En la última tarde de verano, soleada y cálida, fuimos a visitar el Jardín Botánico de Brooklyn.

En el prado encontramos a una peregrina deleitándose en el corazón de oro de unas flores lila, Symphyotrichum novae-angliae (New England Aster, en inglés). Una mariposa monarca (Danaus plexippus), viajera con rumbo a México, se nutría del néctar antes de continuar su larga migración. Las engalanaba con su traje de naranjas, rojos, amarillos y detalles albinegros.

Días después caminamos por el Cementerio Green-Wood. Al inicio de la tarde otoñal, apreciamos las flores Aster laevis (Blue Bird o Smooth Aster, en inglés) en la cima de Battle Hill, el punto geográfico más alto de Brooklyn. Mientras las observábamos, llegó una abeja de cabeza y tórax verdes y abdomen aurinegro. Obrera abnegada, laboraba para su comunidad.

Ahora que ya avanza el otoño, recuerdo esos encuentros como una parábola de mi propio proceso de transición. Ha ido quedando atrás el verano, con sus viajes y poesía. Ha llegado el otoño, con sus deleites brooklynenses y la filosofía. Viajera y obrera, migrante y trabajadora, poeta y filósofa, la mariposa y la abeja me dejaron sus enseñanzas totémicas para saber vivir cada experiencia en su tiempo justo.

Me han hecho pensar en la relación entre poesía y filosofía en mi vida. La contraposición entre ambas que plantea Sócrates en La República (607b5–6) nunca me ha parecido satisfactoria, si se toma de maneral literal y fácil. Ni siquiera me parece la mejor interpretación de la postura de Platón, ya que sus diálogos no son solamente discursos filosóficos sino también obras de arte.

De todos modos, si me remito a las grandes tradiciones del pensamiento universal, la hebrea siempre me ha influenciado de forma más íntima en este asunto. Durante mis años universitarios quise cursar una clase sobre sabiduría y poesía hebreas. «Hebrew Wisdom and Poetry», decía el catálogo de clases de aquella primavera. Pero yo era estudiante de matemáticas y en ese horario tuve que llevar cálculo, o álgebra lineal o abstracta, algo así. Ya no recuerdo. Sé que no cursé lo que realmente me apasionaba. Error vital. Nunca más surgió la oportunidad de hacerlo.

Sin embargo, a menudo regreso a los libros de JobSalmosCantar de los Cantares o Eclesiastés, y los leo como literatura sapiencial, como testimonio de una búsqueda humana

En ese encuentro entre poesía y sabiduría me siento apacentado, para usar una metáfora proveniente de esa tradición. Mi pasaje favorito es el tercer capítulo del Eclesiastés:

«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de lamentarse, y tiempo de bailar; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer».

La belleza poética y fertilidad filosófica de estos versos siempre me sobrecogen. Y me hacen plantearme otro verso posible: ¿Tiempo de hacer poesía y tiempo de filosofar?

Al contrario del contrapunteo en el Eclesiastés, estos dos tiempos no se excluyen mutuamente. Si pienso en Rumi, Rabindranath Tagore, Rainer Maria Rilke, Khalil Gibran, Mary Oliver, Emily Grosholz o Mia Couto, por ejemplo, creo que el verso adecuado debería ser: Tiempo de hacer poesía y filosofar.

Ambas prácticas se enriquecen mutuamente y convergen. A fin de cuentas, para mí es cuestión de énfasis estacional. En primavera y verano, tiendo a leer poesía y ensayar literatura. En otoño e invierno, tiendo a leer y escribir filosofía. Pero ambas, poesía y filosofía, viajera y obrera, mariposa y abeja, son amigas y me acompañan en el tiempo justo.

Ruleta Rusa agradece a nuestra revista hermana Suburbano.net las facilidades para la publicación de este texto.

  • Ilustración: Roberto Ferri