El pasado mes de abril en la Universidad de Texas, el escritor mexicano Juan Villoro externó que los sociólogos delinean una clara diferencia entre lo que significa la sociedad y la comunidad y dijo “que mientras una sociedad puede priorizar un avance individualista, la comunidad requiere de una noción solidaria hacia el progreso… Y esa visión de ayudar al otro es el hilo conductor del periodismo.
“El periodismo necesita de empatía. Ese puente es decisivo para establecer un contacto emocional. ¿Por qué es importante la emoción? Porque el sentido profundo del periodismo es la transformación del lector. En particular, es la transformación que siente el lector: el impulso de actuar y responder”.
Villoro tiene razón, pero precisamente en una época de compleja polarización, en donde la irracionalidad del odio vertido en las redes reina y domina los estados de ánimo de la gente y el sentido de comunidad referido por Juan Villoro se difumina, el papel del periodismo y su vocación por la democracia y la verdad se vuelve cada vez más imperioso.
La transformación del lector y su comunidad que debiera tener como referente intelectual no sólo el poder de las las artes y la educación, sino también del periodismo, se convierte más bien en una visión que apuesta por la ficción informativa y un análisis superfluo de los acontecimientos cotidianos, lacerando así la interpretación del mundo para moldearlo con una perspectiva distorsionada y enferma que termina golpeándonos a todos.
Sin embargo, por eso mismo es preciso pensar y reflexionar sobre las pérdidas que el mismo oficio periodístico ha sufrido, en donde la verdad se vuelve nebulosa ante el exceso de información, condición casi pornográfica por la abundancia grosera de vacuas imágenes que sustituyen la palabra, denigran el lenguaje y se convierte así en un cratos que inhibe la posibilidad de esa comunidad que Villoro menciona y lleva al periodismo de ser un actor central de las democracias y un factor de conciencia social, a convertirse en una pieza que las nuevas generaciones ven con desconfianza para mejor lanzarse a las profundidades de la irrealidad que fabrican los me gusta de las redes sociales.
Hoy, las universidades que ofertan la carrera de comunicación y periodismo, enseñan una materia llamada Periodismo en medio digitales y está bien, lo que no sabemos a ciencia cierta es si a los futuros practicantes del oficio se les enseña también que el periodismo es uno y debe obedecer, siempre, a reglas de honestidad intelectual y moral que no podemos obviar y que no obedecen a ejercicios de nostalgia inútil, sino a comprender la realidad desde la práctica de un periodismo promotor del pensamiento complejo, ese concepto hoy tan abstracto e insondable para un mundo rendido a los cantos de la sirena tecnológica.
De la memoria y el archivo
En el periodismo existe un axioma irrebatible: el mayor tesoro de un periodista se encuentra en su memoria. Y esa verdad incontestable se refiere a dos formas en las que se manifiesta dicha capacidad cognitiva, la que permite almacenar y recuperar información en nuestro cerebro y por tanto intangible y aquel espacio físico que nos permite resguardar en notas impresas de periódicos, libros y revistas, los hechos que permiten al profesional de la información atraer al presente los hechos del pasado.
Puede ser que alguien vea en la anterior afirmación una expresión caduca cuando hoy se tiene cualquier información a un clic de distancia y no es necesario acumular papeles en un espacio específico. Las ventajas tecnológicas permiten hoy digitalizar un archivo por grande que este sea y, sin embargo, no deja de ser necesario catalogar la información para que, en el futuro, el pasado pueda ser investigado, estudiado e interpretado de manera adecuada, sí, incluso en espacios físicos, doy fe de sus ventajas irrenunciables ante la avalancha digital.
Y qué decir de la memoria como capacidad cognitiva, estudios llevados a cabo una y otra vez, concluyen que el uso excesivo de las redes sociales tiene un impacto directo en la memoria y la atención, fenómeno de la psique humana que establece también en más investigaciones neurológicas, la llegada de generaciones con un coeficiente intelectual más reducido.
Si el periodismo actual y sus protagonistas no son capaces de volver a las bases, no en un ejercicio de nostalgia, sino de urgencia intelectual; entonces asumiremos que el oficio de generar información como actividad promotora de la democracia y la búsqueda de la verdad, se encuentra en una crisis en donde los medios de comunicación están arrodillados ante la exigencia del mercado de lo efímero, la banalidad del día y a día y la irrupción de influencers de poca monta que denigran el papel del periodista a un segundo plano.
Aprendí los conceptos y la necesidad de la memoria y los archivos en la persona de Miguel Ángel Granados Chapa, conocí de cerca su portentosa memoria cuando todos los días, al recibir sus órdenes de información, era impresionante cómo podía recordar fechas y medios donde tal o cual nota se había publicado y vi con mis propios ojos su biblioteca y las numerosas cajas en donde resguardaba de manera impresa su enorme archivo de información.
En junio de 2023, el archivo de Granados Chapa fue donado por su familia a la Unidad Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana y en ese enorme compendio de información se cuentan más de 90 mil documentos ya digitalizados por la UAM.
Granados Chapa y todos los grandes periodistas de antaño eran memoria y archivo, dos conceptos que parecen no se dan más en el periodismo actual, por ello hablamos de extinción en un oficio y sus representantes que le apuestan más al ruido y al espectáculo de una sociedad ávida de estímulos y rapidez y desprendida de la lectura analítica y el sosiego reflexivo que nos entrega.
De la cabeza como arte y el “periodismo” como adivinanza
Cabecear, titular una nota periodística es y seguirá vigente como una forma de utilizar el lenguaje de manera creativa. ¿Qué nos dice el titular de un medio de comunicación? ¿Qué nos dice también de quién los crea y del propio medio que lo emite? Mucho, porque nos marca el camino de una lectura que desde su cabezal nos invita a visitar la información vertida en el trabajo periodístico realizado.
Si bien no se trata de provocar al lector con titulares escandalosos y amarillos, también es cierto que aquellos cabeceos de algunos medios de prensa que se especializaron en titulares rocambolescos pueden ser asumidos como una primera escuela de la imaginación con la que se anuncia una noticia.
La afamada revista mexicana, Alarma, es una de esas singulares publicaciones que retaban la imaginación del lector y provocaban la moral y las buenas costumbres de la población mexicana a inicios de los años 60 del siglo pasado.
Alarma fue una famosa revista mexicana de nota roja por lo gráfico de sus imágenes sangrientas y la singularidad de sus cabezas periodísticas que rayaban en la tragicomedia por el uso florido, cotidiano y desparpajado del lenguaje.
Titulares como “Más combates callejeros de estudiantes y policías”, “Macabro hallazgo: en el canal flotaba el muerto”, “Pánico, horror, muerte” y un largo muestrario de la imaginación de los reporteros de la época, fundaron una escuela para atraer lectores a partir de un lenguaje que hoy no sería bien visto a los ojos de una sociedad entregada a la corrección política y la censura de ciertas formas de expresión y abrazada al periodismo tramposo adicto a presentar cabezas en forma de adivinanza.
En la actualidad es tan común encontrar en las páginas web de muchos medios de comunicación, simplonas expresiones como “Por esta razón…”, “Por este motivo…”, “Esto fue lo que dijo…” o lanzar preguntas en una especie de adivinanza, y si bien una pregunta bien formulada puede invitar al lector a reflexionar sobre un tema, el abuso de esta forma de cabeceo le quita toda seriedad al hecho que dentro del contenido se aborda.
Dichas trampas del lenguaje representanformas de agrietar la palabra que le han perdido el respeto al lector que a su vez se ha dejado seducir por la trivialidad y se ha enganchado al anzuelo de un periodismo holgazán que olvida la necesidad de informar desde sus cabezales y ha preferido sólo entretener desde la poltrona de la vacuidad informativa.
No se trata entonces de emitir la información como lo hacía la revista Alarma (pero bien haríamos en reconocerle su capacidad de imaginación), se trata de un elemental respeto al lector y su necesidad de acceder a la veracidad periodística en donde los medios de comunicación con un lenguaje claro, inteligente, que desde la primera vista y en su sencillez narrativa, le diga al público que sus letras le darán la posibilidad de analizar, interpretar y comprender la realidad, una realidad urgente de espacios y lectores mejor informados.
La obsesión por la rapidez y la abulia por la lectura
En 1932, Bernard London planteó por primera vez el concepto de obsolescencia programada. London analizó tal concepto en su ensayo titulado, Ending the Depression Through Planned Obsolescence y en él describía un método para que los fabricantes obtuvieran mayores ganancias en una época donde todavía estaba a flor de piel el crack financiero de 1929 y, por ende, el consumo había ido en picada.
La obsolescencia programada estipula entonces que los fabricantes planifican una duración breve de sus productos para generarle al consumidor una dependencia que lo obliga, por lo tanto, a comprar el mismo producto una y otra vez. Dicha dinámica del consumismo nos hace pensar que antes todo era más durable y de alguna manera, hay algo de razón.
Lo mismo pasa con la actualidad del periodismo contaminado por las redes sociales y sus protagonistas (influencers y consumidores) reductores a ultranza de la información a un reel de veinte segundos y en ese efecto efímero, lo que importa es el reel siguiente.
Esta dinámica digital replicada por los medios de comunicación derrotados por la brevedad y su falta de trascendencia ha generado lectores incapaces de enfrentar textos largos porque pensar en analizar una lectura que los ocupe más allá de cinco minutos parece colocarlos en medio de un deporte extremo.
Artículos, reportajes, ensayos o tratados de cualquier ámbito del conocimiento que exigen la atención del lector hasta por veinte o treinta minutos, se ha vuelto una hazaña imposible de superar en una sociedad que no soporta la lentitud y la mansedumbre de la contemplación, esa capacidad de la emoción humana que según el filósofo coreano Byung-Chul Han nos permite reflexionar y comprender un mundo que no necesita la hiperactividad y por el contrario, requiere elogiar la calma y la serenidad para poder leer largos textos que alimenten el alma y la conciencia de lo que somos. El periodismo actual, salvo algunos medios quijotes, están abandonando la quietud de la producción serena y la lectura calma.
Alguna vez leí, no recuerdo dónde, que en realidad la obsolescencia programada no significa la pérdida de calidad de los productos, sino que es el ser humano quien perdió esa condición de brillantez. Lo mismo pasa con el oficio periodístico: no es que haya perdido su espíritu original de conciencia social, es el consumidor de medios el que se ha idiotizado ad nauseam.
Entre lo impreso y lo digital: la incapacidad para discriminar y verificar información
Todo responde a la época determinada que nos toca vivir y sería necio pensar que nada debe cambiar y debe seguir igual, pero también hay una verdad incontestable: no necesariamente los cambios ocurren para mejorar, la mejora de cualquier aspecto de la vida pertenece al concepto de innovación no en su sentido meramente mercantil, sí mejor entendido en la posibilidad de progresar de manera ética y moral.
En términos periodísticos, poco queda de aquella época en donde ir a comprar el periódico a los puestos de revistas era casi un ritual cotidiano o al menos dominical. La irrupción de internet y las redes sociales han puesto de cabeza el oficio del voceador, a las rotativas de los diarios y revistas y el olor a tinta para imprimir los periódicos y a los repartidores de los ejemplares que todos los días, todavía en la oscuridad de la madrugada, entregan los paquetes de periódicos que a primera hora de la mañana empiezan a circular entre los lectores fieles a su diario preferido.
Lo anterior, sí, es nostalgia, lo que no es nostalgia, ni necesariamente rechazo, es la inconmensurable cantidad de medios digitales que nacieron a partir de una época donde todo se consulta a través de la red mundial, el auge de la inteligencia artificial y, ya se dijo, la necesidad de consumir de manera rápida, breve y fugaz ha provocado una evidente incapacidad para discriminar y diferenciar entre información válida y confiable y la información basura y ficcional.
Según una encuesta de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), “entre influencers o influentes, personas con gran número de seguidores en las redes sociales, de 45 países, el 62 por ciento de los creadores de contenido digital tienen dificultades para evaluar la credibilidad de la información que encuentran en línea. El 42 por ciento de los encuestados dijo utilizar como indicador principal el número de me gusta y de compartidos que había recibido en una publicación”.
Ante tales datos duros, necesitamos lectores más preocupados y ocupados de verificar lo que consumen en redes porque no hacerlo es abonar a la desinformación, las fake news y la infodemia sin regulación que habita el ciberespacio cotidiano, situación que nos hace una advertencia a no llamarnos a engaño cuando en la recepción y la emisión de mensajes, todos somos corresponsables del daño mayúsculo que el periodismo y su consumo sufre ante la confusión palpable entre la realidad y la ficción informativa.
La caja de pandora y la inteligencia artificial
Benjamín Labatut, el joven y muy brillante escritor chileno, ha deslizado con una enorme maestría literaria los peligros que esconde y luego engendra el conocimiento humano. En Maniac (Anagrama. 2023) y Un verdor terrible (Anagrama. 2020), Labatut escribe y reflexiona en dichas obras sobre la locura que también la ciencia provoca en la psique de los hombres que juegan y buscan la posibilidad de convertirse en dioses y hacen descubrimientos devenidos luego en la gran maldición del saber: la esencia de la ciencia capaz de matar y exterminar a la raza humana.
En Maniac, por ejemplo, el escritor chileno hace un inquietante perfil del genio inconmensurable de John Von Neumann, el científico húngaro quien trabajó de manera ardua en el Proyecto Manhattan, creador de las primeras bombas atómicas y, además, Von Neumann es considerado el primer ser humano que visualizó el poder casi infinito de la era computacional y el futuro de lo que hoy conocemos como la inteligencia artificial.
Benjamín Labatut disecciona en Maniac el tema de la IA de manera clínica y ahí narra el primer enfrentamiento de ajedrez entre el hombre y la máquina en 1996 en la persona del ajedrecista ruso Garry Kasparov y la supercomputadora Deep Blue de IBM, y luego en 2016, el encuentro en una competencia de Go entre Lee Sedol, el campeón-genio de ese milenario juego chino y el programa de inteligencia artificial AlphaGo de Google DeepMind.
Kasparov derrotó a Deep Blue en el primer enfrentamiento, pero al año siguiente, la computadora mejorada con una capacidad de cálculo de 200 millones de posiciones por segundo venció al ruso con cierta facilidad. AlphaGo, por su parte, destrozó 4 a 1 sin mayores complicaciones a Sedol poniendo en perspectiva los peligros que subyacen en el avance de la ciencia y la tecnología y la muy clara capacidad de vencer al ser humano en cualquier ámbito de la vida.
Labatut recuerda la caja de pandora y la apertura de esta con todos lo males que destruirían a la humanidad y piensa también en la posibilidad de la esperanza, esa utopía que yace en el fondo de la caja y representa una pequeña mirilla para poder observar la sobrevivencia humana.
¿Cómo entonces el periodismo puede aprovechar las ventajas de la inteligencia artificial sin dejarse seducir por sus encantos y de paso evitar que como Kasparov y Sedol pueda el oficio ser derrotado y sustituir al periodista en sus funciones vitales de informar con la verdad?
La semana pasada, justo y poco antes de terminar esta larga reflexión, charlaba con el periodista Enrique Rangel (que a su vez citaba una charla que tuvo con otra de nuestras colegas, Alicia Arias), en cómo la IA podría ser aprovechada por los periodistas o, mejor dicho, darle un justo valor a su presencia.
Rangel me decía que “precisamente el uso sistematizado de las herramientas de la inteligencia artificial va a obligar a regresar al espacio seguro que plantea el periodismo por que es una actividad ética y tiene emociones particularmente humanas y porque no es una máquina la que reflexiona sobre un hecho objetivo”.
Enrique abunda y señala:
“Alicia Arias comentaba que la IA puede no ser una amenaza, sino justo lo contrario, la posibilidad de darle un valor positivo que lejos de dañar al periodismo real, lo fortalece por añadidura, es decir, si todo mundo está utilizando inteligencia artificial para hacer periodismo, pues esas personas no son periodistas, los verdaderos periodistas son quienes al final de cuentas van a volver a tener este escenario de visualización porque tienen lo que la máquina no entrega: el sentimiento humano”.
Esa reflexión que Rangel y Arias hacen puede representar justamente la esperanza de la caja de pandora, misión que necesita la participación plena de medios de comunicación, periodistas y lectores para que precisamente el sentido ético de la interpretación del mundo pase por el análisis y la conciencia de ver la IA como una herramienta utilísima y no como un fin en sí mismo, sin esa simple fórmula, la visión de Labatut podría convertirse muy pronto en otro enfrentamiento con una nueva Deep Blue y AlphaGo que vendrían a mostrar mayores capacidades periodísticas, infinitamente superiores al ser humano, y esa perspectiva es aterradora, perturbadora… y no, no es ciencia ficción.
La veracidad de la información y un mensaje final
El experimentado corresponsal del periódico El País para temas de ajedrez, Leonxto García, escribía el pasado viernes 17 de julio un mensaje que suele dirigir a niños y adolescentes en la inauguración de torneos de ajedrez infantiles o juveniles y señala que les dice algo muy concreto y conciso:
“Gran parte de lo que leen, ven y escuchan es mentira. Deben automatizar un mecanismo mental para comprobar la veracidad de la información que les interesa en al menos dos fuentes que les parezcan fiables. Por el contrario, en el tablero de ajedrez siempre hay una verdad; a veces está muy escondida, y por eso puede ser difícil encontrar la mejor jugada; pero tú sabes que siempre está”.
Esa expresión que Leonxto García dirige a los jóvenes ajedrecistas bien puede aplicar para los periodistas, sobre todo para aquellos que se inician en este oficio, hacer conciencia que comienzan su carrera en mundo plagado de falsedades, pero el periodismo, como el ajedrez, siempre contiene una verdad y por ella vale la pena seguir reportando el devenir del mundo.
PD: Si algún lector, lectora, uno solo, llegó hasta esta posdata utilizando al menos 15 minutos de su tiempo, quiero pensar que le he podido dejar una reflexión que le haga analizar todo lo que estas líneas han querido explicar.
- Ilustración: Il Foglio