A mí de niño me gustaba dibujar.

 

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Creo que lo hacía bien. La maestra Maricela, con la que tomé clases los dos primeros años de primaria, lo notó y le llegó a decir a mis padres que buscaran cómo encauzar esa habilidad, “lo pueden inscribir en la Casa de la Cultura para que tome clases de dibujo”. Quizá mis padres, pensando en que sería muy cara dicha instrucción, estimaron inviable llevarme a la Casa de la Cultura. Así que nunca cultivé, de manera formal, el dibujo. De hecho, lo dejé al paso de los años.

Muchas de las imágenes de las que me valí para escribir mi primer libro de poemas (Pútrida voz), son la traducción-apropiación de aquellos trazos. Porque lo que yo dibujaba eran soldados, policías y víctimas de homicidios dolosos. Ahora que anoto estas líneas agradezco a la maestra Maricela el que no remitiera a mis padres y a mí al psiquiatra.

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Creo que fui un niño lector. Pero no de libros. Más bien de subtítulos de películas, la mayoría norteamericanas. Aún no me explico el por qué mi padre, cada vez que me llevaba al Videocentro, permitía que yo escogiera las películas tanto para él y mi madre como las concernientes para mis hermanos. Yo veía ambas por igual. Pasaba de Cenicienta de Disney a Drácula, del pato Donald a Charles Bronson. No recuerdo a detalle las secuencias de aquellas películas, pero si los diálogos; aparecen en mi cabeza con letras amarillas, veloces, casi chispeantes.

En la casa donde viví mi niñez no había muchos libros, sólo un par de enciclopedias bastante modestas y un grueso diccionario de la editorial Océano. Este último lo leí asiduamente más por gusto que por obligación, más por curiosidad que por encargo escolar. Años después, cuando estudiaba la preparatoria, descubrí con asombro cómo esas palabras que venían en el diccionario tenían un origen griego, latino, hebreo, árabe, náhuatl, etc.

Creo que yo hubiera estudiado filología de haberme sido posible, pero terminé en un aula repasando a filósofos

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La primera vez que se me ocurrió ser escritor fue como a los ocho o nueve años. No fueron los poemas, cuentos y fragmentos de leyendas que venían en los libros de la SEP los que me motivaron. Fue el Libro Rojo. Donde se narraban, con imágenes en sepia y letras en mayúscula, historias de ultratumba y de terror. Intenté un par de ocasiones escribir una historia escalofriante, pero cuando las leía no me daban miedo, así que las tiré a la basura y desistí. Malogré al Lovecraft que había en mí.

Después, ya en la secundaria, escribí una obra de teatro a la que le fue bastante bien en un concurso. No ganó el primer lugar en la competencia donde participaba, el jurado alegó que mi pieza era de una sordidez rayana en lo escalofriante y terrorífico. No he vuelto a escribir teatro desde entonces. El tema de aquella obrita, la infancia estrujada, lo he vuelto a tratar en mis libros de poemas.

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Uno vuelve a la infancia, como fuente inagotable de estímulos, para escribir y deformar aquello que sucedió. Agrega uno emociones, o las descubre, injerta pensamientos o le salen al paso. La infancia es como un libro sagrado, siempre se le puede sacar partido por medio de interpretaciones delicadas o chungas. Creo que lo escrito por mí, a la fecha, sigue siendo una extensión o variación de aquellos temas que me obsesionaron en la niñez. De alguna manera, las emociones y sensaciones que me despertaban las cosas y los hechos en esos años, siguen, en intensidades moduladas, presentes.

Aún me conmueven y sonrojan la belleza de un árbol, de un pájaro, de una nube, de una mujer, como lo hicieron en la infancia

Y también sigo sintiendo una especie de desolación y dolor por ciertas experiencias que me tocó vivir desde niño y que se han repetido, con personajes y escenarios diferentes, en mi presente. Borges, y antes Schopenhauer, decían algo así: que la historia universal y la de los individuos es la historia de una pequeña cantidad de metáforas, entonadas de diferente manera, con variaciones sutiles, pero a fin de cuentas, repeticiones.

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He vuelto al jardín público donde hace algunos años trabajé. Sentado en una silla veo cómo los niños van y vienen a sus respectivos colegios, cómo juegan en ese espacio, cómo derruyen y alegran los adoquines, el pasto, los árboles. Escucho sus risas, sus risotadas, sus preocupaciones inmediatas, conseguir una tarjeta de tal jugador, completar la colección de figurillas de Gokú, cómo hacerse de un poster de CD9, de Demi Lovato, de Red Velvet, etc.

Veo sus caras moteadas de chocolate o chamoy (¿acaso hay algo más bello a la 1 pm?), sus zapatos estropeados por chutar un balón semi-desinflado, sus trenzas y peinados casi perfectos. Veo  a esos niños brillar y algo se rompe en mí porque extraño a una niña…

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Ver a los niños es una fiesta, aunque no siempre. He referido la parte amable de esta edad. Pero aquí, en este mismo jardín, también he observado a esos otros niños, a los mugrosos, a los desamparados, a los que se drogan con agua de celaste o solventes similares, a los que estiran sus manitas por una moneda, a los que roban para luego comprar piedra, crack o crico. Hay idiotas que promueven el “libre” consumo de drogas, también hay idiotas que prohíben dicho consumo, la verdad a mí no me importan sus sesudas deliberaciones, pero algo si tengo en claro, no creo que esos niños hagan uso de su liberad para drogarse.

Me importa un rábano el que me llamen mocho, retrogrado o conservador, o como se les venga en gana. Desconozco las cifras de ese problema en la infancia, pero conozco de cerca a muchos niños destruidos por las drogas. Vienen a mi silla para pedirme una moneda y notó su hedor a grifa o a solventes, sus labios resquebrajados y quemados por la pipa donde se fuma cristal o crico, su mirada perdida, vidriosa. Y como les niego la moneda, me rayan la madre, me llaman “pinche puto agarrado”. Al alejarse, me repito que esos niños no me dirían esas cosas si quisieran el dinero para comprarse un taco o un refresco.

La estatua que le hemos hecho a la infancia es de piedra, de cristal, de humo. Habrá, supongo, que felicitarnos por tal proeza

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Vuelvo a la infancia, a la mía, para sentirme menos infeliz, para conocer los antecedentes de mi actual conducta, de mis reacciones. Hago balance de lo perdido y de lo poco ganado. Pero todo este ejercicio de autoexploración, de rastreo, nunca es sistemático ni dictado por un imperativo. La infancia me asalta. Y cada vez que me alejo de ella no dejo de sentirme miserable y poco afortunado. Quizá porque después de todo, viví, pese a mi amargura congénita, con alegría y pasmo ese periodo de vida.

El que escribe es el niño que fui, no el adulto acomplejado y estéril que suelo ser.

  • Ilustración: Sveta Dorosheva