre la ropa interior y en las bolsas de las chamarras; bajo el colchón, detrás del espejo y al fondo de la funda que cubría las almohadas. Buscaba algo desconocido por causas indeterminadas.
Y, sin embargo, a pesar del absurdo, su convicción era frenética; la impelía una salvaje fuerza visceral, de incontenible voracidad. No se lo dijo a nadie. Se lo ocultó a su esposo, a su hijo y a sus amigos. Espiar a su sirvienta se convirtió en su secreto, en su pecado, en su pasión inconfesable.
Lidia era una trabajadora eficaz y honrada. Tenía el hogar impecable y nunca había faltado nada ꟷa pesar de que le habían sembrado tentaciones: joyas tiradas en la alfombra y billetes de 500 pesos sueltos en las mesitas de nocheꟷ. A través de la irresistible atracción de los detalles ꟷseparar corbatas y camisas de acuerdo a sus tonalidades o meter chocolates entre el sándwich y la manzanaꟷ, Lidia se había ganado la estima del esposo y el hijo.
Así que cuando durante una comida la señora Langrave mencionó con un desinterés exagerado algo sobre cambiar de sirvienta porque Lidia le daba mala espina, la negativa del esposo fue tan insólitamente rotunda ꟷen cuestiones de la casa, el valemadrismo del señor solía ser absolutoꟷ que la señora Langrave sintió la necesidad de lastimar a Lidia, de humillarla, desnudarla… de eliminarla.
Espiar a su sirvienta se convirtió en su secreto, en su pecado, en su pasión inconfesable
La mirada de su sirvienta cada vez le parecía más insoportable, más cínica, más peligrosa, más malvada… Hasta que, por fin, un domingo al mediodía, encontró lo que estaba buscando. Su esposo e hijo habían ido a ver el partido de los Pumas y la señora Langrave desayunó con vino y antes de acostarse en la cama para pasar la tarde viendo Downtown Abby, bajó con su bata de seda y pantuflas de felpa ꟷmovimientos furtivos y rápidosꟷ al cuarto de Lidia y ahí, bajo una libreta en el cajón del escritorio, encontró tres fotos en donde Lidia aparecía con los tres vestidos más caros de la señora Langrave.
Uno rojo-sangre corto y escotado adentro de una discoteca. Uno largo y ligero verde-alga bajo un árbol en la Alameda. Uno de noche azul-baya en una fiesta de apariencia solemne, como bautizo, boda o quince años. En las tres fotos Lidia sonreía radiante y miraba a la cámara joven y coqueta, con su peinado de salón, en los brazos del mismo muchacho: moreno y esbelto, de amplios hombros, con el cabello engominado hacia atrás y un bigote a la Pedro Infante. La señora Langrave sacó en tres bolsas de basura las cosas de Lidia y las dejó afuera, recargadas sobre la puerta de entrada.
Cuando vio las fotos, el señor no se opuso a correr inmediatamente a la sirvienta, pero se rio de buena gana y dijo algo como: “pues por lo menos los luce bien, ¿no?”.
Esa noche la señora Langrave durmió sola en la fría cama del cuarto de visitas sin poder recordar cuándo había usado por última vez su corto vestido rojo-sangre… ¿hace cinco, seis años?, ¿en Acapulco para ir a bailar?
- Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
- Ilustración: Bansky
2 comments
Me gustó.
Yo no estoy convencido con lo aqui reflejado, pienso sinceramente que hay muchos factores que no han podido ser considerados en cuenta. Pero valoro mucho vuestra exposiciòn, es un buena web.
Saludos