Se vuelve al trabajo, a las actividades reguladas, los horarios escalonados, y hay una confusión terrible, miedos al por mayor y el ir a tientas (no se tome ahora literal) por la vida, lo que queda de ella.

Ante toda la histeria colectiva, se ha hablado poco del contacto de los cuerpos, de los roces, del goce carnal, la seducción, el irse a la cama con todo y zapatos. No. Es peligro, está prohibido tocarse, bailar pegaditos no se diga, ¿sudar? ¿Cómo se les ocurre?

Quizá los lengüeteos permitidos serán únicamente los de las mascotas que tengan años viviendo en casa. Adiós a la salivación y los besos profundos entre los enamorados.

Si somos solo cuerpo, sudor, sangre y deseo, qué quedará entonces. Debe reprimirse la libido, quizá desaparecerá al paso de los años con las nuevas generaciones para que los habitantes del futuro estén desprovistos de este pecaminoso instinto.

Hay quienes afirman que con la pandemia se fortalecieron las relaciones estables, se buscará y valorará a las parejas, nada de sexo esporádico o fuera del concubinato, de modo que todos a “portarse bien”, tener relaciones sexuales asépticas.

En cambio, se ha reportado también que los divorcios están disparándose, la convivencia forzosa de estos meses ha sido insoportable para muchos. Creíamos que sabíamos cómo estar juntos más no siempre es así.

Solteros, solteras, casanovas, hombres y mujeres de sexualidad libérrima, deberán correr todos los riesgos o recatarse en extremo, nadie lo sabe, quizá la prostitución irá a debacle

Recuerdo ahora el libro El sexo y el espanto de Pascal Quiqnard, ese ensayo luminoso que disecciona en clave literaria la mutación del erotismo en los griegos o la sexualidad angustiosa del imperio romano.

Mientras todo pasa, no se sabe del todo cómo se transformará la sexualidad, los afectos amorosos, el simple ligue, el coqueteo o la seducción. Querer normar una de las funciones más genuinamente humanas, ya es cosa de los mejores cineastas y novelistas de ciencia ficción.

No estamos tan lejos, pues el sexo virtual, el porno auditivo o juguetes sexuales como el satisfyer –que cada vez va mejorándose como los teléfonos celulares- hacía tiempo que iban ganando terreno. El cine o las series con sus compañeros y compañeras robóticos o en forma de holograma, hacían más llevadera la soledad de algunos.

Es de campeonato el caso de las muñecas o muñecos inflables, pues no solo se acude a ellas ya por soledad o por la nula vida sexual de sus compradores, sino por “cuestión de higiene, seguridad y fidelidad”. Los datos más recientes confirman un aumento en compras y pedidos de hasta 2 mil por ciento, principalmente en Asia y varios países de Europa.

Y es que, a decir de algunos testimonios, el sexo con un ¿compañero? de estas características es mucho mejor que con seres humanos reales, pues hay para todos los gustos, con materiales que simulan la piel a la perfección con todas sus cavidades y jugosidades, pautas de comportamiento, voz y actitudes a gusto del cliente. Incluso hay modelos de muñecas que tienen orgasmos intensos previa estimulación sexual adecuada.

El arribo de una nueva sexualidad, si es que podemos seguir llamándola así, es inminente, casi sin cuerpos reales que se toquen o bien, se toquen rabiosamente hasta quedar rendidos a diferencia de quienes prefieran hacerse el amor con trajes antivirales de por medio.

Deberá irse pensando entonces para tarea de los historiadores, literatos y filósofos, cómo resguardar el archivo y de qué modo contarse lo que era el sexo antes de la pandemia, poner por igual en los libros de historia las narraciones del Marqués de Sade, los libros de Bataille,  esas novelas sabrosas de Juan García Ponce, las cintas de Pasolini, Bertolucci, Fellini, Gaspar Noé, Pedro Almodóvar, Lars von Trier, David Lynch entre muchos más cineastas que hicieron de la práctica del sexo un templo de liberación y laboratorio de las pasiones humanas.

  • Ilustración: Linnea Strid (detalle)

BICI