Acota Hannah Arendt en ‘Los orígenes del totalitarismo’ que lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en un mundo no totalitario es el hecho de que la soledad, una vez experiencia límite generalmente sufrida en ciertas condiciones sociales marginales como la vejez, se ha convertido en experiencia cotidiana. Y esto porque, justo hacía principios de la primavera de 1955, ella misma se encontró sola en un desierto.

Después de la publicación de Los orígenes del totalitarismo, Arendt fue invitada como profesora visitante a la Universidad de California, en Berkeley. No le gustó el ambiente intelectual. Sus colegas carecían de sentido del humor y la nube del macartismo se cernía sobre la vida social. Le dijeron que tendría 30 estudiantes en sus clases de pregrado, y acabó con 120, en cada uno. Odiaba estar en el escenario dando conferencias todos los días.

Simplemente no puedo exponerme al público cinco veces a la semana; en otras palabras, nunca salgo del ojo público. Siento como si tuviera que andar buscándome a mí misma”, declaró alguna vez la filosofa y teórica política alemana, que terminaría nacionalizándose como estadounidense.

El único oasis que encontró Arendt en ese momento fue un trabajador portuario que se convirtió en filósofo de San Francisco, Eric Hoffer, pero tampoco estaba segura de él. Le dijo a su amigo Karl Jaspers que Hoffer era lo mejor que tenían en ese país para ofrecer; también le dijo a su esposo Heinrich Blücher que Hoffer era “muy encantador, pero no brillante”.

Arendt no era ajena a episodios de soledad. Desde temprana edad, tuvo una aguda sensación de que era diferente, una forastera, una paria y, a menudo, prefería estar sola

Su padre murió de sífilis cuando ella tenía siete años; fingió todo tipo de enfermedades para evitar ir a la escuela cuando era niña y poder quedarse en casa; su primer marido la dejó en Berlín tras la quema del Reichstag; fue apátrida durante casi 20 años. Pero, como sabía Arendt, la soledad es parte de la condición humana, y de cualquier forma ¿quién no se ha sentido solo alguna vez en su vida?.

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Escribir sobre la soledad a menudo cae en uno de dos campos: las memorias excesivamente indulgentes o la medicalización racional que trata la soledad como algo que debe curarse. Ambos enfoques dejan al lector un poco frío. Uno se revuelca en la soledad, mientras que el otro trata de acabar con ella por completo. Y esto se debe en parte a que la soledad es muy difícil de comunicar. Tan pronto como empezamos a hablar de la soledad, transformamos una de las experiencias humanas más sentidas en un objeto de contemplación y un sujeto de razón.

El lenguaje no captura pues la soledad porque la soledad es un término universal que se aplica a una experiencia particular. Todos experimentan la soledad, pero la experimentamos de manera diferente. Baste sólo con decir que, por ejemplo, en español, la palabra “soledad” tiene una carga histórica muy larga, esto es una carga temática y poética muy fuerte, pero por ejemplo es una palabra relativamente nueva en el idioma inglés.

Uno de los primeros usos fue en la tragedia Hamlet de William Shakespeare, escrita alrededor del 1600. Ahí Polonio le suplica a Ofelia: “Lee este libro, que la demostración de tal ejercicio puede colorear tu soledad” (Polonio le aconseja que lea un libro de oraciones, para que nadie sospeche que ella está sola; y aquí la connotación es de no estar con los demás en lugar de sentir cualquier deseo de estar consigo misma).

Así las cosas, a lo largo del siglo XVI —a diferencia de Gongora, o Sor Juana que se solazan gozosa y felizmente entre sus soledades—, la soledad se evocaba a menudo en inglés en los sermones para asustar a feligreses del pecado: se les pedía a las personas que se imaginaran en lugares solitarios como el infierno o la tumba.

Pero incluso ya bien entrado el siglo XVII, la palabra todavía se usaba rara vez. En 1674, el naturalista inglés John Ray incluyó “soledad” en una lista de palabras de uso poco frecuente y la definió como un término para describir lugares y personas “lejos de los vecinos”. Un siglo después, la palabra no había cambiado mucho. En A Dictionary of the English Language (de 1755), Samuel Johnson describió el adjetivo “solitario” únicamente en términos del estado de estar solo (el “zorro solitario”), o un lugar desierto (“rocas solitarias”), y tanto como Shakespeare usó el término en el ejemplo anterior de Hamlet.

Es hasta el siglo XIX que la soledad se refiere a una acción, cruzar un umbral o viajar a un lugar fuera de una ciudad, y tiene menos que ver con los sentimientos

Las descripciones de la soledad y el abandono se utilizaron pues para despertar el terror de la inexistencia dentro de los hombres, para hacerlos imaginar el aislamiento absoluto, aislado del mundo y del amor de Dios. Y de cierto modo, esto tiene sentido. La primera palabra negativa que Dios pronunció sobre su creación en la Biblia viene en el Génesis después de que hizo a Adán: “Y el Señor Dios dijo: ‘No es bueno que el hombre esté solo; le haré un ayudante para que le acompañe’ ”. Pero posteriormente, el totalitarismo encontró una manera de cristalizar la soledad ocasional en un estado permanente del ser.

En el siglo XIX, en medio de la modernidad, la soledad perdió su conexión con la religión y comenzó a asociarse con sentimientos seculares de alienación. El uso del término comenzó a aumentar drásticamente a partir de 1800 con la llegada de la Revolución Industrial, y continuó ascendiendo hasta la década de 1990, hora en que se estabilizó, aumentando nuevamente durante las primeras décadas del siglo XXI. La soledad tomó carácter y causa en Bartleby, el escribano: Una historia de Wall Street, de Herman Melville, de 1853, las pinturas realistas de Edward Hopper y el poema de T.S. Eliot, La tierra baldía, de 1922. La soledad, al menos en lengua inglesa, está pues arraigada al panorama social y político, romantizado, poetizado y lamentado.

Pero a mediados del siglo XX, Arendt abordó la soledad de manera diferente. Para ella, era tanto algo que se podía hacer como algo que se experimentaba. En la década de 1950, mientras intentaba escribir un libro sobre Karl Marx en el apogeo del macartismo, llegó a pensar en la soledad en relación con la ideología y el terror.

Arendt pensó que la propia experiencia de la soledad había cambiado bajo condiciones de totalitarismo: Lo que prepara a los hombres para la dominación totalitaria en el mundo no totalitario es el hecho de que la soledad, que alguna vez fue una experiencia límite que generalmente se sufría en ciertas condiciones sociales marginales como la vejez, se ha convertido en una experiencia cotidiana de las masas cada vez mayores de nuestro siglo.

El totalitarismo en el poder encontró una manera de cristalizar la experiencia ocasional de soledad en un estado permanente del ser. Mediante el uso del aislamiento y el terror, los regímenes totalitarios crearon las condiciones para la soledad y luego apelaron a la soledad de las personas con propaganda ideológica.

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Antes de que Arendt se marchara para enseñar en Berkeley, había publicado el ensayo Ideología y terror, en 1953, que trataba sobre el aislamiento y la soledad en un Festschrift (o libro de honor) para el 70 aniversario de Jaspers. Este ensayo, junto con su libro Los orígenes del totalitarismo, se convirtió en la base de su curso sobre-inscrito en Berkeley, Totalitarismo.

La clase se dividió en cuatro partes: la decadencia de las instituciones políticas, el crecimiento de las masas, el imperialismo y el surgimiento de los partidos políticos como ideologías de grupos de interés. En su conferencia de apertura, enmarcó el curso reflexionando sobre cómo la relación entre la teoría política y la política se ha vuelto dudosa en la era moderna. Argumentó que había una voluntad general cada vez mayor de acabar con la teoría en favor de meras opiniones e ideologías.

Muchos”, dijo Arendt, “piensan que pueden prescindir por completo de la teoría, lo que, por supuesto, sólo significa que quieren que su propia teoría, que subyace a sus propias declaraciones, sea aceptada como verdad del evangelio

Arendt se refería a la forma en que se había utilizado la ideología como un deseo de divorciar el pensamiento de la acción: la ideología proviene de la “idéologie” francesa y se utilizó por primera vez durante la Revolución Francesa, pero no se popularizó hasta la publicación de La ideología alemana de Marx y Engels (escrita en 1846) y más tarde de Ideología y utopía de Karl Mannheim (1929), que revisó para Die Gesellschaft en 1930.

En 1958, se agregó una versión revisada de Ideología y terror como una nueva conclusión a la segunda edición de Los orígenes del totalitarismo.

Las soluciones totalitarias”, escribió la filosofa de origen judío, “bien pueden sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios en forma de fuertes tentaciones que surgirán siempre que parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica de una manera digna del hombre”. Cuando Arendt agregó Ideología y terror a Los orígenes del totalitarismo en 1958, el tono de la obra cambió. Los elementos del totalitarismo ya eran numerosos, pero en la soledad encontró la esencia del gobierno totalitario y el terreno común del terror.

Los orígenes del totalitarismo es un trabajo de 600 páginas dividido en tres secciones sobre antisemitismo, imperialismo y totalitarismo. Mientras Arendt trabajaba en él, el texto cambió con el tiempo para incorporar nueva información sobre Hitler y Stalin a medida que el totalitarismo cobraba fuerza inusitada en Europa. La conclusión inicial, publicada en 1951, reflejaba el hecho de que, incluso si los regímenes totalitarios desaparecieran del mundo, los elementos del totalitarismo permanecerían.

Las soluciones totalitarias”, escribió la filosofa de origen judío, “bien pueden sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios en forma de fuertes tentaciones que surgirán siempre que parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica de una manera digna del hombre”.

Cuando Arendt agregó Ideología y terror a Los orígenes del totalitarismo en 1958, el tono de la obra cambió. Los elementos del totalitarismo ya eran numerosos, pero en la soledad encontró la esencia del gobierno totalitario y el terreno común del terror.

¿Pero por qué hasta hoy la soledad no es lo obvio? La respuesta de Arendt fue: porque la soledad separa radicalmente a las personas de la conexión humana. Ella definió la soledad como una especie de desierto donde una persona se siente abandonada por toda la mundanalidad y la compañía humana, incluso cuando está rodeada de otros

La palabra que usó en su lengua materna para la soledad fue Verlassenheit, un estado de abandono o abandono a secas. La soledad, argumentó, es “una de las experiencias más radicales y desesperadas del hombre”, porque en la soledad somos incapaces de realizar nuestra plena capacidad de acción como seres humanos. Cuando experimentamos la soledad, perdemos la capacidad de experimentar cualquier otra cosa; y, en la soledad, somos incapaces de comenzar de nuevo.

El totalitarismo destruye pues la capacidad del hombre para pensar, mientras convierte a cada uno en su solitario aislamiento contra todos los demás.

Para ilustrar por qué la soledad es la esencia del totalitarismo y el terreno común del terror, Arendt distinguió el aislamiento de la soledad y la soledad de la soledad. El aislamiento, argumentó, a veces es necesario para la actividad creativa. Incluso la mera lectura de un libro, dice, requiere cierto grado de aislamiento. Uno debe alejarse intencionalmente del mundo para hacer espacio para la experiencia de la soledad, pero, una vez solo, uno siempre puede volver atrás:

El aislamiento y la soledad no son lo mismo. Puedo estar aislado, es decir, en una situación en la que no puedo actuar, porque no hay nadie que actúe conmigo, sin sentirme solo; y puedo sentirme solo, es decir, en una situación en la que yo, como persona, me siento abandonado por toda compañía humana, sin estar aislado.

El totalitarismo utiliza el aislamiento para privar a las personas de la compañía humana, haciendo imposible la acción en el mundo, mientras destruye el espacio de la soledad

La banda de hierro del totalitarismo, como lo llama Arendt, destruye la capacidad del hombre para moverse, actuar y pensar, mientras convierte a cada individuo en su solitario aislamiento contra todos los demás y contra sí mismo. El mundo se vuelve un desierto, donde ni la experiencia ni el pensamiento son posibles.

Los movimientos totalitarios utilizan la ideología para aislar a los individuos. Aislar significa “hacer que una persona esté o permanezca sola o separada de los demás”.

Arendt dedica la primera parte de Ideología y terror desglosando las “recetas de las ideologías” en sus ingredientes básicos para mostrar cómo se hace esto:

  • Las ideologías están divorciadas del mundo de la experiencia vivida y excluyen la posibilidad de una nueva experiencia.
  • Las ideologías se preocupan por controlar y predecir la marea de la historia.
  • Las ideologías no explican lo que es, explican lo que se convierte.
  • Las ideologías se basan en procedimientos lógicos de pensamiento que están divorciados de la realidad.
  • El pensamiento ideológico insiste en una “realidad más verdadera”, que se esconde detrás del mundo de las cosas perceptibles.

La forma en que pensamos sobre el mundo afecta las relaciones que tenemos con los demás y con nosotros mismos. Al inyectar un significado secreto a cada evento y experiencia, los movimientos ideológicos se ven obligados a cambiar la realidad de acuerdo con sus pretensiones una vez que llegan al poder. Y esto significa que uno ya no puede confiar en la realidad de las propias experiencias vividas en el mundo. En cambio, se le enseña a uno a desconfiar de sí mismo y de los demás, y a confiar siempre en la ideología del movimiento, que debe ser la correcta.

Pero para hacer que los individuos sean susceptibles a la ideología, primero debe arruinar su relación con ellos mismos y con los demás haciéndolos escépticos y cínicos, para que ya no puedan confiar en su propio juicio:

Así como el terror, incluso en su forma pretotal, meramente tiránica, arruina todas las relaciones entre los hombres, así la autocomulsión del pensamiento ideológico arruina toda relación con la realidad. La preparación ha tenido éxito cuando las personas tienen contacto con sus semejantes así como con la realidad que les rodea; pues junto con estos contactos, los hombres pierden la capacidad tanto de experiencia como de pensamiento.

El sujeto ideal del gobierno totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre realidad y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre verdadero y falso (es decir, los estándares de pensamiento) ya no existen

La soledad organizada, derivada de la ideología, conduce al pensamiento tiránico y destruye la capacidad de una persona para distinguir entre la realidad y la ficción, para emitir juicios. En la soledad, uno no puede mantener una conversación con uno mismo, porque la capacidad de pensar está comprometida.

El pensamiento ideológico nos aleja del mundo de la experiencia vivida, mata de hambre a la imaginación, niega la pluralidad y destruye el espacio entre los hombres que les permite relacionarse entre sí de manera significativa. Y una vez que el pensamiento ideológico ha echado raíces, la experiencia y la realidad ya no se relacionan con el pensamiento. En cambio, la experiencia se ajusta a la ideología en el pensamiento. Por eso, cuando Arendt habla de la soledad, no se refiere sólo a la experiencia afectiva de la soledad: se refiere a una forma de pensar. La soledad surge cuando el pensamiento se divorcia de la realidad,

Pensamos a partir de la experiencia, y cuando ya no tenemos nuevas experiencias en el mundo para pensar, perdemos los estándares de pensamiento que nos guían a pensar en el mundo. Y cuando uno se somete a la compulsión de sí mismo del pensamiento ideológico, renuncia a la libertad interior de pensar. Es esta sumisión a la fuerza de la deducción lógica lo que “prepara a cada individuo en su solitario aislamiento contra todos los demás” para la tiranía. El libre movimiento en el pensamiento es reemplazado por la corriente propulsora y singular del pensamiento ideológico.

En uno de sus diarios de pensamiento, Arendt pregunta: Gibt es ein Denken das nicht Tyrannisches ist? (¿Hay alguna forma de pensar que no sea tiránica?). Ella sigue la pregunta con la afirmación de que el objetivo es resistirse a ser arrastrada por la marea. ¿Qué permite que los hombres se dejen llevar? Arendt sostiene que el miedo subyacente que atrae a la ideología es el miedo a la auto-contradicción. Este miedo a la autocontradicción es la razón por la que pensar en sí mismo es peligroso, porque pensar tiene el poder de desarraigar todas nuestras creencias y opiniones sobre el mundo.

Pensar puede perturbar nuestra fe, nuestras creencias, nuestro sentido de autoconocimiento. El pensamiento puede despojarnos de todo aquello en lo que valoramos, en lo que confiamos y damos por sentado día a día. Pensar tiene el poder de deshacernos

Pero la vida es complicada. En medio del caos y la incertidumbre de la existencia humana, necesitamos un sentido de lugar y significado. Necesitamos raíces. Y las ideologías, como las sirenas en la Odisea de Homero, nos atraen. Pero quienes sucumben al canto de sirena del pensamiento ideológico, deben alejarse del mundo de la experiencia vivida. Al hacerlo, no pueden enfrentarse a sí mismos pensando porque, si lo hacen, corren el riesgo de socavar las creencias ideológicas que les han dado un sentido de propósito y lugar.

En pocas palabras: las personas que se suscriben a la ideología tienen pensamientos, pero son incapaces de pensar por sí mismas. Y es esta incapacidad de pensar, de hacerse compañía, de darle sentido a las experiencias de uno en el mundo, lo que los hace sentir solos. De modo que uno no pudo encontrar el espacio privado y autorreflexivo necesario para pensar.

El argumento de Arendt sobre la soledad y el totalitarismo no es fácil de tragar, porque implica una especie de ordinariedad sobre las tendencias totalitarias que apelan a la soledad: si no estás satisfecho con la realidad, si abandonas el bien y siempre pides algo mejor, si no estás dispuesto a enfrentarte cara a cara con el mundo tal como es, entonces serás susceptible al pensamiento ideológico. Serás susceptible a la soledad organizada.

Cuando Arendt le escribió a su esposo: “Simplemente no puedo exponerme al público cinco veces a la semana; en otras palabras, nunca salgo de la vista del público. Siento que tengo que andar buscándome a mí misma”, no se quejaba en vano de protagonismo. La exposición constante a una audiencia pública le impidió hacerse compañía. No pudo encontrar el espacio privado y autorreflexivo necesario para pensar. No pudo poblar su soledad.

Ésta es una de las paradojas de la soledad. La soledad requiere de estar solo, mientras que la soledad se siente más agudamente en compañía de otros. Así como dependemos del mundo público de las apariencias para el reconocimiento, necesitamos el reino privado de la soledad para estar a solas con nosotros mismos y pensar.

Y esto es de lo que Arendt fue despojada cuando perdió el espacio para estar a solas consigo misma. “Lo que hace que la soledad sea tan insoportable”, dijo, “es la pérdida de uno mismo que se puede realizar en la soledad…”.

En la soledad, uno puede hacerse compañía, entablar una conversación con uno mismo. En la soledad no se pierde el contacto con el mundo, porque el mundo de la experiencia está siempre presente en nuestro pensamiento. Para citar a Arendt, citando a Cicerón: “Nunca un hombre es más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está solo”.

Esto es lo que destruyen el pensamiento ideológico y el pensamiento tiránico: nuestra capacidad de pensar con y para nosotros mismos. Y ésta es la raíz de la soledad organizada.

  • Ilustración: Nigel Van Wieck

Predial 2021