‘Three Billboards outside Ebbing, Missouricomienza con una serie de tomas de los anuncios en el título. Son sólo ocho tomas, todas inmóviles, todas en distintos planos, ángulos y composiciones.

Cada una de las tomas valdría en sí misma como una fotografía aislada y el conjunto podría parecer sólo una elegante introducción para la película, un gancho estético para pescar las pupilas de los espectadores antes de sumergirnos en la historia. Sin embargo, pienso que estas ocho tomas son esenciales para el resto de la película.

Estos tres anuncios al costado de una carretera menor que ya casi nadie utiliza, en las afueras de un pequeño pueblo como tantos en el midwest de Estados Unidos, son anuncios viejos, desgastados, en los que se dejan ver fragmentos de los anuncios comerciales que alguna vez los ocuparon, ahora encimados y diluidos, como un palimpsesto sin significado. Para colmo, la densa neblina de una mañana fría y húmeda envuelve a los anuncios y los sustrae. Están, efectivamente, separados de la realidad. Hasta que Mildred Hayes los encuentra.

Three Billboards, en caso de que no la haya visto aún, es la historia de Mildred Hayes (Frances McDormand) una mujer que renta tres anuncios espectaculares fuera de su pueblo, Ebbing, Missouri, para llamar atención sobre el caso no resuelto de la violación y asesinato de su hija y, más concretamente, para denunciar la indiferencia de la policía, particularmente del jefe de policía, William Willoughby (Woody Harrelson).

Una premisa así prepara a la audiencia para un drama sórdido e inmisericorde, ¿qué otra cosa podría ser semejante tema?

Woody Harrelson sorprende por esta actuación que lo coloca entre los grandes.

En efecto, Three Billboards es un drama, pero también es una comedia negrísima. Muy pronto en la película el espectador comenzará a preguntarse cómo puede estarse riendo tan a sus anchas en una película que lidia con violación y feminicidio, violencia policial y racismo. La respuesta se encuentra, claro, en quién está detrás de la cámara y de la página: Martin McDonagh. Dramaturgo inglés pasado a cineasta, McDonagh ha demostrado que tiene un talento muy especial para encontrar comedia en los lugares más oscuros, y, similarmente, para hallar humanidad en los escenarios más irreverentes. Esto define a McDonagh, su genio para balancearse en el filo peligrosísimo que hay entre la risa y el asco, para construir puentes entre la crueldad y la empatía, y creo que lo logra porque, a pesar de lo que pueda parecer, es un cineasta que sabe muy bien que su materia prima son las personas.

Para mí, el triunfo más grande de la película está justamente en que se rehúsa en todo momento a encasillar a sus personajes. La película es una exploración de la humanidad de sus tres protagonistas, Mildred, Bill y el teniente Dixon (Sam Rockwell). El arco de estos tres personajes, pero sobre todo el de Mildred y más aún el de Dixon, se dibujan como una espiral descendiente más que como un arco: en el trayecto inicial estamos del lado de Mildred sin miramientos y damos por sentado que el jefe de policía es o un inepto o un desgraciado, pero una vez que lo conocemos vemos que no es tan simple. Igualmente, mientras más conocemos a Mildred, más nos damos cuenta de que no es perfecta, ni del todo sensata y es capaz de una gran crueldad.

En cuanto a Dixon, hasta la mitad de la película, él es el personaje más despreciable y representa todo lo peor de nuestra sociedad: es racista, violento, machista… Por eso mismo el desarrollo de su personaje en el guión y la actuación de Rockwell que le da vida son una hazaña de primera categoría. Poco a poco vemos que Dixon es, como tantos otros villanos de su calaña, sólo un hombre tremendamente ignorante, resentido e inseguro, pero que en el fondo, detrás de toda esa maraña, es también una persona capaz de hacer el bien. No sé si todos en la audiencia lo perdonarán, no lo creo. De hecho, una parte de la crítica ha odiado a esta película justamente porque ven en este personaje un intento de apología de lo más reprobable de la sociedad estadounidense.

Yo, que me resisto a creer que el buen cine debe convertirse en un aparato generador de moralejas unidimensionales, no veo eso, veo algo más matizado, más complejo, más humano

Mildred, William y Dixon en la comisaría.

McDonagh es un creador obsesionado con los límites de la redención pues ya en su primer largometraje, In Bruges, el director nos había presentado un escenario similar. Un asesino a sueldo, en su primer trabajo, por error mata a un niño. Esto lo lleva al borde del suicidio. A lo largo del filme nosotros descubrimos lentamente la dolorosa multiplicidad del alma en ese tipo. Esta experiencia fue más extrema – al menos para mí – con Dixon, pues en In Bruges, siempre seguimos la historia desde los ojos del mismo personaje al que debemos decidir si podemos perdonar o no, lo que facilita la empatía: él es el protagonista.

En Three Billboards, Dixon se presenta como el auténtico antagonista de Mildred durante dos tercios de película. Tanto así que Frances McDormand y Sam Rockwell se inspiraron para sus actuaciones en los perfectos opuestos; McDormand tomó inspiración del personaje de John Wayne en The Man Who Shot Liberty Balance, y en respuesta Rockwell abrevó en el trabajo de Lee Marvin, el villano de la misma película. Pero así como con Mildred Hayes y Bill Willoughby, con Jason Dixon nos encontramos no ante un personaje sino ante una persona y es verdaderamente admirable lo que hacen McDonagh y Sam Rockwell, pues el sendero de este bruto teniente de policía es básicamente el camino de Santiago y el espectador se ve obligado una y otra vez a cuestionarse y a problematizar sus definiciones binarias de bien y mal.

Más allá de esto, que me parece lo más valioso del filme, debo decir también que Three Billboards no es una película perfecta. No conozco el teatro de McDonagh, pero no puede negar la cruz de su parroquia pues todas sus fortalezas son de dramaturgo: es un gran creador de personajes y comprende que los motivos, relaciones y conflictos deben estar estrechamente ligados al carácter de dichos personajes. También es un excelente dialoguista: sus diálogos son inteligentes, rápidos y mordaces. Sin embargo, como cineasta su genio se descuida. Sostener narraciones cohesivas no es su fuerte. Three Billboards es un buen ejemplo pues, al menos para mí, deja cosas sin resolver. Y no, no me refiero al final abierto, que pienso que era la única manera de terminar la película, tampoco me refiero a que no dé respuestas definitivas (también creo que esto es una fortaleza). Me refiero más bien a un problema de coherencia en el tratamiento desigual de las relaciones en la historia.

Por un lado, la película quiere ser conclusiva con sus relaciones: Mildred y el capitán Willoughby hacen las paces simbólicamente, también Dixon y Mildred, quienes terminan embarcados en la misma misión, e incluso relaciones menores se resuelven: cuando Dixon se encuentra con el encargado de rentar los anuncios a quien previamente había golpeado brutalmente, el encargado lo perdona; Dixon se redime ante el nuevo jefe de policía después de haberse presentado de la peor manera posible. Pero hay otras relaciones, incluso más protagónicas, que se dejan al aire.

Esta historia negra es un reflejo sobre cómo abordamos con indolencia el tema de las desapariciones.

El caso más claro de esto, para mí, es el personaje del hijo de Mildred, Robbie Hayes (Lucas Hedges), quien también está viviendo su propio proceso de duelo por el asesinato de su hermana, proceso dificultado por las decisiones y actitudes de su madre. La película nos muestra los problemas entre Robbie y Mildred y nos hace tener empatía por ambos, entenderlos a ambos. Y sin embargo nunca hay una escena de catarsis entre ellos que de una conclusión. Y que quede claro, con conclusión no me refiero a solución. Dicha escena pudo haber sido una mera muestra de que ambos seguirán con sus procesos distintos, de que seguirán teniendo desencuentros, incluso de que nunca podrán solucionarlo, pero eso también es una conclusión.

En lugar de ello, la película se queda en un momento tenso entre madre e hijo que no se resuelve, y después, sin ningún puente, ya vemos a Robbie ayudando a su mamá junto con otras muchas personas, a poner en pie los anuncios después de que son incendiados. Esta es una solución floja, un parche, un rendirse ante una sub-trama que no se supo manejar mejor. Y miramientos similares tengo para el hecho, por decir uno más, de que la visita de la viuda del jefe Willoughby no tenga repercusiones en Mildred. De nuevo, no esperaba que se volvieran amigas, pero sí que ello influyera de alguna manera en el arco del personaje de Mildred.

Antes de alejarme del terreno de lo criticable de la película, debo decir que hay una escena, para mí imperdonable, en que Mildred se encuentra con una cierva cerca de los anuncios y trata de acercarse a ella y hablarle, todo bañado en una repentina luminosidad etérea y celestial, con la hierba alta brillando bajo la luz del sol. Esto es una metáfora tan descaradamente evidente del reencuentro negado con su hija y una irrupción de cursilería tan flagrante en medio de una película que por demás logra ser emotiva librando el sentimentalismo, que para mí es casi una equivocación, una escena que se grabó de broma y terminó por error en el corte final y como tal debe eliminarse. Y si no la eliminan los editores, la audiencia debería eliminarla de su memoria.

Ahora sí, en honor a la verdad, lo cierto es que estas fallas (incluso la del venadito) palidecen ante el valor de lo que se narra y de cómo se narra, y también ante las extraordinarias actuaciones de los tres protagonistas

El personaje de Mildred atrapa por lo oscuro de su personalidad que se va resaltando a lo largo de la película.

Woody Harrelson siempre es bueno y aquí tiene un personaje justo dentro de su área de especialidad, pero las palmas van con toda justicia al titán de Frances McDormand, una actriz que se transforma como pocas y que ya está muy muy por encima del Oscar y cualquier otro premio que pueda dársele; y también a Sam Rockwell, que a mi parecer triunfa al llevar a cuestas al personaje más ambivalente del cine norteamericano en mucho tiempo.

El reconocimiento a Rockwell por este papel, en lo personal me alegra inmensamente pues este actor tiene una carrera fenomenal. Es uno de los mejores y más camaleónicos actores en Hollywood y, aunque otras premiaciones sí lo han notado, la Academia lo ha ignorado sistemáticamente hasta ahora. MacDonagh, por su parte, es un guionista genial y un excelente director de actores, pero más importante, es una voz distinta y con esta película prueba además que, a pesar de su veta de irreverencia, también es capaz de lidiar con problemas sociales y humanos muy reales sin perder su estilo y sello en la negociación.

Al principio de esta reseña hablé de la importancia de esas ocho tomas iniciales a los anuncios desvencijados. Los anuncios en las carreteras se vuelven parte del paisaje, dejamos de verlos tanto como dejamos de notar los árboles o los postes. Las fotografías y lemas publicitarios que cargan son reemplazados, se pierden y se confunden sin importancia. ¿No tratamos así también a los casos de violencia? Específicamente, ¿no tratamos así los casos de violencia contra la mujer: las violaciones, los feminicidios?

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, es la historia de una madre que lucha contra eso, contra el olvido. Mildred pone en esos anuncios una sentencia en contra del tiempo y de quienes dejamos que el tiempo nos haga pasar la página. Y pone esos anuncios para su hija. La música que acompaña las ocho tomas iniciales es ‘The Last Rose of Summer’, de la ópera Martha. La letra es un poema de Thomas Moore, cuya segunda estrofa dice:

I’ll not leave thee, thou lone one!
To pine on the stem;
Since the lovely are sleeping,
Go, sleep thou with them.
Thus kindly I scatter,
Thy leaves o’er the bed,
Where thy mates of the garden
Lie scentless and dead.