“Quien a sí encadenare una alegría malogrará la vida alada. Pero quien la alegría besare en su aleteo vive en el alba de la eternidad.” (William Blake)

¿Qué decir de Roberto H. Dueñas ahora que ha muerto? Que fue libre y ardió en vida, que fue grande como escritor, que dejó un legado a la literatura de México para el mundo, desde Guanajuato. Que simplemente se nos adelantó en dejar de ser porque tenía cita ‘Después de las diez en Sodoma’.

Si viese que lloro ahora, seguro respondería con sonrisa burlona y su clásica máxima, como invectiva, ante lo que a veces le quebraba también cuando hablábamos de lo grave en la existencia: “¿Ya vas a empezar con tus pendejadas, Enrique Rangel?”. Era su escudo ante lo que duele y no se muestra al resto, por miedo a ser considerado frágil.

A Roberto lo conocí un mediodía que se me escapa entre las brumas del tiempo en 1996. Me presentó con él mi hermano Moisés Tort. El lugar fue el paraíso. Una biblioteca. Ahí, en el jardín de la Biblioteca Pública Municipal Ignacio García Téllez, con el generoso apoyo de Jesús Magaña, se discutía de literatura y poesía en el Guanajuato cercano al siglo XXI, en el taller literario La vida no vale nada, que dirigía junto a León Fernando Alvarado, otro gran escritor y amigo.

Roberto H. Dueñas siempre fue frontal y agudo. Con una oscura belleza mental para lanzar dardos envenenados -mayoritariamente –  o elogios soterrados -raramente-

Siempre fueron un misterio los detalles su vida, una intensa, con un amor irremediable por los chicos, por su devoción a la pintura que ejercitaba con maestría con trazos puros o revueltos… por haber sido pescador. Siempre fue un aventajado a su tiempo.

De su nacimiento y vida en Valle de Santiago, algún día de 1956, siempre tuvo reservas. Pero cuando hablaba de su trabajo como escritor, los ojos se le llenaban de fuego, ardían como una llamarada. Se manifestaba entonces como un tigre de fuego por los bosques de la noche, como diría Blake.

En su libro clave Un larguísimo adiós interminable, Roberto no sólo da fe y motivos de la condición humana en una exquisita danza de erotismo y muerte, de ecos retorcidos reverberando en la cabeza, sino que arroja pistas sobre él mismo, desnudo, ante el resto. Frágilmente fatal, como en el cuento La mujer que pedía permiso.

Su obra abarca los libros de cuentos La mujer que pedía permiso, Un larguísimo adiós interminable, El verde silencio de las iguanas, Ayer solté al cuervo, Después de la diez en Sodoma, Anatomía de una noche, Disculpe… ¿qué camión me lleva al cielo? y Los alacranes no lloran.

Además de las novelas Veneno para mariposas, La carpa de los sueños y un raro ejemplar con cuatro obras de teatro: Tangos, para variar.

Roberto H. Dueñas utilizó su finiquito, producto de su trabajo por largos años como profesor de la Escuela Normal de León, además de vender su auto, un modesto Peugeot 206, para largarse a Europa y vivir una temporada, como siempre lo hizo: sin ataduras y sin miedos

Lo recuerdo siempre con amor. Como el que tengo por mi hermana de sombras, la poeta Graciela Guzmán, una de sus más grandes amigas, por León Fernando Alvarado, a quien admiro por su belleza y pulcra narrativa sobre el paso y peso del tiempo, por todos los años que estallamos juntos, festivamente en lugares como El Gato Negro -su espacio favorito-, Alison Café -mi espacio favorito-, en sitios neutrales como el Bar Mónaco -antes de ser derrumbado-, en el sibarita Jordi´s,  o incluso en cantinuchas de mala muerte.  

Su hijo de letras es Mauricio Miranda. Un joven narrador, también redomado, con apariencia dulce, pero que es capaz de hacer estallar mundos. Uno de los mejores narradores para México, desde Guanajuato. Léanlo y juzguen.

Roberto nunca hizo alarde por haber ganado el Premio Latinoamericano de Cuento, o por haber recibido el Premio Bellas Artes a la Literatura, por haber conocido y coincidido con Elías Nandino, por ser narrador, novelista y dramaturgo, por ser un grande.  

Siempre aborrecimos las despedidas. Por ello, Roberto, déjame empezar con mis pendejadas.

Foto: Especial