Coincidencias. A mediados de 2020, mientras guardaba la obligada cuarentena por estar infectado de Covid, leí un par de novelas del húngaro Sándor Márai: El último encuentro y La hermana. Me hice de estos libros a un precio risible, por baratos. Quien me los vendió parecía más desahuciado que yo. Pese a la aversión que crece en mí, respecto a las novelas, ambas obras me atraparon e hicieron mi encierro más llevadero.

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Luego, el mismo tipo que me vendió esas novelas, me ofreció: Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!, ambas también de Sándor Márai. Esas memorias autobiográficas la fui leyendo a cuenta gotas, en bancas de jardines solitarios, en cafés semivacíos y en mi cama.

Recuerdo que mientras leía Confesiones de un burgués me hice pelotas con otro libro, Estambul, de Orhan Pamuk. Cada que me inmiscuía en las memorias de estos dos autores me trasladaba a un mundo sepia y verdoso, ajeno y seductor. El linaje familiar del húngaro y del turco se mezclaba en mi cabeza de tal manera que llegué a imaginar nexos intrincados entre los tíos y tías de los autores.

Hace apenas unos días que salí de otra cuarentena, no tan rigurosa y larga como la primera. Al parecer el virus de moda encuentra en mi organismo un hotel barato dónde pasar desapercibido, antes de ir a joderle la vida a alguien más.

Digo desapercibido porque he sido asintomático. Y, coincidentemente, en este breve ostracismo, obligado y voluntario a la par, me han vuelto a caer en las manos dos libros, uno de Márai: sus Diarios (1984 – 1989), y la novela El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Esta vez, para evitar asociaciones bobas, opté por leer los Diarios de Márai.

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De entre las muchas mañas, de las que puede uno echar mano, para atontar la propia miseria o tristeza, resulta eficaz aquella que consiste en comparar qué tan jodido se está frente a otro individuo

Parece fácil, pero en realidad la cosa es complicada, dado que la autoconmiseración sume a un individuo en un profundo egocentrismo. Sólo él, y nadie más, sufre las calamidades de un destino cruel y abominable. Y digo y afirmo esto a golpe de experiencia, no de mero culo apoltronado en una silla que estudia estadísticas y datos sobre episodios depresivos o mantos melancólicos echados sobre la existencia.

El mutismo del triste, su repelencia a intercambiar experiencias con otros miserables quizá se deba al miedo de corroborar que hay otros seres más desdichados que él, a que lo destronen de su puesto como encarnación del eterno “depre”.

Ya tiene tiempo que pienso en torno al fracaso como una corona muy pulida por quienes padecen, pero, sobre todo, cultivan la autoconmiseración. Los artistas y literatos son un ejemplo innegable de esta conjetura que hago. Es cierto que los libros de autoayuda reportan ganancias obscenas a sus autores y editores, pero ¿acaso la literatura del fracaso no ha engordado también carteras? De hecho, hoy pasa como garantía de buena literatura un libro que, con bombo y platillo, se solace en narrar o versificar el fracaso.

Algunos autores, muchos, por cierto, de los que he leído entrevistas se definen como fracasados que han encontrado en la literatura un vertedero de sus miserias. Que, por el sólo hecho de ser fracasados y relatar sus idioteces, ya son buenos escritores. El fracaso confiere un aura de superioridad moral e intelectual que, a mi juicio, no ha merecido un estudio profundo. Y no es de extrañar que, en esta suerte de maniqueísmo, entre el éxito y el fracaso, un pobre diablo se incline más por el segundo.

Pero vuelvo a lo mío, al infierno mental del que me hacía huésped por estar nuevamente contagiado por ese virus. Nubarrones de pesimismo se cernían sobre mi existencia, cuentas por pagar tendrían que ser nuevamente aplazadas, los gustos frívolos habría que evaporarlos. Entre toda esta pantomima de sufrimiento, me puse a leer los Diarios (1984 – 1989) de Márai. Y poco a poco, mis rabietas y sinsabores su fueron mermando. Estaba ante un documento del sufrimiento, ante la lentitud de morir.

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Esos Diarios de Márai pintan la vejez desde un ángulo bastante conocido por muchos, que son viejos o que lidian con ancianos, pero que por una especie de pazguatería no se termina por admitir. Me refiero a que la vejez depara un calvario, para quien la experimenta en grado sumo, y para quienes hacen de chaperón obligado

En la medida en que avanzaba por las páginas de estos Diarios fui evocando los recuerdos, poco frecuentados, de mis dos abuelas. Ambas llegaron a la senectud con cierto amargor, relativamente conscientes de las carencias que serían el pan de cada día. Yo ya estoy pinche vieja, decía mi abuela Toña, la madre de mi padre. Hijo, es muy triste estar uno solo, más ahora que estoy vieja, decía mi abuelita Pola, la madre de mi madre. Para ambas resultó un golpe duro experimentar la total dependencia que tenían respecto a quienes velaban por ellas.

El 21 de mayo de 1985, escribe Márai: ¿Qué puede aportarme la vejez, aparte de la mera existencia? Nada. Comprendo a los que anticipan su fin. Este apunte me recuerda cómo mi abuela Toña, mermada por el cáncer, decía: Me gustaría salir a la calle para que un carro me atropelle y ya no sufra, para que se acabe el cáncer y la vejez de una vez por todas. No pudo, sin embargo, cumplir su deseo mi abuela Toña. La muerte le llegó a su cama, ya casi inconsciente por los dolores que se agolpaban en todo su cuerpo. Ella, que en vida fue tan orgullosa, terminó sus últimos días sintiendo que sólo era un cuerpo podrido por dentro, un cuerpo vivo, pero a lo pendejo, creo recordar. Mi abuela Toña era inmisericorde con ella misma, no recuerdo haberla visto llorar nunca, ni flaquear su juicio ante nada, ni ante nadie. No pudo anticipar su fin. El 29 de diciembre de 1985 escribe Márai: A veces me avergüenza estar vivo. Creo que mi abuela Toña se sintió así desde que el cáncer le fue diagnosticado. Ella murió el 25 de febrero del 2006, Márai se quitó la vida un 21 de febrero de 1989.   

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Más coincidencias. El 4 de enero de 1986 murió L, la compañera, durante 62 años, de vida de Sándor Márai. Murió a los 87 años. El 4 de enero de 2006 murió mi abuela Pola, a los 93 años. En estos Diarios que he leído de Márai la figura de L (Lola, Ilona; su esposa. N. del E.) aparece casi todos los días; en paseos, en idas y venidas al médico, en la clínica geriátrica (esos “desiertos de soledad”, como los llamaba el sociólogo alemán Norbert Elias), en sueños, en recuerdos. Márai deseaba irse a la tumba con ella, pero tuvo que esperar dos años y medio para alcanzarla en los reinos de la muerte.

Mi abuela Pola murió de un infarto, amaneció muerta. Mi madre me pidió ese día que corroborara el hecho. La levanté como pude y algo en mí se rompió para siempre. Ella gozó de salud hasta los ochenta y tantos, luego de una fractura en la cadera fue cuesta abajo. Eso sí, nunca dejó de beber Coca-Cola y de regalarme peines en sus últimos 20 años de vida.

Decían de ella, de mi abuela Pola, que tenía un mal modo, un carácter feo, porque aunque estuviera vieja alegaba poder hacer y deshacer lo que su santa voluntad le dictara. Era mentira, una ilusión. Ella dependía casi por completo, muy a su pesar, de quienes la rodeábamos

El vienés Jean Améry, en su ensayo: Revuelta y resignación (Acerca del envejecer), escribe: Uno no se vuelve más hermoso al envejecer, escribió una vez en un poema inofensivo Erich Kästner. Esta trivialidad infranqueable e irreductible se mantiene válida. Uno no se vuelve más hermoso, ni más ágil, tampoco más listo, y el mundo (…) lo sabe y lo da a entender a quien envejece y al anciano, que hoy no tiene ya ningún valor de rareza y por tanto no es ya, como anciano venerable, imagen de divinidad. El que envejece se vuelve feo: feo es aquello que se odia. Se vuelve débil, flojo, enunciado que en el lenguaje cotidiano equivale a una valoración, más concretamente a una descalificación (…) Numerosos adjetivos se le adjudican a la persona anciana o que envejece, todos empiezan por «in-», es decir, por una carencia: es incapaz de realizaciones físicas importantes, inhábil, inepto para esto o aquello, incapaz de aprender, infructuoso, indeseado, insano, carente de juventud… Quizá, por esto que menciona Améry, es por lo que a ciertos parientes mi abuela Pola les parecía de feo carácter, porque fue difícil cuidarla debido a sus modos y tratos silvestres y huraños.

En contraste a lo anterior, Márai escribe en sus Diarios el 17 de octubre de 1985 sobre su amada L lo siguiente: Sin embargo, a lo largo del día hay momentos en que se muestra ingeniosa, lo recuerda todo, recita largos poemas, habla con inteligencia y gran expresividad sobre personas y acontecimientos diversos. No ve la comida; a veces ni siquiera aprecia el sabor de los alimentos. Día y noche es lo mismo, como si hubiera perdido la capacidad de orientación. Y sigue siendo tan guapa a los ochenta y siete años como lo fue de joven; de otro modo, pero sigue siendo guapa. No sé hasta cuándo me aguantará el cuerpo, pero quiero estar con ella hasta el último momento, ayudarla y cuidarla. Desde finales de abril tenemos que hacerlo todo juntos —comer, lavarnos, digerir— porque ella sola no puede. El médico dice que este estado puede prolongarse, que tal vez empeore, pero en ningún caso irá a mejor. (Creo que eso no es del todo cierto: si recuperara la vista, al menos desaparecería el miedo y la incertidumbre). Y el 12 de noviembre del mismo año:  Espero aguantar mientras ella me necesite. Está muy guapa, la belleza del óbito es más convincente que la de la juventud, es la belleza victoriosa de la plenitud femenina.      

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Mis abuelas murieron lentamente, porque llegaron a la vejez. Una y otra fueron debilitándose, necesitadas de las atenciones de sus cercanos. Volvieron a ser como niñas, por los cuidados que implicaba su salud, su cada vez más apagada vida, pero también por sus berrinches y chantajes.

Cioran, en sus Cuadernos (1957-1972), anota una consideración, de entre toda la paja política, del Diario del exilio de Trotski: La vejez es lo más inesperado de todo lo que le sucede al hombre. Creo que mis abuelas suscribirían sin chistar esta consideración. Pese a todo esto, yo las recuerdo con ternura, con admiración. A su manera y con capacidades distintas, dieron a sus hijos y nietos lo que estuvo en sus manos. No tuvieron un cónyuge para sobrellevar la carga de una numerosa familia. Dicen sus hijos, mis tíos y tías, que ellas acertaron y se equivocaron en tal y cual apartado de sus vidas. No me corresponde a mí, uno de tantos nietos, hacer juicio de ellas.

En su agonía, L, la compañera de Sándor Márai, no dejó de repetir: Qué lento muero. Mi abuela Toña, en su sufrimiento, pensaba y decía lo mismo.

  • Ilustración: Marianne Stokes