La muerte ha venido a depositar un beso de seda y sueño azul en los labios de Don Miguel Barragán Torroella. Como vendrá algún día por todos nosotros.

Afuera la lluvia cae furiosa. Apuro hasta el fondo la copa de vino tinto. Hay algo roto dentro mío. Lloro insostenible. Ha muerto mi maestro, mi mentor, uno de mis mejores amigos y más que hermano una especie de abuelo del alma. Nos vemos pronto querido Miguel Barragán.

El primer día que llegué a la redacción del diario  a.m. el crepúsculo ya daba paso a la noche. Sentado, tras su escritorio lleno de diarios, revistas y libros, y un ejemplar de Metamorfosis, Don Miguel Barragán Torroella me recibió en su oficina un jueves 9 de enero de 1997, por intermediación de mi hermano Moisés Tort.

Tomó con su mano izquierda Metamorfosis, agitando brevemente en el aire antes de dejarla caer suavemente sobre el escritorio, luego volvió la vista para examinarme, quizá como para corroborar si el joven de 23 años con cabello largo recogido en coleta, arracadas de plata en ambos lóbulos y vestido de negro entero que tenía frente así, era el autor de esa publicación que hablaba de teatro, danza y poesía.

¿Tú haces esto?– inquirió con su característica mirada penetrante y su legendaria seriedad

Me quedé como de piedra. Tenía frente a mí a una leyenda viva del periodismo, al fundador del gran diario en Guanajuato, al hombre que formaría a una gran generación de periodistas a los que sigo admirando.

Sí, estoy trabajando para ser escritor– le respondí con torpeza y timidez.

Bien. Mañana entras a trabajar aquí. Vas a empezar cubriendo nota roja. Quiero que veas las cosas como son, que te curtas viendo la realidad. Tu salario es de 500 pesos a la semana. Aquí hay horario de entrada, pero no de la salida ¿Tienes problema con eso?

¿Qué demonios es el tiempo cuando amas escribir? Ahora que lo recuerdo, lo primero que llamó mi atención –más que los libros- fueron los diarios extranjeros que tenía en su escritorio. En ese entonces no existía el internet abierto, ni las redes. El País, Le Monde, NYT. Ese hombre menudo, cultísimo, adelantado al tiempo nos mostró el gesto justo de amar el pensamiento.

En ese entonces había incluso cuarto de fotografía, con química y todo, al fondo de la redacción.

Y al paso de los meses terminé haciendo invariablemente una mezcla de periodismo y narrativa con las historias de Crimen y Castigo, la sección que me alentó a crear, porque nos gustaba Dostoyevski.

*

Cuando recibí el nombramiento como director editorial de a.m. Guanajuato -gracias a la voluntad de Enrique Gómez-.ya me había especializado como periodista de investigación, había escrito mi primer libro y alistaba el segundo, había viajado por parte del mundo, había nacido mi hija Isolda, tenía sólo 31 años y unas ganas de revolucionarlo todo; y el primero con quien fui a celebrar el nombramiento fue con el viejo.

Don Miguel estaba igual de feliz que yo, un mocoso con aires de grandeza torpe. Celebramos en el bar de Sanborns –nuestro espacio vital durante años-, él con su clásica cuba de Azteca de Oro y agua mineral y yo con mi eterno gin Bombay Zafiro. Ahí, comenzó mi verdadera educación como directivo editorial, la cual le debo invariablemente a don Miguel

Me enseñó a pensar más profundo, a horadar en los detalles que hacen la diferencia, a no tener miedo frente al poder, me fortaleció en la búsqueda experimental de la noticia –siendo, inicialmente, el diario Al Día el laboratorio-, a no dejar nunca que me preocupase lo que el resto dijese sobre mi locura de engarzar la poesía y el periodismo.

Aprendí lo importante qué es saber sobre la mezcla precisa de las tintas, a ordenar la limpieza perfecta los rodillos de la prensa para una impresión impecable, a revisar como un militar japonés las rutas de la distribución del diario –puesto por puesto, minuto a minuto-, a fijar los cortes del cierre de la edición pensando en la salida a la impresión para dar luego paso a la distribución.

El periodismo, Enrique, sirve para levantar la voz ante el ejercicio bruto del poder, para darle voz al pueblo frente al poder. Nunca olvides que los lectores son sólo a quienes nos debemos– me dio alguna vez, mientras soltaba esa bocanada pausada, mentolada, mientras agotaba gozosamente un largo cigarrillo Benson & Hedges.

Siempre fue un dios vivo para mí. Como mi abuelo, Félix Rangel, un campesino que me enseñó a sobrevivir con apenas 6 años ante la fagocitante ciudad de Guadalajara donde crecí en mis primeros años abriéndome paso a fuerza de voluntad; a partir de la lectura de los diarios que mi abuelo hacía le leyese, al caer el crepúsculo, en un poblado periférico llamado Rancho Nuevo,  conocí la caída del alma.

Se me escapan infinidad de historias como el Archivo de las Indias, La sombra del caudillo, los efectos dolorosos de la charla que nos lleva a Leonor de Aquitania, o los desesperados gritos poéticos de León Felipe o el origen de Catalunya.

Nuestro ritual cotidiano de tomar el café, fumar, discutir el curso del mundo, las ideas, que terminaba siempre en la compra de revistas y libros que me obsequiabas para mi lectura gozosa, y las chocolatinas o regalos que enviabas a casa para Isolda en crecimiento, nuestras comidas, cenas o escapadas a por una buena botella de tinto español y charlar sobre arte, vida, siempre sobre periodismo y literatura. Siempre fuíste un caballero clásico con aroma a Fahrenheith, de Dior, o a Franela Gris de Geoffrey Beene.

Don Miguel Barragán creció en una familia acomodada, pero siempre tuvo en mente a los menos favorecidos. Tenía estirpe de grandes.

Emparentado con el general Marcelino Barragán, con el arquitecto Luis Barragán, gozoso de ver crecer a sus sobrinos disímbolos y favoritos: Pablo y Esteban Moctezuma Barragán; y a quienes orbitaron a su alrededor siempre

Cuando joven en San Luis Potosí fue parte del nacimiento del diario El Sol de San Luis en 1952, con apenas 16 páginas y un precio de 10 centavos el ejemplar, impreso en Avenida Universidad 565, con teletipos de la CGV y cables de la United Press, Reuters y France Press –como describe el libro El periodismo, una aproximación al río turbulento de los acontecimientos– .

 

Don Miguel Barragán, cuando iniciaba como reportero en ‘El Sol de San Luis’.

Me contó sobre su hazaña de descubrir a una banda internacional de robacoches, las peripecias que le llevaron a conocer al director de El Diario de Tampico, su conexión luego con Don Mauricio Bercún, su llegada al Hotel Francés en León cuando llegó a dirigir El Heraldo de León en los años 50, su llegada luego a El Sol de León, y la rebelión en los 70 que le llevaría luego a fundar con gente brillante y visionaria, convocada por Don Ernesto Gómez Hernández, el gran diario.

Fue amigo y par del vasco Don Vicente Lascurain, discípulo de Miguel de Unamuno, un periodista republicano militante de la 3ª (que se convertiría luego en la 50ª) División Euskadi – la otra contraparte rebelde de España por un mundo posible-, para lograr la hazaña en 1978: el nacimiento del periódico a.m.

Gracias a Don Miguel conocí de primera mano los orígenes de periodistas brillantes –que no sé si le guardan respeto, como algunos que me son cercanos- a los que impulsó cuando jóvenes: Arcelia Becerra, Arnoldo Cuéllar, Benjamín Cordero, Antonio Lascurain, Pedro Pablo Tejada, Raúl Olmos, Verónica Espinosa o Francisco Mares.

Luego llegarían los más jovencísimos con esos aires torpes de grandeza -que a mí me obnubilaron un día a los 31 años- para demostrarle al viejo que tenían madera y suficiencia. Ahí están todavía. Pablo César Carrillo, Luis Alegre o Miguel Zacarías.

Siempre me quedé al margen, como Federico Campbell, al que le reclamaban no sé qué predicamentos y anatemas en ‘Proceso‘ por ser antes escritor que periodista

Sentados en la cocina de su casa, en la colonia Andrade, bebemos Azteca de Oro con agua mineral, y hay mosaicos con aires portugueses arrojando la brújula al mar deliberadamente-, y coincidimos en que hay también inquisiciones de tiempos perdidos-, hicimos juntos el poema poderoso de perderse uno deliberadamente con el taedium vitae, predicamentos e invectivas, contra el tiempo que pasa.

Lentamente avanzamos –una y otra vez, ya no recuerdo cuántas veces- hasta su pequeño estudio. Guarda millares de libros y la foto de sus dos hijas y de sus nietas. El luminoso depositarse de un hombre incomprendido.  Algo roto y algo revolucionario como su novela Sepia, que habla de la Segunda Guerra Mundial y el submarino alemán en playas mexicanas. Y yo me quedó otra vez, como en el tiempo pasado, como de piedra.

Don Miguel ¿dónde han quedado los amigos, los que se supone nos respaldan, los que amamos pese a todo?– le pregunto, mientras, el viejo apura su Azteca de Oro y el dolor del cáncer que le carcome.

Mientras más avances, más solo estarás...-, responde lacónico a mi estúpida pregunta.

Y recordamos con amor a los que ya se fueron. Al Profe Perico y al Profe Arturo Barrera. Y otros tantos que ilustran que vivir es arder en vida.

Me quedo con las imágenes del estudio, pequeño y preciso, precioso, con las fotografías de esas niñas –sus hijas y nietas- que son la luz de sus ojos, con los aires demodé del tiempo que nos desgaja; con ese gesto soterrado de amor por la mujer fundamental de su vida – que es lo más bello del universo y  que –un piso arriba, espera vuelva pronto el hombre que ama-, y que entiende que la vida se escapa como arena entre los dedos.

*

Algo derrumbado. Pero nunca genuflexo el viejo se mueve ante los cambios políticos y  sociales. Ha visto el nacimiento de las redes, de la voracidad por los números olvidando la razón y el entendimiento.

Doy fe de lo ocurrido. El viejo me toca la cara, como para constatar que estoy ahí, frente a sus ojos y palabras. Como si en ese gesto me invitase a recordar lo charlado por largos años. Y yo que nunca he sido espurio le devuelvo la mirada y el gesto con humildad.

Don Miguel, usted formó a grandes periodistas… ¿qué le dicen hoy ellos?

Su respuesta es sabia y directa

Hay que escuchar lo que cada uno dice. Y tomar lo mejor de ellos…

Ya son, apenas tantos segundos u horas enloquecidas del alba que nace furiosa un sábado 22 de junio de 2019, después de un día larguísimamente grave, porque ha nacido el solsticio de verano y ha muerto mi maestro. Y espero de Enrique Gómez Orozco, en un gesto digno, nos entregue en la edición del gran diario la importancia de don Miguel Barragán Torroella, en la historia del periodismo, en esa construcción convulsa de pensar.

Es justo pedirle eso. Cada quién, de los nombrados,  resolverá por qué.

*

Yo sólo puedo decirte -ya con el día en pleno y más sosegado después de llorarte tanto y despedirte en tu funeral, besar la urna con tus cenizas aún calientes, abrazar a los cercanos y decirte adiós, viejo-, nos vemos pronto querido Miguel Barragán.