Edipo acusa a Yocasta. El rey afirma, como si su voz fuera un costal de espinas afiladas cuyo acomodo pretende ser el esternón de la mujer demolido por las angustias, y por el desamor o el desengaño, por el presente.

Los reclamos o las pesquisas, y sospechas, las pugnas y las desavenencias, se han derivado porque el reino está hecho un caos. Edipo y Yocasta son los gobernadores de este lugar.

La peste y los saqueos, los muertos y los robos, la corrupción y las deslealtades, las envidias y ese río revuelto, han caído sobre el territorio al que los dioses han cogido inquina

Edipo aguijona las palabras en la madre de sus hijos que -sabemos los que presenciamos los actos de la tragedia de Sófocles- también es su madre o la mujer que lo engendró años atrás.

Él todavía no lo sabe. Ella no lo quisiera sentir, pero los cabos sueltos apuntan a la tragedia, al estupor. El coro, y nosotros, los boquiabiertos espectadores, nos quedamos, desde hace muchos siglos, con el nudo en la garganta. Nos sorprendemos aún con la trama hilvanada bajo el orden de las revelaciones y los juegos de ese fatum que se muestra forzoso.

La tragedia nos muestra la fragilidad del hombre, aunque también nos iguala en ella y con ella. Probamos en el espejo nítido y conmovedor que es el escenario. Edipo Rey es el didáctico momento del reconocimiento. Una anagnórisis que azora; provoca que uno nunca más quiera volver a ver lo que ha hecho. Es el malicioso destino al que se deseaba sacar la vuelta, que se le presenta a uno, que suele ser ingenuo o soberbio ya no se sabe, para acicatearnos, lo he dicho, un didáctico golpe de realidad.

Y como Edipo, cualquiera de nosotros, buscamos a quien imputar nuestra desgracia y maldición

Nuestro personaje principal, un asesino que ascendió a rey sin imaginar que el cenit era apenas el anuncio absoluto de la caída vertiginosa, dictamina que Yocasta, su mujer, es la culpable.

Tan Edipo como rey, deletrea el lamento que le suscita saber que esa mujer, Yocasta, procreó al que quería como amante. Gesticula asegurando que ella así lo quiso y se deslinda, como muchos de nosotros, de la responsabilidad que le toca.

Se pone muy Edipo, muy hijo, muy niño, y siente que el universo conspira contra él que se asume tan bueno. Algo puede haber de determinismo en afirmar que la realidad es como Edipo la percibe.

El reconocimiento llega porque hay que darse cuenta de lo que ya pasó cuando las consecuencias están como para sacarse los ojos.

Pareciera que una obra de teatro no nos sirve por más que se repita, empero, sí es el escenario, la puesta en escena frente a la mirada dormida o embrollada por lo cotidiano

El drama puesto en el cuadro es la distancia que permite ver. Y nos sucede que, a toro pasado, válgame la frase, nos damos cuenta de que todo este tiempo lo que hacíamos queriendo eludir o la desgracia o el fracaso o la avalancha, sin quererlo ni saberlo, mucho menos intuirlo, era el acto de acercarnos, cada vez, y cada paso, al precipicio del que intentábamos huir.

Y caemos en la cuenta, repito, de eso siempre demasiado tarde. Eso se llama experiencia, pero también tragedia. Uno no aprende en saco ajeno, dicen.

Por eso es que es fácil sentirse valiente, a veces temerario y luego ingenuo: las dos caras de una moneda, la de la ignorancia. Y sólo los otros, no uno, son capaces de ver el hoyo donde, el único que no lo ve, es el que ha tocar el fondo.

Todos somos −hemos sido, seremos− Edipo alguna vez.

  • Ilustración: Angel Ramiro Sanchez
P