El problema de la nacionalidad es el más vano de los problemas.

Nicolás Gómez Dávila

El profe de filosofía en la preparatoria se llamaba Francisco, no recuerdo su apellido, sólo su nombre y algo de su aspecto: moreno, delgado, gafas muy pesadas y un tremendo don de catedra.

Se definía como un católico en plena conversión al existencialismo, con un pie en la legión de los ateos, pero jalonado por Gabriel Marcel al misterio de la cruz, a quien leía en francés. Al profe Francisco le gustaba ver a sus alumnos dialogar, discutir; intervenía a ratos para avivar un pleito que parecía morir en las tripas del silencio. Y, por fortuna, no era un payaso que a diestra y siniestra sacará chistes de cantina. Era sobrio y penetrante en sus pensamientos, pero algo loquillo a la hora de amarrar navajas entre sus alumnos.

Lo veo, en mis recuerdos, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo mientras nosotros debatíamos algún detalle de Platón, de Spinoza, de Samuel Ramos o de Vasconcelos. Preguntó, en una de tantas clases, qué nos hacía mexicanos. Y sobrevino un aluvión de estereotipos enunciados por nosotros.

Chuy, el ex monaguillo pazguato, opinó con labia y falsa humildad: El ser del mexicano, su esencia, radica en su devoción por la virgen de Guadalupe, porque no hay pueblo donde se venere a la Morenita como aquí; y eso, creo, es irrebatible, salvo por los aleluyos, que cada vez más contaminan nuestras creencias.

El ateo de la clase, y por única vez no era yo ese sujeto, levantó la mano con ira y espetó: ¡Pues yo no creo en vírgenes y santos, en dioses castigadores y todas esas patrañas!, y, sin embargo, soy mexicano

Acto seguido, todos comenzamos a opinar, a gritar; pronto se hizo la clase un grillerío de espanto. Angelica, la que se creía artista incomprendida, llegó a levantarse del pupitre para calmarnos a todos. Cuando consiguió que estuviéramos mansos, dijo: Les voy a mostrar el alma de México, y se puso a medio danzar, jurando que sus pantomimas representaban a una bailarina folclórica, porque, enfatizó: México es folclor, México lindo y querido… y ya mejor le cortó aquí, porque, por extraño que parezca, la mayor parte de los compañeros de clase celebró ese desplante.     

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A mí el profe Francisco me preguntó, después de los devaneos de Angelica, qué opinaba de la esencia del mexicano. Me quedé mudo, mi cerebro procesaba imágenes estereotípicas de charros, mariachis, indígenas, juguetes de madera, nopales y tunas.

Pensaba en el relajo (y aún no leía a Jorge Portilla), en el malinchismo (y aún no había leído a Paz) y en lo estropeado que están los estereotipos del mexicano (y, lo juro, aún no leía a Roger Bartra). Me repitió la pregunta el profe Francisco, azuzándome a que me diera prisa en hablar. Y opté por responder la primera barrabasada que me saliera de la boca: Lo que hace que yo sea mexicano es el hecho de haber nacido en México, al menos eso dice mi acta de nacimiento.

El profe esperaba más de mí, y yo de mí mismo, lo confieso, después de todo me daba mis untos de intelectual. Sentí que todos los compañeros me miraron como quien observa al idiota que pide helado de vainilla cuando, previamente, le repitieron 30 o 40 veces que no había helado de vainilla.

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Años después, cuando hice de profe, un colega me comentó (en la infernal sala exclusiva para docentes), que estaba hasta la madre de los favoritismos que recibían los maestros y alumnos güeros. Mira profe, tú y yo somos prietos, chaparros, con pelo lacio peinado a la Benito Juárez, es decir, somos mexicanos, casi de raza pura; y no se vale que a los piches güeros los traten mejor que a nosotros ¿No lo crees? Mira, los colegas güeros les dan a escoger el horario de su preferencia, a nosotros, lo prietos, ni madres. Y a los alumnos güeros, nomás paque’ te des una idea, los mandan a concursos, aunque sean pendejos, pero a los prietos, ni madres ¿A poco no es injusto eso? Debería ser al revés, pos por el sólo hecho de que nosotros somos más mexicanos…

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No creo que lo prieto nos haga más mexicanos, pero lo cierto es que aún perviven formas bárbaras y sutiles de racismo en México. Cuando he hecho esta observación, entre colegas escritores, he sentido que incomodo

Quizá porque se sobrentiende que este cáncer ideológico está extirpado y quimioterapiado del orbe de los pavorreales letrados. Pero estimo que eso es una falacia.

Alguien medio conocido en el mundillo literario, para amonestarme, me expresó su descontento: El mexicano es el peor enemigo de otro mexicano, por ejemplo, tú como moreno te abalanzas contra la gente blanca mexicana, te haces la víctima, el sufrido, el oprimido; no dudo que milites en un partido de izquierda y que odies gratuitamente a los ricos ¿cierto?

Dejo al probable lector de estás líneas la última palabra, digo, para no reforzar más mi victimismo.

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Cuando tuve la oportunidad de leer a los teóricos de la mexicanidad, me dio por pensar que leía a un conjunto de quirománticos y astrólogos de ropero. Todos, abierta o veladamente, hablaban del destino del mexicano. Generalizo, y peco de ignorante, pero no termino por encontrarle gracia a un Paz y su Laberinto de la soledad, ni a Ramos, ni a Bartra, ni a los otros, menos conocidos, pero igual de encandiladores. Veo en ellos a diestros prosistas dilucidando vibras y auras, alineado chacras y urgiendo limpias con huevo y ruda.     

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Me gustaría responder, ante la pregunta ¿eres mexicano?, con la cursilería de: No, yo soy ciudadano del universo. Pero sospecho que alguien, cuando me vea comer y saborear tunas, me dirá: pinche prieto, tú eres de México.

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