Facebook, Twitter, Instragram, TikTok… ¿Por qué algunas personas encuentran reconfortante pensar en la vida como una historia?, ¿y por qué otros encuentran en eso algo absurdo? ¿Qué es narrativa y que no?

Cada uno de nosotros construye y vive unanarrativa’ ”, escribió el neurólogo británico Oliver Sacks, “esta narrativa es nosotros”.

Asimismo, el psicólogo cognitivo estadounidense Jerome Bruner ha dicho a últimas fechas que: “El yo es una historia reescrita perpetuamente”. Y: “Al final, nos convertimos en las narrativas autobiográficas mediante las cuales contamos nuestras vidas”.

Por su parte, un psicólogo estadounidense Dan P. McAdams comenta que: “Todos somos narradores de historias y somos las historias que contamos”.

Y está también el filósofo moral David Velleman que dice que: “Nos inventamos a nosotros mismos… pero realmente somos los personajes que inventamos”.

En las antípodas, otro filósofo norteamericano como Daniel Dennett, dice que: “todos somos novelistas virtuosos, que nos encontramos involucrados en todo tipo de comportamiento… y siempre ponemos las mejores ‘caras’ que podemos. Tratamos de hacer que todo nuestro material sea coherente en una sola buena historia. Y esa historia es nuestra autobiografía. El principal personaje de ficción en el centro de esa autobiografía es uno mismo”.

Esto es lo que dicen los narrativistas. Nos contamos nosotros mismos y somos nuestras historias. Existe pues un consenso notablemente sólido sobre esta afirmación, no sólo en las humanidades sino también en la psicoterapia. Está vinculado de manera estándar con la idea de que la auto-narración es buena y necesaria para una vida humana plena

Con todo, y a pesar de la belleza de todas estas proposiciones, esto falso. Y es falso porque lo cuentan ellos mismos, por cómo nos lo cuentan, y es falso también que siempre sea algo bueno. Porque no son éstas verdades humanas universales, incluso cuando limitamos nuestra atención a los seres humanos que cuentan como psicológicamente “normales”, como lo que aquí haremos, como lo que intentamos aquí hacer, o lo que hacemos. No son pues verdades humanas universales, incluso si son ciertas para algunas personas, o incluso para muchas, o para la mayoría.

Los narrativistas, en el mejor de los casos, están generalizando a partir de su propio caso, de una manera demasiado humana. En el mejor de los casos, digo: lo principal es dudar que lo que dicen sea una descripción precisa, incluso cuando se trata de la que hacen de ellos mismos.

Pero ¿qué es lo que esto significa exactamente? No está claro. Sin embargo, parece que hay algunos tipos profundamente narrativos entre nosotros, donde ser Narrativo con “N” mayúscula es estar naturalmente dispuesto a experimentar o a concebir la propia vida, la propia existencia en el tiempo, uno mismo, de manera narrativa, como si tuviera la forma de una historia, o tal vez la de una colección de historias, y —de alguna manera— vivir en y a través de esta concepción.

La popularidad de la visión narrativista es pues una evidencia —prima facie, o en principio— de que existen tales personas. Lo que es probable. Pero muchos de nosotros “no somos narrativos” en este sentido. Curiosamente, lo que sí somos —natural y muy profundamente— es no narrativos. Somos anti-narrativos por constitución fundamental. No es sólo que las liberaciones de la memoria sean, para nosotros, irremediablemente fragmentadas y desordenadas, incluso cuando estamos tratando de recordar una secuencia de eventos temporalmente extendida. El punto es más general. Se trata de todas las partes de la vida, los grandes caos de la vida, como lo llamaría el novelista inglés Henry James.

Esta parece pues una caracterización mucho mejor de la estructura a gran escala de la existencia humana tal como la encontramos. La vida simplemente nunca se asume como una forma de historia para nosotros. Y tampoco, desde un punto de vista moral, debería hacerlo

La tendencia a atribuir el control a uno mismo es, como dice el psicólogo social Dan Wegner, sólo un rasgo de personalidad, poseído por algunos y no por otros. Lo que sí existe es pues una distinción bien atestiguada experimentalmente entre los seres humanos que tienen lo que él llama la “emoción de autoría” con respecto a sus pensamientos, y aquellos que, como yo, no tienen esa emoción y sienten que sus pensamientos son cosas que simplemente suceden.

Esto podría rastrear la distinción entre aquellos que se experimentan a sí mismos como autoconstituyentes y aquellos que no, pero, sin embargo, lo hagan o no, la experiencia de la autoría autoconstituida parece bastante real. Por el contrario, cuando se trata de la existencia real de la auto-autoría, la realidad de algún proceso de autodeterminación en la vida, o a través de ella como escritura de vida, en realidad soy escéptico.

En los últimos 20 años, la filósofa Marya Schechtman —a quien yo conocí por el escritor Federico Campbell— ha dado relatos cada vez más sofisticados de lo que es ser narrativo y “constituir así la propia identidad” a través de la auto-narración. Ahora, a últimas fechas, la autora enfatiza el punto de que la auto-narración de uno puede ser en gran parte implícita e inconsciente . Ésa es una concesión importante. Según su punto de vista original, uno “debe estar en posesión de una narrativa completa y explícita [de la propia vida] para desarrollarse plenamente como persona”. La nueva versión parece pues más defendible. Y la coloca en una posición para decir que personas como yo pueden ser narrativas y simplemente no saberlo o admitirlo.

En su libro más reciente, Staying Alive, de 2014, Schechtman sostiene pues que “las personas experimentan sus vidas como conjuntos unificados” de manera que van mucho más allá de su conciencia básica de sí mismos como individuos biológicos, finitos, únicos, con un cierto curriculum vitae. Ella todavía piensa que “nos constituimos como personas al desarrollar y operar con una narrativa autobiográfica (en su mayoría implícita) que actúa como una lente a través de la cual experimentamos el mundo”.

Pero la verdad es que uno duda que esto sea cierto. Dudo que sea una condición humana universal —universal entre las personas que cuentan como normales—. Lo dudo incluso después de que ella escribe que “tener una narrativa autobiográfica” no equivale a volver a contar conscientemente la historia de la vida de uno siempre (o nunca) a uno mismo o a cualquier otra persona.

No creo pues que una ‘narrativa autobiográfica’ juegue un papel significativo en la forma en que experimento el mundo, aunque sé que mi actual perspectiva y comportamiento general está profundamente condicionado por mi herencia genética y el lugar y el tiempo sociocultural, incluyendo, en particular, mi crianza o en general toda mi infancia

Y también sé, en menor escala, que mi experiencia de, por ejemplo, un viaje en autobús o en avión, se vea afectada tanto por la charla que he tenido con con X o Y, a cómo por el hecho de que voy camino de encontrarme con Z en otra ciudad.

Como Schechtman, soy (para tomar la definición de persona de John Locke) una criatura que puede “considerarse a sí misma como ella misma, la misma cosa pensante, en diferentes tiempos y lugares”. Como Schechtman, sé lo que es cuando “los problemas anticipados ya templan la alegría presente”. A pesar de mi mala memoria, tengo pues un grado de conocimiento perfectamente respetable de muchos de los acontecimientos de mi vida. No vivo extasiado “en el momento” de ninguna manera ilustrada o patológica.

Pero yo, como el novelista John Updike y como muchos otros, “tengo la persistente sensación, en mi vida, de que apenas estoy comenzando”. El heterónimo del escritor portugués Fernando Pessoa, Alberto Caeiro (uno de los 75 alter egos bajo los que escribió) es un hombre extraño, pero captura una experiencia común a muchos cuando dice que: “Cada momento siento como si acabara de nacer / en un mundo infinitamente nuevo”. Algunos entenderán esto de inmediato. Otros estarán desconcertados y quizás hasta escépticos. Pero la lección general es la diferencia humana.

A partir pues de la adolescencia tardía y la edad adulta relativamente joven, construimos narrativas integradoras del yo que recuerdan selectivamente el pasado y anticipan con ilusión el futuro para proporcionar a nuestras vidas una apariencia de unidad, propósito e identidad. La identidad personal es la historia de vida internalizada y en evolución en la que cada uno de nosotros está trabajando a medida que avanzamos en nuestra vida adulta…  Lo que es un modo de decir que yo realmente no sé quién soy hasta que tenga una buena comprensión de mi identidad narrativa.

Si esto es cierto, debemos preocuparnos no sólo por los no narrativos, a menos que estén felices de carecer de identidad personal, sino también por las personas descritas por el psicólogo del desarrollo Erik Erikson en Identidad: Juventud y crisis, un interesante libro de 1968 donde dice:

… varios yoes componen nuestro yo compuesto. Hay transiciones constantes y, a menudo, como conmociones entre estos yoes… Se necesita, de hecho, una personalidad sana para que el yo pueda hablar de todas estas condiciones de tal manera que en cualquier momento pueda atestiguar un Yo razonablemente coherente.

Por su parte, una filósofa moral como Mary Midgley escribió, en un espléndido libro suyo, Malicia, hacia 1984:

“[El doctor Jekyll] tenía razón en parte: cada uno de nosotros no sólo somos uno, sino también muchos… Algunos de nosotros tenemos que celebrar una reunión cada vez que queremos hacer algo sólo un poco difícil, para encontrar el yo que es capaz de emprenderlo… Dedicamos mucho tiempo e ingenio a desarrollar formas de organizar la multitud interna, asegurar el consentimiento entre ella y hacer que actúe como un todo. La literatura muestra que la afección no es nada rara”.

Erikson y Midgley sugieren, sorprendentemente, que todos somos así, y muchos están de acuerdo, presumiblemente aquellos que encajan en el patrón. Esto me hace agradecerle a Midgley cuando agrega que “otros, por supuesto, obviamente no se sienten así en absoluto, escuchan tales descripciones con asombro y se inclinan a considerar a quienes las dan simplemente por locos”. Al mismo tiempo, no deberíamos adoptar una teoría que ponga en duda la afirmación de estas personas de ser personas genuinas. No queremos dejar tampoco por fuera a un pintor como Paul Klee, que escribe entre sus diarios en los primeros años del siglo XX:

Mi yo es un conjunto dramático. Aquí aparece un antepasado profético. Aquí grita un héroe brutal. Aquí un alcohólico bon vivant discute con un profesor erudito. Aquí una musa lírica, crónicamente enamorada, eleva los ojos al cielo. Aquí papá da un paso adelante, profiriendo protestas pedantes. Aquí intercede el tío indulgente. Aquí la tía balbucea chismes. Aquí la criada se ríe lascivamente. Y lo miro todo con asombro, la pluma afilada en mi mano. Una madre embarazada quiere unirse a la diversión. ‘¡Pufff!’ Aquí lloro: ‘No perteneces aquí. Eres divisible’. Y ella se desvanece…”.

El autor británico Somerset Maugham, autor de novelas casi perfectas como Lluvia y La luna y seis peniques, y un escritor a quien admiro profundamente, lo dijo de otro modo, más pirandelianamente, en su Cuaderno de notas del año 49:

Reconozco que estoy formado por varias personas y que la persona que en este momento tiene la ventaja inevitablemente cederá su lugar a otra. ¿Pero cuál es el real? ¿Todos o ninguno? ”.

En fin, ¿qué van a hacer estas personas, si los defensores de la unidad narrativa tienen razón? Creo que deberían continuar como están. Sus multitudes internas quizás puedan compartir con algún tipo de auto-narrativa alegre

Pero parece no haber una disposición clara para ellos en las principales filosofías de la unidad personal de nuestro tiempo, tal como lo proponen, entre otros, Schechtman, Harry Frankfurt y Christine Korsgaard.

Creo que el novelista estadounidense Francis Scott Fitzgerald se equivoca cuando dice, por ejemplo, en sus Cuadernos que: “Nunca hubo una buena biografía de un buen novelista”. Y es que no podría haberlo, mi querido Scott, porque ya de entrada es demasiada gente, si es que el escritor es bueno. Pero lo que sí es que uno puede ver lo que tiene en mente.

Además, existe una gran diferencia entre las personas que recuerdan de forma regular y activa su pasado y las personas que casi nunca lo hacen. En su autobiografía What Little I Remember, el físico austriaco Otto Frisch escribe: “Siempre he vivido mucho en el presente, recordando sólo lo que parecía que merecía la pena volver a contar” Y dice: “Siempre, como ya dije, he vivido en el aquí y ahora, y he visto poco de los puntos de vista más amplios”. En mi caso digo que, en general, no recuerdo las cosas para volver a contarlas, y menos todavía para escribirlas, ¡qué pereza!

De manera más general, y dejando a un lado la pérdida patológica de la memoria, estoy con Montaigne cuando se trata de memoria específicamente autobiográfica: “No puedo encontrar apenas un rastro de [memoria] en mí”, escribe en su ensayo De mentiras que es un ensayo de 1580. “¡Dudo —dice Montaigne— que haya algún otro recuerdo en el mundo tan grotescamente defectuoso como el mío!”. Pero Montaigne sabe que esto puede provocar malentendidos. Él es, por ejemplo, “mejor en la amistad que en cualquier otra cosa, sin embargo, las mismas palabras que se usan para reconocer que tengo esta aflicción [mala memoria] se toman para significar ingratitud; juzgan mi afecto por mi memoria bastante mal—. Sin embargo, me consuela mi debilidad”.

A Montaigne, la mala memoria lo protege de una forma desagradable de ambición, le impide balbucear y lo obliga a pensar en las cosas por sí mismo porque no puede recordar lo que otros han dicho. Otra ventaja, dice: “es que recuerdo menos los insultos recibidos

A esto podemos agregar el punto de que la mala memoria y una disposición no narrativa no son obstáculos cuando se trata de autobiografía en el sentido literal, cuando en realidad, escribimos cosas sobre nuestra propia vida. Montaigne es la prueba de esto, pues es quizás el más grande autobiógrafo y el más grande autorregulador humano, a pesar de que:

… nada es tan ajeno a mi forma de escribir que la narración extensa. Tengo que romper con tanta frecuencia la falta de aire que ni la estructura de mis obras ni su desarrollo valen nada en absoluto.

Montaigne escribe pues la vida sin historia, la única vida que importa, me inclino a pensar. No tiene pues un lado, un side en el sentido inglés o coloquial del término. Su honestidad, aunque extrema, carece de exhibicionismo o sentimentalismo. (Por su parte,  San Agustín y Rousseau se comparan siempre muy desfavorablemente.) Por el contrario, Montaigne busca el autoconocimiento en una escritura vital radicalmente no premeditada, dirigiéndose a su papel de escribir “exactamente como lo hago con la primera persona que conozco”. Sabe que su memoria es irremediablemente indigna de confianza y concluye que la lección fundamental del autoconocimiento es el conocimiento de la auto ignorancia.

En fin, una vez que uno está buscando comentarios sobre la memoria, ya se los encuentra por todas partes. Pero hay una constante discordia de opiniones. Creo que el escritor británico James Meek tiene razón cuando describe en Light Years a su vez del novelista estadounidense James Salter:

Salter elimina las transiciones narrativas y las explicaciones y contextualizaciones, los vínculos novelísticos que no existen en nuestros recuerdos reales, para dejarnos con un conjunto de fragmentos recordados, algunos brillantes, otros feos, algunos desconcertantemente triviales, que no se conectan fácilmente, y no se pueden juntar como un todo, excepto en el sentido de cronología, y en el sentido de que son todo lo que queda”.

Meek entiende que esto es cierto para todos, y quizás sea el caso más común. Salter in Light Years encuentra una desconexión equivalente en la vida misma: “No hay vida completa. Sólo hay fragmentos. Nacimos para no tener nada, para que se derrame la vida por nuestras manos

Y ésta, nuevamente, es una experiencia común: Examine sino por un momento una mente ordinaria en un día normal. La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la nitidez del acero. Vienen por todos lados, una lluvia incesante de innumerables átomos; a medida que caen, a medida que se adaptan a nuestra vida del lunes o el martes, el acento cae de manera diferente al de antaño; el momento de la importancia no llegó aquí sino allá; de modo que, si un escritor fuera un hombre libre y no un esclavo, si pudiera escribir lo que quisiera, no lo que debe, si pudiera basar su obra en sus propios sentimientos y no en las convenciones, no habría trama, comedia, sin tragedia, sin interés amoroso o catástrofe en el estilo aceptado, y tal vez entonces ni un sólo botón quedaría cosido o bien puesto. Porque la vida no es una serie de lámparas de concierto dispuestas simétricamente; sino un halo luminoso, como dice Virginia Woolf.

Es difícil averiguar todas las consecuencias de simplemente este pasaje suyo, de un ensayo como Fases de ficción, de 1921, de la propia Virginia Woolf. Lo cierto es que entre nosotros hay ensayadores o ensayistas y compositores, personas que no sólo relatan naturalmente sus recuerdos, sino también su vida a medida que van sucediendo. Pero cuando el dramaturgo inglés Sir Henry Taylor observó en 1836 que “un hombre imaginativo puede ver, en su vida, la historia de su vida; y por lo tanto se conduce a comportarse de tal manera que hace una buena historia en lugar de una buena vida”, está identificando una falla, un peligro moral.

Ésta es pues una receta para la falta de autenticidad. Y si los narrativistas tienen razón y esos impulsos de historias propias son de hecho universales, entonces sí que deberíamos preocuparnos

Afortunadamente, no tienen razón. Hay personas que son maravillosa y conmovedoramente laboriosas y objetivas en su comprensión de su pasado. Es un punto de vista antiguo que las personas siempre recuerdan su propio pasado de una manera que los pone en una buena luz, pero que simplemente no es cierta. Por su parte, el psicólogo holandés Willem Wagenaar hace hincapié en un artículo suyo titulado “¿La memoria se sirve a sí misma?” que se comporta casi igual que Iván Ilich de León Tolstoi en su lecho de muerte.

En su poema Continuar con la vida Philip Larkin nos afirma, de otro modo, que “con el tiempo / nos dentificamos a medias con el ciego al que impresionan / todos nuestros comportamientos que soportamos”. Los narrativistas piensan pues que se trata de un asunto esencialmente narrativo, una interpretación esencialmente narrativa de la forma de nuestras vidas. Pero muchos de nosotros ni siquiera llegamos a la mitad de la identificación larkiniana y, en el mejor de los casos, tenemos fragmentos y piezas, en lugar de una historia.

A mí en lo personal, me sorprende la afirmación adicional de Larkin de que “una vez que has caminado a lo largo de tu mente, lo que / tú mandas es claro como una lista de carga”, porque encontramos, incluso en la edad avanzada, que todavía no tenemos una idea clara de qué es lo que en realidad mandamos. Por mi parte, no tengo una idea muy clara de quién o qué soy. Esto no es porque quiera ser como Montaigne, o porque haya leído a Sócrates en Sobre la ignorancia, o a Nietzsche en sus Últimas meditaciones.

Pero entonces ¿cómo puede el hombre conocerse a sí mismo? Es una cosa oscura y velada; y mientras que la liebre tiene siete pieles, el ser humano puede mudar siete veces 70 pieles y aún no ser capaz de decir: “Este eres realmente tú, esto ya no es un caparazón”, como decía Nietzsche

Dice también Nietzsche que es una empresa agonizante y peligrosa profundizar en uno mismo de esta manera, abrirse camino por la ruta más corta, por el conducto de su propio ser. Qué fácil es hacerse daño a sí mismo de lo que ningún médico puede curar. Y, además, ¿por qué debería ser necesario, ya que todo —nuestras amistades y odios, nuestra apariencia, nuestros apretones de manos, las cosas que recordamos y olvidamos, nuestros libros, nuestra letra— da testimonio de nuestro ser?

Pero hay un medio, sin duda —dice Nietzsche—, por el cual se puede llevar a cabo esta investigación absolutamente crucial. Que el alma joven mire hacia atrás en su vida y se pregunte: ¿qué hasta ahora has amado verdaderamente, qué ha sacado tu alma, qué la ha mandado y al mismo tiempo la ha hecho feliz? Alinear después estos objetos de reverencia frente a ti, y tal vez por lo que son y por su secuencia, que te darán una ley, la ley fundamental que es tu verdadero yo.

Quizás por lo que son, ceder como a la ley fundamental de tu verdadero yo. Esta afirmación es fácil de respaldar. Es la idea mayor o de mayor visión de Marcel Proust. Albert Camus también lo vio. Pero Nietzsche es más específico: “quizás por lo que son y por su secuencia, cederán a la ley fundamental de tu verdadero yo”. Aquí parece pues que uno debe estar en desacuerdo con Nietzsche o conceder algo a los narrativistas, en la posible importancia de captar la secuencia para progresar hacia la autocomprensión.

Finalmente, la consideración de la secuencia de si la narrativa lo desea, puede ser más importante para algunas personas en algunos casos. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, creo que el autoconocimiento viene mejor en pedazos.

Esta concesión tampoco cede nada a la visión general con la que comenzamos —de la visión—, en palabras de Sacks, de que toda la vida humana es en realidad una escritura de vida, y que cada uno de nosotros construye y vive una narrativa, y que esta narrativa en realidad es un Nos.

  • Ilustración: Tom Ward
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