Fue en el año mil novecientos noventa y nueve, a unos meses antes de que el mundo no acabara pese a las profecías y vaticinios de más de una furibunda pitonisa… 

Pero hay que guardar silencio, absoluto silencio-, me dijo Alma, mi amiga rara de la preparatoria. Antes, de su boca había salido una escueta invitación a un concierto de música clásica. Su novio, no sé hasta ahora el motivo o la razón, le avisó que no podía acompañarla. Ella tenía un par de boletos y no quiso desperdiciar la entrada sobrante. Así que me invitó con las reservas de alguien que incita a un malhumorado a enrolarse en una fiesta infantil donde los payasos y las cancioncillas son el principal atractivo.

Recuerdo que me tomé muy en serio lo del silencio. Sentado en la butaca me prohibí toser, estornudar, tragar saliva, y ni qué decir de los eructos o flatos, desterrados sin miramientos.

Nunca había estado en un concierto de música clásica. No sabía lo que venía, lo que escucharía. Sudaba y mis manos parecían dos barras de mantequilla bajo el sol de un verano joven y optimista

Y de pronto, comenzó el concierto. Sentí culpa por no poder evitar el tenue ruido que mis lagrimas ocasionaban al impactarse en mi camisa ya casi al final del concierto, cuando de Beethoven y de Serguéi Rajmáninov sólo quedaba un eco moribundo. No fue la música de esos dos portentos la que me cimbró, fue, una pieza de Olivier Messiaen. Me sentí otro al escuchar esa música, ya no era el muchacho hostil y cavernario que solía ser.

Dice Ángelo Medina, en su hermoso libro de aforismos Pensar con el oído (E1 ediciones, 2020), que: “Somos uno cuando oímos, y otro cuando no lo hacemos. El que oye jamás coincidirá con el otro. El oír nos separa“.

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Me aficioné a la música, a los conciertos que ofrecía la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG) cada último jueves de mes. Ahorraba para comprar el boleto de entrada. Nunca más volví a salir acompañado a un concierto en aquella época. Sin embargo, seguía el precepto de mi amiga Alma: guardar silencio, absoluto silencio. Este recuerdo ha resucitado, junto con las emociones de aquel entonces, gracias a varios de los aforismos que ha compuesto Medina en Pensar con el oído.

Ahora, disculpen el exabrupto, pienso en términos mágicos, en esa noción que Jung gustaba llamar sincronicidad. Me explico. Días antes de que leer el libro de Medina, releía a Quignard, dos de sus libros en particular: Butes y El odio a la música (Diez pequeños tratados). Libros que, de alguna manera, prevén, compilan y remarcan el lado oscuro, la sombra, de la música.

Pienso que Quignard, al igual que Marx, Nietzsche y Freud (pensadores de la sospecha, los llamó Paul Ricoeur), lanza un ultimátum contra la concepción de una música desprovista de perversidad

La música, después de esas lecturas, ya no se me presentó como esa etérea e inmaculada creación del espíritu. Para no entrar en los detalles que destila Quignard puedo, burdamente, atomizar una conclusión provisional: con un poco de esmero es posible envilecer hasta la música y, consecuentemente, la música envilece y degrada al más delicado de sus relicarios.

La música ya no es el anverso del ruido, dice Quignard en el noveno tratado de El odio a la música, que lleva por título Desencantar, anota: Durante el curso del siglo veinte una lógica historial, fascista, industrial, eléctrica -cualquiera sea el epíteto que se quiera retener- se apoderó de los sonidos amenazadores. La música, no por el incremento de su uso (su uso, por el contrario, se enrareció) sino por el de su reproducción y audiencia, franqueó la frontera que la oponía al ruido. En la ciudad, la difusión de melodías generó reacciones de fobia y degeneró en una modalidad heroica, bajo forma de asesinatos con carabina.

Quignard, escritor atípico, proveniente de un árbol genealógico de organistas y gramáticos, confiesa, en el mismo tratado: No llegaré a saber jamás en qué momento la música se desprendió de mí. Un buen día, de improviso, toda cosa sonora dejó mi corazón vacío de sabor. Sólo por rutina me acerqué a los instrumentos, o lo hice por su belleza visible. Apenas miraba una partitura, el melos ya no sonaba o se adelgazaba o lo reconocía siempre como igual a otro: nacía el aburrimiento. La lectura de libros persistía con toda su avidez, su ritmo, su carencia en lo hondo de mí mismo, pero no el deseo de algún canto… Se convirtió en una distracción insoportable aquello que para mí era la cima del mundo.

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Dejo a Quignard en paz, pese a que él no me sosegó. Trago amargo, baño con agua helada, ciertamente. Entonces, como decía antes de este breve interludio, sé que abuso de la analogía, pero me permito la licencia dado el contexto, decía, repito, que al cerrar los libros de Quignard, preso de una sospecha punzocortante, llegó a mis ojos, como eventualidad sincrónica, un alivio, un fármaco, otro símil, que ha ido sanando la herida infringida por Quignard.

Y entonces llegó Pensar con el oído, libro de aforismos de Ángelo Medina, que como la Mousiké aludida por Hesíodo, fue vertiendo pequeñas libaciones de olvido en la tristeza que sobrevine a una herida

Leer el libro de Medina ha sido una sanación dosificada. Es cierto que sus aforismos no tienen por único tema la música, está omnipresente el silencio, el oír, la pintura, el misticismo, el pensar, que por fortuna no se presenta con toda la pirotecnia de los retruécanos heideggerianos muy socorridos por los académicos tan panzones de esterilidad pura y llana.

Pensar con el oído es un libro pequeño, pero caben ahí, sin ninguna petulancia y arribismo, una vasta nómina de pensadores y artistas: Elías Canetti, Pierre-Jean de Béranger, Johann Sebastian Bach, Rilke, Nietzsche, Francisco de Osuna, la princesa María Ana Hesse-Homburg; Hölderlin, Pitágoras, Plauto, Zenón de Citio, Georg Pencz, Ramón Llull, Meister Eckhart, Egbert van der Poel, Carel Fabritius, Rembrandt, Vermeer, Virgilio, Munch, Monsieur de Sainte-Colombe, Bartholomeus van der Helst, Alberto Durero, Bernardino de Laredo, John Cage, Nicolas Vallet, Gabriël Metsu, Cicerón, Hugo de san Víctor, Friedrich Wilhelm Marpurg, Heidegger, Salvator Rosa, Vasili Grossman, Ficino, Froberger, Marin Marais, Pieter Bruegel, Charles Fleury Sieur de Blancrocher, san Benito, Apuleyo, Juan de la Cruz, Arnolt Schlick, John Keats, Monteverdi, Guillaume Dufay, Athanasius Kircher.  

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No es el libro de Medina, salvo omisiones abiertas, un exhorto a desconfiar de la música. De hecho, me parece un libro optimista, en el mejor de los sentidos; una suerte de celebración a quien se permite oír no sólo música, sino todo aquello que incentiva eso que se denomina pensar. Pero también hay en estos aforismos una crítica sutil y elegante al ruido, al decir de más, a las habladurías, como gustaba decir a los chismes y confidencias inanes un Martín Heidegger.

Es difícil concebir un conjunto de aforismos que no asomen su veta moralista. Sé que hoy el epíteto crítica moralista puede sonar a insulto trasnochado o, contrariamente, al típico halago que concede una comunidad de salva mundos heroicos. Pero mi referencia no va por ahí, sino a lo que creo es sintomático del aforismo. No digo esencial para evitar líos con los expertos en Platón, ni substancial para rehuir de los aristotélicos recalcitrantes. Incluso me resulta problemático afirmar del aforismo que sea un género literario, sea menor o mayor, y esto no es porque dude de la realidad lingüística del aforismo, sino por mera rebeldía añeja con Aristóteles y Porfirio en eso de pactar como obviedades el género y las categorías.

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Aplazo mi pleito para otra ocasión y sigo con lo del tris de crítica moralista que noto en algunos aforismos de Medina. Dicha critica, afortunadamente, no se vale de instrumentos cerriles y atropellados a los que recurre el panfleto o el sermón, ambos viciados de univocidad cantada y decretada.

Es la ironía el receptáculo y vehículo de la crítica moralista de Medina. Una ironía muy elegante, que se ha amputado el innecesario exabrupto y que es ajena al estrepitoso sarcasmo

Ironía que concede a la brevedad de su enunciación un papel primordial. Cioran, una verdadera eminencia en eso de los aforismos, en su libro Ese maldito yo, ofrece, no sé qué tan voluntariamente, una concisa y lucida definición de la ironía que calza bien para lo que he tratado de ilustrar; dice el de los Cárpatos: La ironía, es impertinencia matizada, ligeramente amarga, es el arte de saberse detener a tiempo. La mínima profundización la aniquila. Si tenéis la tendencia a insistir, corréis el riesgo de hundiros con ella.

Ejemplos de esta definición los encontramos aquí y allá en Pensar con el oído, el título de este escrito es un aforismo de Medina y lo vuelvo a anotar: Oír es estar en lo desconocido. En esa brevedad cabe la impertinencia, cierta amargura y la obligada contención.

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Alguien atento a mis bravuconerías se ha de preguntar: y qué es lo que crítica Ángelo Medina, a quién… y creo que se puede utilizarse, para cerrar este escrito, uno de sus aforismos: La falta de silencio es esta sequía de pensamiento.

Ya me dirán los futuros lectores de Medina todo lo que he omitido.

  • Ilustración: Kathy Ager

OCT 2