Para escribir sobre Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, 1949) no es necesario haber bebido quince o veinte copas, pero ello tampoco resulta un impedimento.

Sabina es de los pocos cantantes y compositores que guarda legiones de cómplices a uno y otro lado del Atlántico. Cada vez más fieles e incorruptibles. No les ofrece nada, salvo unas cuantas canciones que para muchos lo son todo, no por reveladoras, sino por comunes. Canciones que les hablan de sí mismos, de su endiablada manera de ser. De lo contradictorio que habita entre el deseo y la norma.

Podemos abrigar los lugares comunes. Decir que su música, y sobre todo sus letras, son sinónimo de la noche, de la melancolía y del alcohol. Podemos decir que se ha empeñado en reescribir la canción de las noches perdidas, que se canta al filo de la madrugada. Una madrugada que casi nunca tiene corazón.

Y sería sencillo citar su biografía: exiliado en Londres, durante el régimen franquista; hijo pródigo que vuelve a casa una vez muerto el dictador; uno de los protagonistas de la movida madrileña, aquel movimiento contracultural surgido durante la etapa de la transición posfranquista (aunque para Sabina, él y Javier Krahe más bien eran unos after-hippies con barbas nazarenas). Luego un modesto éxito con el álbum La Mandrágora, grabado en el extinto bar del mismo nombre; después sobrevendría el Sabina querido comercialmente, escuchado por las masas; entonces el salto a Latinoamérica…; en fin, quienes lo siguen saben estas cosas.

Al fin y al cabo podemos decir que hubo 19 días y 500 noches de un galán de tres pesos adicto al fracaso y al tabaco

Casi un iconoclasta con paraguas -por si llueve-, dispuesto a todo, incluso a defraudarte, y cuya única religión es el cuerpo de mujer. Descreído, en fin, de cuanta autoridad o dios se ponga por delante. Esa es la caricatura que él, no sin la ayuda de sus fanáticos, ha construido. Sin embargo, en la senectud, como él mismo la llama, admite estar harto de ser «el profeta del vicio». Ha declarado negarlo todo.

Sabina es tantas cosas para tantos hispanohablantes que definirle es una generalización abyecta.

En casi todos los lugares que he visitado habita alguna persona cautivada por su oficio de componer canciones inteligentes, sentidas, demagógicas, puntillosas, descorazonadas (como deben ser), que desentrañan lo más banal o lo más profundo, o que simplemente, como dice él, aportan un hombro para llorar. Cada quien le aporta su propio significado a las cosas, ¿no?

La parte noticiosa es que nació hace 70 años. Se dice pronto, pero son muchos. Y sin embargo, para él puede que sean muy pocos. La vida sigue como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Como lo dice él mismo en Donde habita el olvido.

Atrás quedan los años en los que invitaba a las jovencitas a descuidar su disciplina y lo que se consideraba moralmente correcto

Pero al mismo tiempo nos ha trazado un panorama a los demás, a los que venimos detrás acumulando tiempo y experiencias, sumando lunas y dejando la bolsa y la vida.

Joaquín Ramón Martínez Sabina, el hijo de un policía de provincias y de una ama de casa, ha sido fundamental para que algunos entendieran su propio devenir, porque como pocos fue también el punto de contacto de muchísima gente con la poesía y la literatura. Necesitamos del arte para entendernos, pero también para expresarnos.

En una entrevista concedida a Javier Menéndez Flores, con quien firmó el libro En carne viva, Joaquín admite que «sin el arte muchos seríamos asesinos en serie». Gracias a él, otros han conocido la obra de Cesar Vallejo o de Pablo Neruda, de Luis Cernuda y de Quevedo.

No en vano, según el poeta Luis García Montero, Sabina ha sido más que todo un poeta metido a cantante, y no un cantante metido a poeta

Es sabido que su primera conexión con Latinoamérica fue a través de la poesía de nuestra literatura encarnada en Gabriel García Márquez, Alfredo Bryce Echenique, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, entre otros muchos. Luego América Latina lo respaldaría llenando los escenarios en los que se presentaba, «con éxito de crítica y público».

De múltiples maneras ha explicado la complicada relación entre hombres y mujeres. Nos ha indicado que se puede vivir de las profesiones que van por dentro, aportando la banda sonora de muchas relaciones, que en su mayoría terminan mal y tarde. Y que hay que ser tozudo con lo que se quiere en serio.

Hablar de Sabina es un asunto sencillo. Basta con hacer memoria sentimental. No hace falta sino echar mano de las veces en las que bellas mujeres que antes dijeron que sí, luego dijeron que no. Normal. Nos pasa a todos. Pero Joaquín lo ha sabido explicar mejor que nadie. Sin machismos, sin cursilerías, o con la mínima de esta última.

*Ruleta Rusa agradece las facilidades de la revista Otras Inquisiciones para la publicación de este artículo.

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