“La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece” (J.L. Borges)

De entrada, quiero aclarar que este no es un texto con ánimos de un semblante optimista o una de esas extensas falacias de superación personal que tanto abundan ahora, casi proporcional a esos gurús de la autosuperación, a quienes suelen llamar coach. 

No habrá nada de positivismos, pero tampoco apología al pesimismo o culto a la derrota. Su única intención es ser lo más sobrio y lucido posible a la hora de reivindicar ese concepto que tanto nos abruma escuchar que asocien a nuestro nombre, me refiero, al fracaso. Termino que con el pasar de los días se va convirtiendo en un escándalo para el Yo del hombre moderno, una afrenta para su ego, que le penetra en la carne y en el alma; demostrándonos que hay palabras que pueden herir tanto como una bala o una hoja de acero.

El fracaso es solo una de ellas, la lista es amplia, pero en esta época en que ganar, ser feliz y triunfar son el imperativo sobre el cual se basa la moral, ya ni que decir, toda ética del individuo. Fracasar se nos presenta como algo más allá de un error o desacierto, es casi un pecado, una tragedia.

Etimológicamente el español fracasar, como el francés del siglo XVI fracasser, y el portugués fracassar, derivan del italiano fracassare, verbo que en sentido propio significa romper o estrellarse. Esta a su vez, deriva del latín, quassare que quiere decir, sacudir, agitar, dañar

Sin duda, bastante diciente la cadencia semántica que ha venido teniendo esta palabra. Pienso que cuando la oímos en efecto sentimos aquello que encarna su significante, una sacudida, algo que se estrella contra nosotros, nos agita, nos daña. Como dijo Heidegger en su Carta sobre el humanismo: “el ser esta en la palabra”, es decir, proyectamos aquello que creemos ser en la esencia que ellas traducen, es a partir de lo que ellas nombran que nos hacemos una idea de lo que somos.

Sin embargo, cabe agregar que las palabras, son una derivación de todos nosotros, una construcción que trasciende al individuo y que se enmarca en un registro simbólico auspiciado por un colectivo. Hay palabras que adquieren cierto velo siniestro ante nuestros ojos u oídos, por todo el semblante que se les ha adherido, con el pasar de los tiempos, ciertas circunstancias y contextos culturales. Una especie de metafísica del lenguaje que sostiene su significado en el reino de los hombres y sin querer queriendo los termina sosteniendo a ellos.

Nosotros, proclamados animales pensantes, si bien somos hijos de la razón, también lo somos del misterio y la fe, esos fenómenos que confluyen en cada uno para darle su propia cuota de superstición. Superstición en ocasiones compartida, y como lo haría notar Wittgenstein, que es posible evidenciar, sobre todo, en el poder, en esas propiedades casi mágicas que le atribuimos al lenguaje, a las palabras, a unas más que a otras.

Tomemos por ejemplo muerte ausencia de vida, pero si analizamos detenidamente, vida, vivir, son a la larga encontrarse en proceso de muerte, no se muere sino que mientras se vive, como le hace notar Séneca a su amigo Lucilio, vivir no es otra cosa que estar muriendo. Muerte y vida, solo son una aporía semántica y dialéctica, el fenómeno al que ambas nombran es en esencia el mismo: finitud, inconsistencia y entropía. En otras palabras, vida es lo mismo que muerte, solo que resumida en cuatro letras.

Ahora bien, volviendo a la palabra fracasar, esta última, se ha venido tomando hace mucho tiempo, como antónimo de triunfar, en especial hoy día, en que el mérito, la competencia, la productividad, los reconocimientos, la estabilidad, la felicidad, la fama, el prestigio entre otras concepciones de triunfo se han convertido en imperativo categórico para valorar la calidad de vida de los seres humanos.

En medio de todo el espectáculo del sujeto moderno, las redes sociales y espacios afines son una vitrina para mostrar al mundo lo que creemos valer, es decir lo que no sabemos que valemos, sino más bien, lo que nos han dicho que debemos valer para poder ser. Somos por medio del otro. Pero el otro está tan enajenado y alienado como nosotros

Una creciente cultura hipercapitalista y neolibearal, nos ha absorbido, ha soslayado cualquier posibilidad de autenticidad y aumenta con el abrupto paso de los días, el limitado número de moldes donde debemos encasillarnos para evitar el extravío dentro del sistema que se nos ha impuesto como regla de ser en el mundo. Quien no se moldee o se acomode algunos de estos moldes, es lo que llamaría Foucault con su visión un tanto profética de la actualidad: un anormal. Es decir, un loco, criminal, o divergente. Alguien a quien hay que etiquetar, corregir, castigar, vigilar, encerrar o simple y llanamente, deshacerse. A la lista de Foucault, podemos agregar, a los supuestos fracasados.

Con base en todo lo anterior, fracasar surge como un estigma, un aviso, una advertencia para reivindicarse en nombre de lo obligadamente establecido, estandarizarse en los parámetros que tiene la sociedad para cada uno de sus vinculados, el pago por no hacerlo ya sea a voluntad o por condiciones externas a cada quien, es la depresión, el aislamiento, el escarnio público, la desesperación, la culpa, el hastío, la inautenticidad, la locura y el suicidio. Solo puedes ser lo que todos esperan que seas. No lo que tú quieras o elijas, sino lo que se te ha reservado, lo que te toca. Fracasar, es también, resistirse a eso, y elegir por tu propia cuenta.

Ciertamente y siguiendo todo lo dicho hasta aquí, si analizamos bien la cuestión, fracasar es un sofisma, una falacia inscrita en nuestro inconsciente y operada por nuestra cognición, casi a la fuerza. Es un resultado de la permanente comparación con los demás, y de la autoevaluación severa siguiendo las directrices que nos impone un discurso polifónico. Decidido a nombrarlo todo, a decir quienes, cómo y hasta cuándo cada cual cumple el rol que se le ha venido asignando para mantener este velo de maya, a quien descaradamente llaman, status quo, normalidad, orden. Ya lo había señalado Eduardo Galeano“El código moral de fin de siglo no condena la injusticia sino el fracaso”.

Tal vez sea mejor comprender mi punto, si lo expongo a través de algunos ejemplos. A una pareja que se divorcia después de apenas un año y un par de meses de casados, muchos les dirán que fracasaron en el matrimonio, pero ¿sería un fracaso teniendo en cuenta que ese tiempo juntos les bastó para darse cuenta de que no tenían tanto en común como pensaban, que a la larga no iban a ser felices hasta que la muerte los separara?.

Un hombre que permanece solo toda su vida, que no logra organizarse con ninguna pareja, ni tener hijos para continuar su estirpe, no falta quien lo señale y le diga que fracasó. Pero siendo un sujeto consciente que no estuvo nunca preparado para compartir su vida con alguien más, temeroso de sus traumas y de repetir los errores de sus progenitores, indeciso en darle a otro lo que él nunca tuvo porque sencillamente no sabe cómo hacerlo, seguro de su soledad, pero no de compartirla.

A ese nivel de consciencia, lucidez y honestidad, tan raro en un individuo, a ese grado de resignación estoica que se conforma con hacer cuanto puede con lo que tiene, por modesto que sea, por frugal que pueda ser su existencia ¿hay que considerarle un fracaso?.

Al joven que decidió estudiar una carrera en Bellas Artes con la previsión de que sería difícil hacerse un lugar en el mundo laboral en medio de un país que poco o nada apoya la cultura ¿Hay criterio para llamar fracaso a ese grado de osadía? Al que prefiere seguir subsistiendo con un mínimo antes que aceptar un contrato politiquero, acceder al clientelismo o ponerle precio a su dignidad en miras de garantizarse un sueldo que le otorgue posibilidades para un mejor futuro económico ¿Se puede llamar fracasado a alguien con ese compromiso ético?.

¿Es fracasado un niño que no ha podido superar el octavo grado después de tres intentos siendo que en su familia es disfuncional y él padece de algún tipo de trasiego cognitivo no diagnosticado? ¿Es fracasado aquel que por intentar enorgullecer a sus padres deja de disfrutar su juventud para hacer lo que ellos le piden? ¿Fracasada una mujer que no tuvo hijos y en vez de eso mermo ese instinto maternal criando gatos y perros de la calle? ¿Fracasado aquel que decidió dejar un buen puesto en la empresa, abandonar a su familia e irse a viajar por el mundo como vagabundo para encontrarle sentido a su vida? ¿Fracasado el que enloquece y prefiere creer en la certeza de sus delirios antes que en las mentiras de la sobrevalorada realidad? ¿Fracasado el que decide renunciar a un trabajo explotador de años para dedicarse hacer dibujos como siempre anheló? ¿Fracasado el que se arriesgo a invertir en un negocio y perdió su dinero?.

¿Fracasado el que fue capaz de quitarse la vida porque no quería soportar mas el dolor de vivir y la indiferencia del universo? ¿Fracasado el que intenta alegrar a otros porque la felicidad para si mismo no le basta? ¿Fracasado el que decide no revelarse contra la corrupción del gobierno porque tiene la certeza de que nada logrará y que todos estamos condenados más allá de lo que hagamos o dejemos de hacer? ¿Fracasado el escritor que se dedicó a escribir toda su vida y aún así jamás conoció la fama o por lo menos logró pagar sus cuentas con lo que hacía?

Pienso, que no existe fracaso siempre que le anteceda un deseo fiel a nuestro ideal de vivir, a nuestra ética, a nuestra concepción del mundo; de lo bueno y lo malo, lo que vale la pena para seguir en pie o en su defecto lo que nos hace pensar en mejores posibilidades de existir, acordes a nuestras expectativas, sin dejar de ser fiel a ellas.

Fracasar es entonces diferir de un discurso establecido, de una idea imperante, de un paradigma organizado, de una demanda del mundo hacia nosotros en la que nuestra actuación es predicha en una suerte de guion, o narrativa que, si no seguimos o al menos intentamos seguir, seremos vistos con recelo y juzgados a partir del resultado que no estamos generando y que se nos suponía.

En el fracaso solo se afecta el ego, la idea que se tiene del Yo de cada quien. Pero no al sujeto, eso que somos sin saber, ahí desde donde somos pensados sin saber que nos piensan, donde existimos antes de que pensemos

Ese magma de identidad permanece intacto, porque fiel a todo lo que es; cualquier crítica, nominación o catálogo, es obviado, lo ignora, no le hacen falta para ser en el mundo. Sabe que sin importar las etiquetas esta condenado a seguir viviendo sus propias luchas internas entre el querer y el deber ser hasta el último día de su fútil, vana y absurda existencia.

En esencia, como diría Freud, somos pulsión de muerte, queremos retornar a lo inorgánico; el amor, la vida y otros ideales son solo fantasías para alargar el proceso y tratar de disfrutarlo. En nuestra misión de comprender la existencia, el universo, responder a por qué estamos aquí, hacia dónde vamos y si vale la pena averiguarlo, todos fracasaremos. Pero si a todos les toca igual, si nadie lo logra, entonces no es fracaso.

Fracasar surge como el resultado de no haber ganado, de haberse equivocado, pero equivocarse es posterior a una elección, nadie eligió haber nacido, nadie sale victorioso de la vida porque para ganar hay que saber en qué consiste el juego, aquí nadie sabe las reglas, todos improvisamos, miramos de reojo a la generación anterior y la proyectamos al futuro tratando de no repetir sus erratas, y es así como fundamos nuestros propios errores, los de cada época.

Visto así, la existencia es entonces, solamente, un discurrir continuo de fracasos que tratamos de que nos garanticen en cierta medida la posibilidad de disfrutar de todo este misterioso sinsentido que no es otra cosa que un segmento desde el parto hasta la tumba. Empero, algo tan trascendente, obvio y homogéneo, tendría que pasar desapercibido. Sin embargo, nuestro afán de darle merito a todo lo que hacemos ha convertido esa infalible e inevitable realidad en una suerte de trasfondo demoniaco al que evitamos mirar, un vacío insoslayable a través del cual transcurre todo.

Tiempo y espacio lo atraviesan como dimensiones donde se forman nuestros espejismos, habitar y lograr cosas en esos espacios y en determinado tiempo es lo que configura la idea de que tanto hemos logrado, y a partir de una proporcionalidad comparativa, nuestro ego, esa idea de lo que tenemos que ser que hemos estructurado a partir de la sociedad, concibe si ha fracasado o no.

Es nuestro narcisismo, quien desespera por calificarse a partir de esta dicotomía, saberse en alguno de los lados de esta antinomia a toda costa, ganadores o perdedores, triunfadores o fracasados

¡Vaya necesidad más mezquina y superficial! Como si en realidad al hecho de vivir plenamente, esto pudiera aportarle algo.

Varios han sido los autores que han descubierto esta trampa, algunos incluso han despertado cierto antagonismo hacia sus obras y figuras, por la sordidez de sus reflexiones, sus concepciones crudas y algo agrestes de la realidad de los hombres, su naturaleza, sus contradicciones y todo el montón de sofismas que se han esforzado por crear para darle sentido a su lugar en el universo.

Hay una línea, por ejemplo, que parte desde Schopenhauer, pasa por Nietzsche y Heidegger, se sintetiza en Mainländer, y adquiere cierto cenit en Cioran y sobre todo en Albert Caraco, de estos se entiende que la renuncia, el ascetismo, el desprecio por el vulgo y el desenmascarar las ilusiones y los falsos principios por los que vive la mayoría te hace vivir genuinamente, aunque con el aditamento de la soledad y el recelo de los otros, e incluso en últimas consecuencia el hastío absoluto por la vida, al punto de optar por la renuncia a ella.

Pero antes que ellos, Heráclito y Hegesias, y posteriormente, Epicuro, Epicteto y Séneca, hacen mención en sus obras -aunque con una visión menos fatalista- sobre este principio, el de que no existe fracaso siempre que se sostenga la vida con dignidad, que no hay fracasos siempre que se adquiera un nuevo conocimiento, que se temple el carácter o se aprenda a desistir, no ambicionar, conformarse, resignarse, transigir.

Un autor que deja esto en evidencia como pocos, es a mi parecer Samuel Beckett, esta visión del mundo que reivindica el fracaso, esta en sus novelas Molloy, Malone muere, El Innombrable, en el drama Esperando a Godot, Final de partida, incluso en sus poemas. Sin embargo, en un texto en específico, a mi parecer, es donde más, deja claro esta inevitabilidad del fracaso y el lugar del hombre frente a él, que consiste en seguir a pesar de su inmanencia. 

Rumbo a peor, texto de 1983, donde parece alargar o consolidar mejor las últimas líneas de su trilogía, que culmina con la ya citada novela El innombrable“Debes seguir, no puedo seguir, seguiré”. 

En el breve escrito de Rumbo a peor, Beckett nos enfrenta con el fantasma de la inutilidad de la voluntad humana frente a la voluntad del destino, el azar, las fuerzas ocultas que configuran el orden de las cosas en el mundo, el universo

A continuación, algunos chispazos de genio que reflejan las idea que se han sostenido a lo largo de este escrito, claro está, con esa poética de arrolladora y compleja sintaxis que tanto caracteriza la literatura beckettiana. Una traducción del inglés original de la mano de la Editorial Lumen:

“Lo tenue. El vacío. ¿También se van? ¿También vuelven? No. Di no. Nunca se van. Nunca vuelven. Hasta que sí. Hasta decir sí. Se van también. Lo tenue. El vacío. Ora uno. Ora el otro. Ahora ambos. De repente se van. De repente vuelven”.

“¿Sin mente y dolor? Di sí para que duelan los huesos hasta que no quede otra que levantarse. De algún modo levantarse y ponerse en pie”.

 “Para ganar tiempo. Tiempo que perder. Ganar tiempo que perder”.

“Todo de antes. Nada jamás jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

“¿Sin mente y dolor? Di sí para que duelan los huesos hasta que no quede otra que levantarse. De algún modo levantarse y ponerse en pie”.

Espero que, con toda esta innecesaria tesis, haya curado o prevenido a alguno del falaz estigma del fracaso, después de todo tampoco me extraña haber fracasado en ello, la próxima vez intentaré fracasar mejor. Después de todo como dijo Bram Stoker en algún lugar de su célebre Drácula: “Aprendemos de los fracasos, no de los éxitos”.

Ruleta Rusa agradece las facilidades de nuestra revista cómplice Otras Inquisiciones para la publicación de este artículo.

  • Ilustración: Vincent Van Gogh (detalle)

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