Entre los gritos de la tamalera, los de la vendedora de elotes y la ronca y elocuente voz de quien ofrece gelatinas, alcanzo a escuchar un sollozo persistente. Alguien se lamenta por la pérdida de su amada. Noto que la presencia de ese Orfeo no es del agrado de las comerciantes, ni de los escasos marchantes que merodean la zona. Pese a que la mayoría lleva cubrebocas, estoy seguro que musitan maldiciones para que se calle.

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Los bochornos del amor roto no son propiamente contagiosos como los virus, sólo remiten a una escena compartida por todos aquellos que en secreto llevan un corazón despostillado. Y a casi nadie le agrada que le toquen una herida jamás sanada.

Masco pepitas tatemadas de calabaza mientras observo la escena y me pregunto: ¿murió su Eurídice o sólo le dio un tosco adiós?, ¿llora al amor refundido en las cloacas de la indiferencia para conmover a ratas y cucarachas y así le sea devuelta su tracia?, ¿son las palabras que profiere un alegato del corazón o mera retórica genital?, ¿sufre por la evidencia de una infidelidad, o sus lamentos y gruñidos son el eco de un ego en plena demolición? Quizá sufre por la encajosa tarea de volver a encandilar a una nueva auloníade.

Las respuestas en realidad no tienen importancia, ni siquiera el brote de empatía que crece en mí, lo mejor será largarme lo más pronto posible de este escenario, no sea que la tamalera, la de los elotes y la gelatinera sean poseídas por las ménades y se carguen al feo Orfeo

Es claro que mi espíritu está, en este momento, más cercano al del viajero y curioso Pausanias, que al de un Virgilio o al de un Ovidio.

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En 1934 W. K. C. Guthrie publicó Orfeo y la religión griega (Estudio sobre el “movimiento órfico”), luego, en 1952, por invitación de sus editores, reimprime, con muy pocas variaciones, la misma obra, considerando que difícilmente se encontrarán nuevos datos significativos que revolucionen la naturaleza de su investigación. Aclara en el prefacio de la reimpresión que la novedad vendrá de las interpretaciones a las que sea sometido el conjunto o las partes del fenómeno órfico.

Carlos García Gual, una verdadera eminencia en esto de la filología griega, comenta que afortunadamente el inglés tuvo el tino de equivocarse. Y el comentario viene a colación cuando reseña los dos tomos del portentoso: Orfeo y la tradición órfica (Un reencuentro), que compilan y editan A. Bernabé y F. Casadesús. Entre las novedades que son consideradas, y de las que no tenía noticia W. K. C. Guthrie, resultan relevantes unas jocosas pinturas en vasos de Tarento; las misteriosas inscripciones en hueso, datadas en siglo V, a. E., encontradas en Olbia (colonia griega a las orillas del Mar Negro); las instrucciones para la catábasis del iniciado descubiertas en laminillas áureas de algunos sepulcros en Italia y Creta; y, eminentemente, el papiro de Derveni (del s. IV, a. E.), receptáculo de una doxa presocrática a un antiguo poema órfico, posiblemente escrito en el s. V, a. E.

Entre el estudio de W. K. C. Guthrie y los de A. Bernabé y F. Casadesús, son de llamar la atención los libros de Marcel Detienne: La muerte de Dioniso y, posteriormente, La escritura de Orfeo. Sin embargo, y esta licencia me la permite la más rampante ignorancia, no hay en todas estas obras un esclarecimiento sobre la figura de Orfeo, es decir, y por supuesto que esto importa un comino, nadie se atreve a dar por sentado que Orfeo fuera un personaje histórico. Y cómo estás líneas no tienen por cometido arañar el orfismo, ni propiamente toda la mitografía que implicaOnomakluton ’Orfhn, según reza la primera referencia histórica legada en el s. VI a. C., por el poeta Ibykos (también Íbico) de Regio. Y ya que dejé ver mis orejas de burro, echo más gasolina al fuego: Orfeo no existió como quisieran algunos émulos, fue, y lo es, un personaje mítico que aún hoy vive cada que nos posee, como cuando hacemos de poeta o músico heroico, como en las Argonaúticas de Apolonio, o de vate trágico, como nos lo presentan Eurípides, Hermesianacte, Fanocles, Diodoro Sículo, Virgilio, Ovidio, Séneca, Clemente de Alejandría, Orígenes, Marciano Capela, Fulgencio y Boecio, por mencionar sólo a autores que no rebasan la baja Edad Media.

¿Quién no se ha visto representando al tracio cuando escribe y lee un poema que intenta ser la contra de una canción excrementicia interpretada por el hiphopero de moda…?           

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Fanfarronear que no he estado en las cavernas de la desilusión y la conmiseración por una relación fallida equivaldría a negar que jamás sudo cuando camino bajo un sol hostil e iracundo.

Actualizamos el mitema del tracio y su ninfa cada vez que rota una relación viajamos al infierno de las evidencias para volver con las manos vacías. En el mayor de los casos, esas famosas segundas oportunidades, esos volver a intentarlo, “voy a cambiar, lo prometo” no son más que una catábasis al ton y son de lo que hoy es el infierno entre nosotros: nuestra propia oscuridad proyectada como angustia existencial.

Y para notar esto no es que me ciña a una vaga alusión a Kierkegaard o Sartre, sino que ya viene anunciada desde Lucrecio en su De Rerum Natura: “Para nosotros Ticio está en esta vida: es el hombre arrojado en brazos del amor, es el hombre al que desgarran los buitres de los celos y al que devora una angustia irracional, o bien aquel cuyo corazón se parte en las penas de cualquier otra pasión (III, 978 y ss.)”.

Sorprende la actualidad de Lucrecio respecto al infierno de las pasiones, en particular la que concierne a las relaciones de pareja, pero el infierno de Lucrecio es más vasto y rico, es decir, sus analogías entre la geografía y población del Hades y las de la Tierra, tocan casi cualquier aspecto de la vida de las personas, ya sea que vivan solas o en comunidad

Un estudioso de los infiernos como Gorges Minois nos dice que: la idea del infierno ha evolucionado, pasando de la noción de castigo infligido por una falta moral a la de angustia existencial (Historia de los infiernos, p. 482)”.

Ese muchacho de torpes pasos y de joroba pronunciada, que desliza sin cansancio su dedo índice en el smartphone, es uno de tantos Orfeos viajando a través del Hades neuronal de su cabeza. Su angustia existencial a estas alturas no le deja recordar la advertencia de Perséfone. Y cuando crea recuperar a su virtual Eurídice, ella desaparecerá como el humo que impalpable en el aire se disipa (Geórgicas, IV, 500-501).

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La figura de Orfeo condensa una rica mitología en torno a sus hazañas y proezas. Algunos historiadores de la religión, con tendencia comparativista, y mitógrafos contemporáneos segmentan el mito de Orfeo en mitemas, unidades míticas significativas mínimas, para hacer notar cómo, a través de adiciones y borraduras, se construye una narrativa hasta cierto punto homogénea. Recordemos que la naturaleza del mito es el cambio, nunca se puede decir que tal o cual versión sea la ganona, es decir, la que ostente el título de originaria. Aunque no soy un entusiasta de jergas y tecnicismos me parece bastante útil el que a cada mito se le diseccione para entrever los mitemas que lo componen.

Más arriesgado, y por ello más cautivador, es el hecho de que algunos especialistas en estas áreas, como Karl Kerényi, al comparar mitemas de distintas culturas apueste por proponer el innegable parecido entre el contenido de un relato y otro. Puede que cambien, y no dejan de ser relevantes, el escenario, la datación del mitema, el orden de la enunciación, pero no la actividad humana primordial.

Esta constante, que en la psicología analítica C. G. Jung llamó arquetipo, Kerényi la refiere, en el orbe de la mitología, como mitologema. Sí el arquetipo compete a lo individual-colectivo, los alcances del mitologema son cósmicos. Dice Kerényi, en La religión antigua: la realidad cósmica fue reproducida en sustancia humana”. El mitologema capta, de alguna manera, cómo es que estas actividades primordiales dan y aportan orden. Y para que exista orden es necesaria la presencia de constantes, de historias y relatos que se cuentan de muchas maneras, y que continúan siendo sin embargo las mismas narraciones (Cfr. Los dioses griegos). 

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Evito los autobuses colectivos salvo cuando mi haraganería me persuade de lo contrario. Es una lata ir leyendo parado, incluso cuando voy sentado me mareo al cabo de un rato. Las letras y los párrafos se mueven y mis ojos no son tan diestros como quisiera. Es cierto que mi inclinación por el chismorreo, a veces sutil, otras bastante obsceno, me reporta placeres y alegrías comparadas a lamer una bola de helado con sabor a nuez o a pistache.

Y un placer se cultiva, creo, a través de la privación, es decir, que no siempre me engolosino y atraganto de lo que me agrada. Mientras los tramos no sean largos y esté trepado en un autobús me olvido del libro en mano y aguzo mi oído y vista para todo aquello que estimule mi morbo.

Gozo al escuchar los embarazos no planeados, la renuncia postergada a un jefe bizco y sudoroso, el indiscreto comercio de calzones estampados, las aventuras de un novio idiota alelando a su víctima mientras la abraza y besa con su boca rebosante de un vaho a salsa Puya y crema vegetal

En esta nutrida fauna de humanos nunca falta el niño que masca chicle y luego se lo pega a su hermanita en la trenza, el anciano rezandero que vaticina el fin del mundo y proclama la salvación a través de un rito sórdido y estruendoso.

Cada cual va con su cielo e infierno en la cabeza y en los labios. Por supuesto que la mayoría va enajenada en su smartphone, cazando fotos que aviven sus celos, sus erecciones o tijerazos. Todo este hervidero de pasiones estériles y repugnantes se ve entorpecido y pisoteado cuando sube el músico con guitarra en mano, dispuesto a picotear con púas enconosas los oídos de todos nosotros.

Comienza su ritual con palabras pergeñadas de supuesto agradecimiento, jamás declara que insuflará una migraña digna de hospitalización. Llama música a los chirridos de su instrumento y a sus pujidos bautiza con dolo como cantos inspirados. El neurótico que habita en mí desea con ansiedad darle unas monedas para que se calle y saque su culo del bus antes de que arda Troya.

Callo. Tirito. Sudo. Cambio de parecer. Pienso: es mejor escuchar a este tipo que a otras alimañas más modernas, esas que ahora cargan con un altavoz y cacofonean una retahíla de victimización; pobrecillos, dicen los transeúntes dadivosos, la maldita sociedad los ha hecho adictos a la piedra y al cristal, a robar para poder criquear, su mami y su papi son malos porque les pegaron unos cocotazos demasiado violentos, en fin, así es como se aprende sociología desechable y no en un aula. Y aunque no me guste la idea, lo cierto es que también estos híbridos de un Che Guevara, de un Maluma pobretón, de Santa Grifa y C-kan son poseídos por Orfeo, santo patrono de músicos y poetas. Sólo que ellos no conmueven a las plantas silvestres y a las piedras, como lo hacía el tracio, sino que se las fuman. No hay necesidad de sospechar que exagero e interpolo un mitema fundacional con el anodino caso de un músico crico, lo hago impunemente.

Recuerdo que leí hace poco, por accidente, la cabeza de un diario amarillista: Levantan al Dylan mientras rapeaba entre sus compas el domingo, el martes encuentran su cabeza en el río (SIC)… al ver las fotos debajo de este rotulo caí en cuenta que la cabeza flotante en el río lleva una pipa para quemar crico y una cartulina pegada con un mensaje ininteligible, es decir, un oráculo.

Entre los mitemas que componen el mito de Orfeo se cuenta cómo las ménades (en otras versiones son las mujeres tracias, por ejemplo en Fanocles), lo descuartizaron en los montes libetrios, por uno y muchos motivos (celos), y luego de la carnicería arrojaron su cabeza (y su lira) a las aguas rumbo a Lesbos; la cabeza seguía emitiendo oráculos

Este tipo de relaciones me hacen imaginar que no estoy tan lejos del mundo antiguo, y que Orfeo camina entre nosotros. Yo, que a ratos hago de poeta, también he perdido la cabeza por una y otra Eurídice.

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Trascribo este fragmento del Butes de Pascal Quignard: Cuando Orfeo sube al puente, se sienta. Sentado tañe la cítara con su plectro. Hace la contra al canto de Ligeia, de Leukosia, de Parténope. Apolonio dice que rechaza su canto, que trata de enturbiar la llamada de sus voces mediante un ritmo extremadamente ruidoso y rápido hasta que sus oídos zumban con el ruido del plectro (ἐπιβσομέωνται ἀκοναὶ κρεγμῷ)”.

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Platicando con un tipo que se autonombra “despierto” reparo en algo: el amor a lo órfico no desaparece de nuestros confines mentales y cardiacos. El despierto me persuadió, y he de confesar que abolló mi coraza, de olvidar esas historias tontas y limitantes.

Mira hermano, hoy el amor parte de uno, lo que tu Orfeo tenía era una dependencia emocional muy patológica, quién, por amor propio pisa el Hades: nadie, obvio. Desde que me amo ya no siento celos ni inseguridades, obvio tampoco pienso en retener a la fuerza, si ella se quiere ir a un retiro espiritual al infierno pues yo la respeto y, obvio, sigo con mi vida. De hecho, tuve que vivir una historia parecida que me llevó a la mayor crisis de mi vida y eso, obvio, me permitió despertar. Obvio, ya no como carne y disfruto cantando a los árboles y a los pájaros porque soy un hijo de la madre Tierra”.

Agradecí al despierto su instrucción y seguí mi camino, luego me vino a la mente el recuerdo de los ritos de iniciación órfica. Mientras pedía a la señora de las quesadillas una con chicharrón prensado doble, imaginé al amigo despierto entre los órficos, absteniéndose de animales sacrificados (no reencarnamos sólo en vidas humanas, sino también en animales silvestres y domésticos), espero no estar tragándome a la madre del despierto.            

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En una biografía antigua sobre Virgilio se cuenta que el vate componía cada mañana muchos versos; tenía la costumbre de dictarlos y durante todo el día los corregía hasta condensarlos en muy pocos, diciendo, no sin razón, que paría su poema a la manera de una osa y que lo perfeccionaba lamiéndolo.

Virgilio, al igual que Orfeo, encantó con su poesía todo aquello que se cruzó por su existencia, de hecho, tuvo a sus pies un imperio que inmortalizó con la Eneida, poema kilométrico al que le faltaron lamidas de osa. La angustia existencial del oriundo de Mantua es desmenuzada hasta el mínimo detalle por un clásico del siglo XX, La muerte de Virgilio, del vienés Hermann Broch, por cierto, otro gran Orfeo.

Hoy en día muchos de los poetas se esmeran y trabajan por perfeccionar sus poemas, afortunadamente la mayoría, infectados por la lepra académica o del mercado, terminan lamiendo un óbito de osa. Orfeos que hoy se contentan con presumir su novedoso plectro en fotos y mensajes de redes sociales

Pero cuando se trata de ganar una beca o leer en público (inexistente, por cierto), se opta entonces por la criminal espontaneidad (la palabra es sí misma es obscena y odiosa como el caramelo que se pega en los dientes), por la bobería que disecciona una mala prosa en un pésimo poema.

Quedan los músicos, que se chupan los dientes y frotan un palo de escoba, con la misma enjundia con la que se masturban, y que luego llaman a esto no-música pero que la comercializan como música. Y no olvidemos a los vocalistas de las aclamadas “bandas”, hijos también de Orfeo, verdaderos redrojos de cursilería que no merecen comentario alguno, salvo un atronador eructo que pronto lo presumirán como un Grammy.     

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Resignado a un infierno menor, al que ofrece el músico de la guitarra, me tomo la situación con menos gravedad. Paso de oír a escuchar. Luego me arrepiento y vuelvo a oír, una cosa es practicar la tolerancia y otra es propinarles una ojeriza a mis oídos. Digo que pienso, pero en realidad hago analogías. El músico de la guitarra de pronto se convierte en un Orfeo. Todo el panorama cambia. Cierto, este tipo lo único que quiere es salvarnos el pellejo ante los cantos de las sirenas. Apuesto la morralla que me dio el camionero a que aquí hay un emulo de Apolodoro de Rodas, y ya tiene en mente una recomposición de las Argonáuticas. Aunque parece que la suerte de todos los que vamos en el autobús sea la de Butes, el único personaje que se dejó seducir por las sirenas.

  • Ilustración: Jean-Baptiste Camille Corot