Los envidio, definitivamente.

No sé cómo le hacen para no parar de escribir. Quizá por eso es que se presentan como escritores. ¡Obvio! Me dirán los compas (o mamagüevos[1],  según una voz venezolana) de los susodichos.

Entre esos escritores nunca  faltan los que echan de dos a tres párrafos largos, como si fueran borradores de una reciente traducción del alemán, para ufanarse de que tal Enciclopedia les ha incluido, que no sé qué revista (co-fundada por ellos) los ha publicado, que sus paredes rebosan de reconocimientos, que son “tan pero tan-tan buenos, excelentes y magnos profesores” que acaban de conseguir que un onagro recite los poemas de su tal amigo súper poeta, etc.

Presunción que me recuerda a los que vociferan “ya casi tengo un automóvil propio”, cuando se dan cuenta de que las axilas y el culo les huelen a mofle quemado.

Otro, bastante celebrado con likes, es el humilde plumífero que a diestra y siniestra no encuentra cómo desmentir (al vulgo infame y ponzoñoso), “aquello de que se cree moralmente superior

No es necesario recordarle a detalle que hasta el más insípido de los manuales de literatura y crítica literaria refieren a la comedia, el humor y la parodia como discursos o dispositivos de crítica moral, es decir, como palestras desde donde decirles a los demás que son unos idiotas, salvo el que los acusa.

Los más, los que “de a tiro” rompen récords, son los escritores víctimas, los cuales, sin muchas trabas, demuestran ser paupérrimos en relación a la maldad humana. Ellos, más que otros, nunca dejan ir la oportunidad de expresar su dolor, su sufrimiento, lo inmisericorde de este mundo, de este albañal creado por un dios idiota e iracundo: “¡es que todos me hacen, todos me tiran, todos me agarran de su puerquito!”.

Pobres, pienso, de los temerarios académicos que en un futuro se den a la tarea de elaborar la edición crítica y comentada de las obras completas de dichos autores. A su grado académico habrán de sumar un especialidad en tratamiento de aguas negras y turbias por la sobreabundancia de material fecal. La logorrea, desde hace tiempo, reclama su merecido espacio en las asignaturas de la educación superior.

En fin, para no perderme, decía: yo envidio el que esos escritores no dejen de escribir, que sean inmunes al mal de Montano

Pero, ahora me lo grito, basta ya de lloriqueos y gestos privatizados por los blandengues. ¡Te quejas –sigo con los gritos a mí mismo-, de estar afectado por ese mal de Montano que seguro es pura y genuina flojera, berrinche de ardido o reacción de quien es orgulloso hasta de su pendejez!.

Suelo ser víctima de mi propia rufianería. Pero a su vez, intentó quitarme esa costra de conmiseración propia de las pseudo-víctimas, a fuerza de escribirlo.

Las obsesiones y los odios, de tanto repetirse, terminan por perder peso, gravedad y significado. Algo parecido decía Cioran al respecto, cuando le preguntaban, ya casi al final de su vida, el por qué ya no escribía. Incluso, el inminente suicidio de Cioran nunca se consumó debido a escribir una y otra vez sobre esa tendencia de su espíritu.

Así que, por una parte, he podido hilvanar estas frases quejándome de que no lograba conseguir escribir. Ya sólo queda, y eso es lo más difícil, amilanar al quejoso que hay en mí.

 

[1] La gravedad de mamagüevo como insulto venezolano radica en que se asigna a una persona despreciable en grado superlativo, sea por sus acciones mezquinas, por arrastrarse por el suelo miserablemente, por actuar a traición o de modo alevoso contra otros; en fin, es un insulto polisémico aplicable a casi cualquier aspecto altamente negativo del insultado. Su acepción como ‘tonto’ es…, la más blandita de todas y de ella deriva mamagüevada para indicar una acción o idea rebosante de estupidez. Consultado en:  (https://ilustracionmedica.wordpress.com/2018/03/26/mamaguevo/)

  • Ilustración: Michelangelo