Alejandro Zambra (Santiago, 1975), piensa que la niñez es una especie de dictadura. La dictadura de los padres.

 

(…) Ella duerme mientras pasan la frontera/ nunca supo que
trajeron desayuno/ que ahora mismo cruzarán la turbulencia/ no era
yo quien saludaba atentamente quien pedía que llenaran el
estanque hasta el rebalse / porque en días como estos no se puede
– no se debe – hacer promesas en el aire.
Fragmento de Mudanza

I

En Mis Documentos (Anagrama, 2014), este autor chileno radicado en México habla de los suyos. De la apatía política que existía en su familia justo en momentos clave durante la dictadura (real) de Augusto Pinochet. La clase media en cualquier país es igual. La de Chile también; gente como sin ganas de hacer algo. Zambra relata un poco de eso en Mis Documentos. Y de otras cosas en apariencia inconexas.

Cuenta en ese libro, narrado en buena parte desde los recuerdos alterados de la niñez (“uno cree que recuerda; pero lo que recordamos es el relato que nos hicieron de las fotos”, declara el autor, Premio Príncipe Claus al conjunto de su obra en 2013), que las caricaturas en la televisión eran interrumpidas por los mensajes del militar que moriría de un infarto en 2006, el año en que Zambra publicó su primer libro, Bonsái.

Augusto, como el primer emperador romano, dejó una impronta de dolor y rabia contenida en un gran número de chilenos. Algunos, como Zambra, expulsaron esos sentimientos de manera hermosa, con el arte como resortera

Lo escucho en una charla el primero de mayo a las cinco de la tarde en el pabellón 26 de la monumental Feria del Libro de Bogotá (FILBo 2019) y me sorprende lo críptico de sus mensajes; cada vez que concluye un comentario balbucea algo y pide una disculpa por el maremagnum que construye con sus respuestas.

(“Perdón, estoy hablando mucho…”; “Si respondí tu pregunta «¿?»”)

El escritor más nítido al que he leído es enredado al hablar; la impecable edición de sus textos se desvanece en directo; un problema menor considerando que es un gran escritor.

 

II

Siempre hago el mismo chiste: creo que he comprado más libros de Zambra que su mamá. Y no es que la obra del chileno sea extensa. Es que he comprado los mismos libros varias veces. Tres veces Mis Documentos, dos Formas de volver a casa, dos Mudanza (un librito de poesía narrativa extraña) Facsímil, el más experimental, un homenaje a Nicanor Parra, dos más. Tuve Bonsái porque me lo regalaron pero lo perdí y lo volví a comprar.

Cuando estoy muy emocionado, regalo libros. Y los de Alejandro Zambra son el mejor obsequio. La gente que no lee y que no sabe porqué ese hábito no puede instaurarse en ellos, deberían comprar alguno de él. Casi siempre regalo sus libros a los que dicen no leer (Como su más reciente libro No Leer, 2018). Y funciona.

Y por eso (porque su lectura motiva hasta quienes no leen) lo considero el autor latinoamericano más relevante de los últimos años

Bonsái (2006), el que lo hizo famoso, a lo García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, empieza así: Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura.

 

III

Le pregunto que cómo va con la comida mexicana. Me dice que bien, pero que la está dejando. Que le encanta, pero que ya no come algunas cosas. Lo dice con expresión de lamento. Toma mi libro y comienza a hacer un rectángulo sobre la portadilla que se convertirá en un dibujo elemental de un camión de mudanzas, con chofer incluido. Recuerdo un cuento de él, que involucra un camión de mudanzas, en el que un personaje gay se llama como yo. Luis Miguel.

Le pido que lo dedique a Laura también. Es extraño pedir un autógrafo. ¿Para qué lo hacemos? No tiene sentido pero imagino que los libros firmados se convierten en conciertos en vivo

 

IV

En la primera fila del lugar, al concluir el conversatorio, saludo a su esposa, la escritora mexicana Jazmina Barrera (1988), ensayista y ex becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas.

No sé para qué la mareo con conexiones de amistades, solo para decirle que compré Mudanza (2018), el poema de Alejandro Zambra que publicó Antílope, la editorial independiente que ella y otras mujeres escritoras fundaron en la Ciudad de México. Lo conseguí en una edición firmada por Zambra y tres días después lo regalé emocionado a un gran poeta leonés.

Como no tengo en Colombia mis libros y quería tener de nuevo un autógrafo de él, compro en el stand de Chile otra edición de Mudanza, una de tapa amarilla hecha por Tácitas (2017); convencional en comparación con la linda versión mexicana que tiene ilustraciones de Rachel Levit.

En esos minutos que conversamos la hija de los escritores, una bebé que araña el año de edad y que jamás recordará aquel evento para el que viajó a Colombia, duerme tranquila en los brazos de Jazmina, su mamá.

Creo que en diez años le dirán: — Tu papá firmando libros en Bogotá a la gente extraña que colecciona autógrafos —, y hará zoom a una foto digital en la terraza de un restaurante en el Centro Histórico de la Ciudad de México, o en un café cercano a la Plaza de Armas en Santiago.

 

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa