Ha llovido tres días en San Cristóbal de las Casas, en Chiapas. La lluvia se ha puesto necia en este rincón de los Altos,  donde los  2 mil 200 metros que lo elevan sobre el nivel del mar no ha sido suficiente para apagarle la vida a cualquier hora del día.

El frío es constante, la neblina de sus montañas ha enamorado por décadas y esa acuarela de sus casas, tan similares a la de cualquier pueblo mágico como Guanajuato, San Miguel de Allende o Tequisquiapan, resiste a cualquier aguacero.

Aquí hay turistas, más turistas que gente local o al menos así se deja ver en el primer cuadro de la ciudad, que se mimetiza ya como franquicia de atracción al estilo VIP y está lejos, muy lejos de ser lo que fue hace 25 años, donde a los oriundos los despertó el asalto de los zapatistas.

Basta un día completo para visitarse los templos y museos, husmear en los mercados de artesanías o regalarse un espléndido café de la región.

Detrás de la fachada de ese rincón mágico de Chiapas, hay especulación inmobiliaria, escasez infame de agua, turismo sexual infantil  y una intensa vida nocturna que tiene todos los matices de una pequeña urbe clandestina

Lo indígena es ‘chic’, es ‘cool’. es ‘progre’, es ‘nuestras raíces’; aunque en la realidad es sólo un producto mercantil más para una voraz comunidad de consumidores.

San Cristóbal no es entonces lo que venden en los folletos (y no es frase hecha). Las ruidosas calles comerciales conocidas como Andador del Carmen y Real de Guadalupe, son la réplica de ese capitalismo salvaje que asfixia cada rincón del primer cuadro de la ciudad.

Pero esperen los lectores, no se trata de una denostación per se, por supuesto que la ciudad tiene su encanto, así sea con sus desordenados tianguis de artesanías, los demasiados restaurantes con su música estridente y decenas de vendedores de a pie o algunos meser@s que invitan desaforados desde sus locales a “degustar las especialidades de la casa”.

 

Postal impredecible

Anne es una chica danesa que fuma junto a la bicicleta que rentó. Espera que pase la lluvia y suelta un convincente interés en la charla sobre la historia local.

Tienes un perfil azteca”, me afirma al tiempo que sus penetrantes ojos azules escudriñan y escudriñan. Saca un pequeño libro de la historia de México escrito en alemán y me señala una ilustración donde se observa Palenque. “En dos días me voy, estaré allá”, confirma  mientras se monta de nuevo en su bicicleta para bañarse de ese México que le contaron. Agita un adiós y quedo ahí, para observar los templos que no pueden visitarse y están plagados de láminas grafiteadas que impiden la contemplación de las fachadas y portones de las iglesias coloniales.

Se prevé que hasta 2020 queden restaurados los edificios que fueron dañados por el temblor de septiembre de 2017. En tanto, las autoridades no ponen orden, hay turismo voraz y una mercantilización de lo indígena que cala, duele

 

Gritos de libertad

Un grito, ese grito de libertad se vuelca desde hace tiempo en los oriundos de esta región, son  dos polos que no llegarán a unirse nunca.

Los especuladores inmobiliarios unidos a prestadores de servicios turísticos se han empeñado en hacer ver la cara bonita de este San Cristóbal donde amén de su intensa belleza de las mañanas, hay una explotación ya denunciada una y otra vez en los periódicos.

Se ha denunciado hasta el hartazgo, la explotación de las reservas ecológicas, los manantiales, bosques y humedales, la corrupción rampante y la exigencia porque salga ya la empresa Coca Cola, causante de muchas de las desgracias ambientales.

Chiapas es el sitio donde más Coca Cola se consume en el mundo, sobre todo en los Altos y esto ha ocasionado que la principal causa de muerte sea por diabetes

La comunidad indígena es una de las más violentadas y pobres en todo el país.

Se estima que en esta región una persona consume entre 2 y 2.5 litros de refresco al día. La bomba mortal para la salud, puede imaginarse.

Guillermo es un guía que en sus recorridos, aderezados con una buen dosis de información de los atractivos turísticos de San Cristóbal o San Juan Chamula, critica también las políticas gubernamentales, el retraso educativo que hay en el estado, la violencia que sufren las mujeres por parte de sus maridos alcohólicos y el “vicio negro”, como llama a esa adicción por la bebida gaseosa.

Aquí puede no haber leche o faltar el agua, pero en cada esquina puedes encontrar una tienda donde te venden la Coca Cola y entonces hay niños de brazos que se empiezan a envenenar con el refresco”, es un círculo vicioso, despotrica.

Chiapas ocupa el lugar número trece en obesidad y el primero en desnutrición.

Además, organizaciones civiles sostienen que hay un “alarmante” turismo sexual donde se ofrece a niñas, niños y adolescentes en los mercados y a la vista de todos, además de la venta de pornografía en los mercados.

Visto así, a este Pueblo Mágico se le desdibuja el encanto.

 

 Como un imán

No obstante, a la ciudad llegan miles de nacionales y extranjeros atraídos ya bien por el resabio del movimiento zapatista, la cultura indígena, el clima, la ubicación o ese sabor a región enigmática que tiene San Cristóbal.

Hay una pequeña pero intensa vida cultural, movimientos artísticos y colectivos comunitarios y culturales que inyectan vitalidad a la zona.

Muchos argentinos, canadienses, italianos o asiáticos se han establecido o han abierto pequeños negocios aquí, aunque no se han integrado del todo con los residentes locales.

Y como ocurre casi siempre, aquí en San Cristóbal de las Casas los extranjeros forman sus tribus y marcan territorio donde establecen también sus usos y costumbres

San Cristóbal es una moderna Babel que congrega diversas expresiones culturales.

Pese a existir acaso tres librerías, en cada una de ellas se incluye una cartelera de opciones que casi siempre incluye lecturas, conferencias, cursos o bien, un concierto ahí mismo o en lugares más alternativos.

Esos días de lluvia por ejemplo, Rita Segato, una de las teóricas feministas más conocidas, abarrotó su charla en  “La cosecha Librería”.

Paula, una de las organizadoras, estaba feliz por la asistencia del público.

Acá nos interesa mucho la revalorización de todo lo originario y apostamos a generar comunidad, valorar los derechos de todos y construir vínculos con todo el mundo posible desde aquí, desde San Cristóbal”, exclama Paula con una sonrisa de campeonato.

Camino de vuelta al hostal donde me hospedo. La lluvia ha amainado un poco más no el pulso de los paseantes que apenas avizoran la tregua de la naturaleza, van a tomarse los cafés, los bares, las plazas, de este sitio que hace referencia al santo patrono de los viajeros: San Cristóbal.

  • Fotos: Manolo García