Nos hemos negado a la vejez.

Pensamos que evadirla o buscar no advertir que es un horizonte venidero basta para que no exista, como si mantenerla bajo la ley del ocultamiento le quitara ese matiz monstruoso tan propio de lo que llamamos futuro.

Y no nos importa ser precavidos ni dedicarle más tiempo ni la comprensión que vaya más allá de la condescendencia hipócrita, miedosa, fronteriza con la lástima. Nos asusta, y entonces la borramos de un plomazo.

Preferimos una meta más dúctil, en donde creemos que sí hay control.

Pienso que por eso hemos destinado tanto esfuerzo a invadir el mundo infantil con los algodones que lo protejan mientras que al mundo geriátrico lo hemos visto de lejos, dejamos constancia de que no lo entendemos, y no lo vamos a comprender porque no hemos pasado, ni queremos pasar por ahí.

Decía Roberto Bolaño que lo que no comprendemos preferimos ignorarlo

Estoy hablando de que en lugar de mirar el fin del camino y pensar en nuestros viejos, o en nosotros como peregrinos hacia ese destino, nos regresamos a ver qué hacer con nuestros hijos irrumpiendo ese territorio infantil que, a pesar de ser incomprensible, presumimos que podemos controlar y moldearlo con manuales, estudios y explicaciones por haberlo vivido: todos podemos decir que fuimos niños y pensamos en una mejora para las generaciones venideras.

Nos cuesta un poco más prepararnos una vida de adulto mayor mejor pensada.

El mundo infantil ha sido ponderado en nuestros días, como si quisiéramos saldar una cuenta mientras. Durante mucho tiempo hubo un vacío entre el día de nacimiento y el momento de alcanzar el momento de ser algo más que un apéndice de la madre. Parece que deseamos transformarlo en algo ideal.

El mundo infantil es un espacio al que todo mundo miramos y pensamos que sabemos de qué va

Quizá nunca dejamos de buscar la fuente de la eterna juventud como los alquimistas. Quizá por eso la vejez nos interesa tanto como una batalla perdida. Es el anuncio de nuestro fracaso y, esta vida, como va por estos días, huye de ese fantasma, es una sombra que buscamos alumbrar con nuestros recuerdos hacia la infancia y la juventud, la marginamos como quien deja para el final lo que no quiere buscando no tener que comérselo. Pero es inevitable.

Miramos muy poco o nos cuesta trabajo hacer más fácil la vida de nuestros ancianos, que seremos nosotros en algún momento.

Mientras que a los niños buscamos encerrarlos en un espacio casi bucólico donde queremos que tengan lo que nosotros no tuvimos, que no sufran lo que nosotros sí, a los del eufemismo de la tercera edad medio los abandonamos en algunas ocasiones como si dijéramos que como ya vivieron no hace falta tanto que les hagamos caso. Y eso, los olvidamos o los dejamos un poco a esperar la muerte.

No sé si es insensible pero lo que sospecho que sí podría ser es que somos algo inconscientes, como si nos costara mucho trabajo comprender eso que nos atemoriza, como si, ya lo dije, fuéramos incapaces de pensar en el futuro, ése que sí nos parece un monstruo.

  • Ilustración: Hans Baldung (detalle)
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