Cuando descubrí a Susana San Juan me enamoré desenfrenadamente de ella, como Pedro Páramo. El soñar a esa mujer inalcanzable me llevó a tratar de entenderla. Y como cantaba Nizar Qabbani en un hermoso poema: “fracasé, no soy más que un hombre”.

                                                       «De ti me acordaba. Cuando tú estabas allí mirándome con tus ojos de aguamarina».

                                                                                                                                                        Juan Rulfo. Pedro Páramo

Detrás de Susana San Juan subyace el misterio más profundo. Es materia de estudio permanente. Es el “mito femenino”, como describía José de la Colina en un brillante artículo para la Revista de la Universidad de México, en 1963.

Esa obsesión por Susana San Juan me lleva a horadar en mis propias reflexiones respecto a su persistencia de la memoria; a estar no estando, a la figura de Florencio y el mar. Una obsesión desbordada y violenta por el cuerpo amado, pero también por lo intangible. Algo que Pedro Páramo no puede entender.

Esta dicotomía es la parte más poderosa de la novela, pues es el ‘leitmotiv’ de la historia: el amor profundo que no puede apagar ni la muerte

Joshepine Sacabo. Susana San Juan.
Josephine Sacabo. Susana San Juan.

El amor impoluto de Pedro Páramo niño por Susana también niña, es también uno de los argumentos más poderosos de la novela. La sublimación. El mundo vivo y brillante. “El rumor viviente del pueblo”, escribe Rulfo. Ese juego de papalotes, risas y miradas. La posibilidad. El paraíso perdido.

«A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras», habla Pedro Páramo desde la nostalgia y un dolor que no cesa.

Dolor que será permanente, porque el amor no entiende de razones. Ese vacío que no puede ser llenado por nada ni nadie excepto por la persona amada, irá carcomiendo a Pedro. Pero también alcanzará, en otra vía, a la misma Susana. Ambos sucumbirán víctimas de la fatalidad y el amor irrealizado.

«El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: “Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él».

Susana San Juan es uno de los personajes de Rulfo sobre los cuales se ha escrito más, pero siempre se torna inaccesible. En una entrevista para el programa Espejo de Escritores, con la periodista Silvia Lemus –esposa de Carlos Fuentes-, Rulfo juega con el misterio que encierra esa mujer de la que sólo sabemos tiene los ojos color aguamarina.

Susana San Juan siempre vuelve.”- dice Lemus.

Susana San Juan no existe.”- responde Rulfo entre dientes.

¿Dónde está?” –parece no haber escuchado Lemus, quien pregunta otra vez.

Pues por ahí perdida, en algún lugar del mundo.”- responde un Rulfo burlón.

Pero no bajo tierra.”- prosigue Lemus.

No. Está viva.”- afirma Rulfo, jugando.

Es lo que yo pienso siempre…”- continúa Lemus emocionada, “que tú la conoces y que está viva”.

Está viva, la veo.”- dice Rulfo mientras se pierde su mirada.

“¿Es muy bella?”-pregunta Lemus con esa voz que toda mujer poderosa engola para vencer cualquier resistencia.

Es hermosa, no es bella, es hermosa.”- responde serio, sin dudar, un Rulfo por cuyos ojos se asoma la amada.

“¿Y la amas?”- inquiere dulcemente Lemus.

Pues, hasta cierto punto sí, la amo.”- desliza con sinceridad Rulfo.

“¿O no se deja contigo tampoco?”- vuelve a la carga Lemus.

Pues será ya mi edad, ya pasé , ya me llegó la antigüedad.”– ríe Rulfo al contestar.

Pedro Páramo la esperó…”- le recuerda Lemus

Pero ya cuando la encontró estaba loca.”- recuerda Rulfo.

La tuya no está loca.”- afirma Lemus.

No está loca, pero es inaccesible.”- responde Rulfo con gesto lacónico.

En otra entrevista, disponible en la página oficial de Rulfo, el escritor le confiesa al periodista Waldemar Verdugo Fuentes sobre el origen de Susana San Juan. ¿Pero con ello, Rulfo nos descubre el misterio o lo ahonda?

Joshepine Sacabo. Susana y la muerte.
Josephine Sacabo. Susana y la muerte.

Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan, a la que soñé a partir de una muchachita que conocí a los 13 años; ella nunca lo supo y no la volví a ver jamás en la vida”, nos descubre el escritor y periodista Verdugo Fuentes, en una bellísima e inteligente entrevista que puede leerse en este enlace: http://juan-rulfo.com

He pasado años tras de Susana San Juan, como Pedro Páramo. Sin importar nada. Sin atender a razonamientos. Y aunque nunca lograré comprenderla -como Pedro Páramo-, la amo infinito.

Con Susana llegan siempre a mi cabeza las olas coronadas de perlas, el poderoso eco del mar retumbando en unos ojos donde he visto el universo, una sensación de libertad, el cuerpo en llamas, la luz depositada en lo profundo de las sombras, un gesto de asombro por la vida y lo inalcanzable de las estrellas suspendidas en la cúpula de la noche…la eternidad…

«Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas. »—En el mar sólo me sé bañar desnuda —le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen “picos feos”, que gruñen como si roncaran y que después de que sale el sol desaparecen. Él me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí. »—Es como si fueras un “pico feo”, uno más entre todos — me dijo—. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad. »Y se fue. »Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos: rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo. »—Me gusta bañarme en el mar —le dije. »Pero él no lo comprende. »Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas».

A veces, entre las brumas de la alteridad sueño que soy el Florencio que emerge del mar, con el cuerpo fosforescente, y me parece escucharle gritar desde la oscuridad

«¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?», se lamenta Susana San Juan, removiéndose en su tumba, llena de amor y deseo en su memoria donde sólo existen vivos Florencio y el mar.

Y en otro extremo de las sombras, también se eleva una voz hacia ella. «…tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan. », canta Pedro Páramo, ya muerto también, con voz de poeta para hablarle a la amada inalcanzable, divinizada, ausente; enajenada en un mundo donde sólo existe el mar y un cuerpo caliente con el cual entrelaza el suyo infinitamente.

Mis lágrimas resbalan dolorosamente. La noche me trae siempre, pero también se lleva a Susana San Juan. Lloro insostenible por esa mujer que no es de este mundo.

  • Fotos: Josephine Sacabo