Eran los días del sismo de 2017 y en esa semana viajaba a Montreal, ante el colapso, ante el derrumbe, con la incertidumbre de perder el vuelo.

Había organizado todo apresuradamente y llegué el día 21 a esa metrópoli que me habían pintado de una vitalidad multicultural apabullante. Evelyn me hospedaría en Longueuil, pequeña ciudad a unos 20 kilómetros de Montreal, donde puede respirarse el aroma a provincia.

Evelyn tiene dos gatos que son amigables con las visitas y pasan todo el día en el sofá. Parte de nuestro trato era que yo vigilaría que ninguno de ellos saliera a la calle y menos acercarse a la carretera, lo cual cumplí estoicamente mientras permanecí allí.

Ella, Evelyn, maestra de patinaje artístico y presentadora de televisión, tiene una motocicleta verde, en la que se monta todas las mañanas para llegar a su trabajo, le gusta la velocidad y viajar, viajar.

Me propuse tener una estancia más relajada, sin el ajetreo de querer conocer todo de inmediato y estar atento a los horarios del metro y autobús de regreso a la casa de Longueuil, so pena de quedar vagando en las estaciones.

Mis primeros acercamientos a la ciudad fueron por el Bulevar Saint Laurent y la Plaza de las Artes, como lo recomiendan todas las guías de viaje y blogs que encontré en internet. Se trata de una avenida inmensa, donde puede encontrarse casi todo lo que un turista estándar con dinero puede encontrar:  hoteles de lujo, tiendas de diseño, restaurantes, bares, museos, teatros y un caleidoscopio de posibilidades.

Inmensa y bellamente seductora, me caminé la Montreal por muchos de sus barrios que tienen todas las edades posibles

En Mont Royal aspiré el viejo Montreal y hurgué en algunas librerías que presumián sus bellas ediciones o autores selectos, me topé con El inspector de Gógol, la obra que por ese entonces teníamos en México en temporada. Por estas calles suena mucha música  en español y el hambre arrecia, de modo que aterrizé con Pedro, un mesero que nació aquí pero de padres argentinos y con quien trabé algunas recomendaciones.

Hace más calor y es raro por la época –dijo-, el frío debería ser más intenso ya”.

Vagué varias veces por la zona de las artes para hacer fotos, esconderme en los resquicios cuando el frío asaltaba de noche o ver las risas de los niños jugando en las fuentes.

Comí el famoso Poutine, as de la comida rápida quebequense, que no son más que papas bañadas con salsa y queso cheedar, nada del otro mundo.

Recopilé atardeceres, revistas, fotos, las salas del Museo de Antropología, las luces neón de sus foros de concierto y la inmensa arquitectura de sus iglesias y catedrales.

Acá parece, así me lo parece, hay un interés genuino por el apoyo a las artes, fomentar el intercambio, la multiculturalidad, que los artistas vengan a “traernos conocimiento”, afirma Juliette, una chica voluntaria de una fundación de apoyo a las artes con quien iría días después a ver el estreno de la nueva pieza de Marie Chouinard.

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Evelyn se ha ido temprano, dice que mañana regresará pronto para que tomemos una cerveza en su casa y platiquemos algunas cosas de México que “le interesa conocer”. La charla será breve porque su novio, que vive en Escocia, le hará una videollamada. Así será su “salida con él”. ¿Quién diría que ahora con la pandemia, esos encuentros, esas vidas en las pantalllas sería la normalidad?

Trazé un plan de lo que haría en los días que me restaban: ver circo, teatro, danza y colarme a uno de los tantos conciertos al aire libre que estaban en la oferta cultural de ese septiembre, museos restantes, ufff. No lograría tanto.

Me habían hablado mucho del Montreal subterráneo, toda una ciudad abajo, en las tripas, donde también bullía la vida, aunque me interesó poco, igual fui en dos ocasiones pero no estuve más de dos horas, creo

Los zapatos me llevaron a Mile End, un barrio más hipster, muy tranquilo, atestado de cafés, buenas tiendas de comida, discos y diseño, mucho diseño, además de tiendas con todos los productos orgánicos imaginables.

Esa noche, luego de una caminata  por la Rue de la Commune (que serpentea la orilla original del Río San Lorenzo), me metí al Teatro Própero, seducido ante el bullicio de la entrada por el estreno de la obra Cara a cara. Pesqué el último boleto disponible a buen precio y nos metimos ahí, unas 40 personas a presenciar esa historia disfuncional de abandonos, padres con hijos parásitos, entre más.

Terminé la noche en el bar de la esquina, a ritmo de rock y flanqueado por un par de cervezas locales, sugerencia del mesero.

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Los gatos han hecho de las suyas. Uno de ellos salió muy bonachón al jardín de la casa y no pude hacerlo entrar hasta pasada una hora casi lo que retrasó mi salida pues justo ese jueves 28 en que era el estreno de la pieza de danza, tendría que ir a un Museo del que me hablaron maravillas y había quedado con Juliette de tomar un café al final de la función.

Las cosas se dieron más o menos así:

Me fui a ver de carrerita la Escuela Nacional de Teatro de Montreal, donde me asomé a uno de sus ensayos. Hena salió pronto y le habré pegado un enorme susto porque cerró los ojos muy fuerte al tiempo que sus manos trataban de evitar un choque inminente de cabezas que esquivé. “¡De Kazajistán, soy de Kazajistán!”, atinó a decir al darse cuenta de mi español y ella lo balbuceó un poco porque tuvo seis meses de residencia artística en Colombia.  

Seguí merodeando y recopilando algunos folletos de la escuela hasta que me enfilé al Museo de Bellas Artes, una maravilla con sus cinco enormes pabellones de exposiciones para atragantarse en días.

La Expo Revolución de los sesentas que se exhibía ahí por esas fechas, era de lo más comentado en las revistas y periódicos, todo un viaje alucinante aquello que casi pierdo toda noción de tiempo y realidad hasta que la alarma de mi teléfono me avisó que tenía justo una hora para llegar a El Jardín de las Delicias, basada en el famoso tríptico del Bosco.

Llegué a tiempo, con el rostro de Juliette entre preocupación y alivio cuando cruce la entrada.

Los 75 minutos que siguieron fueron de una belleza sublime de ejecución dancística. A reventar ese estreno con la noche vuelta hielo en Montreal. La obra incluso viajaría un año después  México como parte de la programación del Festival Cultural de Mayo 2018

Yo y mi acompañante cenamos, conforme lo acordado, en un café no tan cercano al teatro pero con un encanto particular. “Uno de los dueños es dominicano”, asestó Juliette, podrán platicar un poco. A ella le gustaba la atmósfera oriental del lugar. No encontramos al dueño, pero sí a una buena cantidad de personas venidas de varias partes del mundo.

Dentro de toda la charla sugerente de esa noche, entre un ramillete de imágenes, me quedé con la de la reportera que en una mesa entrevistaba a un coreógrafo chino para la televisión o la de un chico que se esforzaba por enseñarle algo de fránces a una señora rusa que no hacía más que reír, pedir innumerables tés y ponerse colorada.

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Ya había pasado el día en que la cerveza con Evelyn había sucedido y donde ella sacó un mapa del país (México) de quién sabe dónde y me hizo anotarle diez o doce sitios imprescindibles de conocer y qué comer en cada uno; ella guardaría el mapa con esa información para el mes que pensaba pasear en esta tierra de los aztecas, lo que hasta ahora no ha ocurrido hasta donde sé.

Hace poco, y lo sé de cierto por la información fidedigna de su parte, vendió esa casa en Longeuil, se casó y ha seguido viajando con su pareja, aunque reside en Montreal y continúa con sus clases y programa de televisión.

Faltaban poco más de veinte horas para dejar Montreal. Maleta en mano y con la firme idea de aguantar despierto para esperar el vuelo de regreso, me apersoné en Saint. Dennis, con sus 11 kilómetros de largo y el espíritu del barrio latino por doquier. Los pocos dólares que aún tenía los agoté en café para soportar el frío de la madrugada mientras caminaba y observaba cómo en cada establecimiento, las risas se iban apagando, poco a poco desaparecía el bullicio, la música, las mesas lucían cadavéricas al tiempo que los empleados de limpieza hacían su trabajo; los jóvenes reacios a ir a sus casas fumaban en alguna esquina o esperaban el transporte público.

  • Ilustración: Mark Lague

Predial 2021