A ratos leo las publicaciones de mis contactos de Facebook. Más de las veces le repito a mis ojos que no jodan el día entrometiéndose en esas panaceas de la inteligencia, en ese colorido y espinoso evangelio redactado por laicos.

Pero mis ojos son necios, rejegos y morbosos, así que rara vez me hacen caso. Vicios de la mirada, qué le voy a hacer.

Y, claro, a todo vicio le acompaña un tris de culpa, la cual se hospeda en mi sesera como un vecino incómodo, al que se le quiere descuartizar cuando corea la letra de un melodramático corrido. Qué sabio era don José Bergamín, ese viejo marginal y contradictorio, cuando achacaba todos los males al pomposo alfabetismo de nuestra era.

Cada que leo, y releo, las publicaciones de mis contactos de Facebook me entran unas ganas de ser analfabeto sin rastro de vergüenza

Lo sé, el problema está en mí, en el raquitismo de mi tolerancia, no en las espontáneas, y siempre bienintencionadas, frases u opiniones de mis amistades cibernéticas. Casi todas ellas ajenas a la ambigüedad moral, propensas al heroísmo del consejero y a la relevancia del inmaculado. Inevitablemente he de confesar que me faltan los méritos para estar a su altura, las ganas para sostener una pancarta que irradie indignación; me sobra torpeza para dedicarle horas al laborioso ejercicio de la pulla, que diferidamente me señale como virtuoso.  La pierna izquierda de mi credulidad difiere en tamaño de la derecha, así que soy cojo, renco. Quererlos alcanzar, creerles, no está en mis capacidades.

Escribo lo anterior teniendo en cuenta casos concretos. Cierta inclinación por el mal gusto me impide remitir los nombres, publicar las ahora socorridas fotos y capturas de pantalla. Además mi intención no es dar coscorrones ni marcar con letras negritas a tal o cual. Me interesan mis reacciones, mis exabruptos de alcoba; darme cuenta, en determinados casos, cómo me las arreglo para evitar la respuesta cerril, emotiva hasta el marasmo.

Y no es que quiera ser políticamente correcto, sino que elijo no comentar nada

Por ejemplo, reprimo hacer glosas, que muchos clasifican como desafortunadas, ante las pequeñas desgracias personales. Sobran los que sufren por haber extraviado la llave de su auto, los que pierden un vuelo, los inconformes por el espesor de las uñas de sus pies, en resumen, los aficionados a la victimización. Todos esos casos despiertan en mí a un comediante mediocre. Ya hice, en un pasado cercano, bastantes enemigos y no me agrada la idea de hacer la lista más extensa. Eso basta para que mis dedos se alejen del teclado.

Cuando leo una publicación, donde se apela a la buena voluntad de los lectores, para opinar qué tipo de tatuaje requiere el brazo del que suscribe semejante urgencia, siempre se me ocurre la idea de la amputación. Quizá los desviados mentales como yo me celebren el chiste, pero para qué hacerle al gracioso. Luego los militantes del humor negro se sienten ofendidos por el uso indebido de su arte. Sólo ellos pueden dar luz verde para que los epígonos sean jocosos. Saltarse ese requisito es una condena para apretujarnos en el grueso rebaño de los imbéciles.

Otros se aferran a la inconformidad como señal de bondad. Publican comentarios que más bien son estrujamientos telepáticos. Claman cuando alguien no ha reparado en que comer una ensalada de jitomate implicó matar a un ser vivo, además de solapar la esclavitud en equis granja. Desean que nuestro alimento nos indigeste para que así hagamos conciencia de la sensibilidad estropeada del jitomate, de la necesaria erradicación de las granjas. Nos instan a saltar del barco de los malvados para sumergirnos en el mar de la bondad chic. Me da la impresión que de creerles todo, a pie juntillas, puedo parar en el manicomio.

Quien se apendeja, dicen a mi tierra, acaba vistiendo una camisa de fuerza, pero siendo optimistas, es el preámbulo de una túnica blanca, de una santidad sin credos religiosos

Luego leo al turiferario que no escatima en loas cuando descubre que su contacto-mejor-amigo ha publicado un poema tan profundo como la cavidad de la pantufla, o un poemón tan, pero tan ocurrente, como el Ángelus a las doce del día en las inmediaciones de la catedral. Tal efusividad parece inconcebible. Pero ahí está, letra a letra. Y para no dudar de las cumbres que ha alcanzado el autor de dichos textos, mejor pongo en vilo mi capacidad de comprensión. Lo admito, soy bruto. La omisión del comentario da cuenta de eso. Ya me ha tocado ver que estos casos van a parar en la oficina de algún servidor público, siempre dispuesto a horadar la diversidad de los inspirados.

Mis ojos se ajuman publicaciones que son, sin más, dignas de escapulario, de altar pagano, dada la aversión que despierta el cristianismo. Aquellas dictadas por la punzante herida que ocasiona vivir y estar desempleado, o con las vísceras lesionadas por un mal de amor. En alguna ocasión me atreví a escribir algo de eso. Fue apabullante cómo la desgracia ajena se convierte en un sabroso y sangrante muñón en territorio de lobos. Incluso los fideistas del pesimismo se mostraron como agentes motivacionales. No me quedaron ganas de volver a jugar al lacrimoso.

En el extremo opuesto de los casos arriba mencionados, están los que practican el deporte llamado malditismo. Con esos no me meto, su patetismo no se distingue de quienes coleccionan celosamente osos y corazones de peluche.

Leo mis propias palabras, las arriba estibadas. Caigo en cuenta que también se me da el melindre. Pondré el punto final antes de que José Bergamín resucite y me dé de palos por citarlo, antes de que el sonrojo me aconseje borrarlo todo.

  • Ilustración: Zarzi