Para Luz María, Andrea, Araceli (q.e.p.d.); Araceli, Chuy, Pedro, Georgina (q.e.p.d.) y Miguel Ángel, mis hermanas y hermanos.

16 de enero de 1938

Es enero de 1938. Las crónicas de la época cuentan que entre el 16 y el 26 de enero de hace 86 años, tuvo lugar una tormenta geomagnética conocida como Tormenta de Fátima. Días más tarde, entre el 25 y 26 de ese mismo mes, se pudo ver una aurora boreal en Europa, Norteamérica, las Bermudas, el norte de África y Australia.

Las narraciones de entonces también indican que los efectos de la tormenta fueron menores porque tanto Europa como los Estados Unidos tenían en los hogares y en la industria, pocos aparatos eléctricos que se pudieran afectar.

El mundo entonces, ya industrializado, vivía, sin embargo, todavía ajeno a la tormenta de la inteligencia artificial, al vertiginoso correr de la información y el conocimiento, a los celulares y las redes sociales, a lo artificioso de un mundo que se cae a pedazos en sus ansias de fugacidad, lo nuevo y lo joven. Era un mundo analógico. Se escuchaba la radio, se veía la televisión y el periódico aún se leía de manera impresa.

La aurora boreal de aquellos lejanos tiempos fue interpretada como el signo de un mal augurio. En Francia y Suiza, por ejemplo, pensaron que la guerra había comenzado o que, de plano, el fin del mundo había llegado.

Muchos años después, del otro lado del Atlántico, sin embargo, esa aurora boreal tendría para mí un significado distinto, una forma de asumir un destino ligado a mi existencia y mi forma de ver la vida.

9 de enero de 1938

Siete días antes de la Tormenta de Fátima y 17 días previos a las auroras boreales vistas alrededor del mundo. Una joven mujer daba a luz a una niña a la que le puso de nombre María de la Luz. Estamos en México, en León, una ciudad del centro del país que se dedicaba a la producción zapatera y la siembra y cosecha de lechugas.

María de la Luz nació en el año en que Lázaro Cárdenas expropiaba la industria petrolera en México, un gran huracán arrasaba el noreste de Estados Unidos, se inventaba la fotocopiadora y Adolf Hitler se agenciaba territorios extranjeros de la Europa del este.

La niña María de la Luz, ajena a estos eventos, vivió también a la distancia el inicio de la Segunda Guerra Mundial: el 1 de septiembre de 1939 encontraba a la pequeña bebé de un año y meses de nacida con el hecho histórico que conoció seguramente en sus años de escuela.

Cuando esa niña había cumplido ya los siete años, la gran guerra concluiría. María de la Luz quizá lo supo, quizá no. Su vida transcurría en la apacible ciudad zapatera en la que nació, ajena a los horrores de una conflagración mundial y a las terribles manifestaciones de la muerte y las cantidades industriales en las que ejerció su permiso aniquilador y sangriento.

La aurora boreal de aquel año, sin embargo, marcaba la llegada de la bebé Luz y le daba la bienvenida. La seguiría el resto de su vida, la iluminaría cada momento de su existencia, le marcaría el destino nunca como un mal augurio, sí con un destino manifiesto gozoso que la vería llegar al siglo XXI, un siglo que en nada se parecía al lejano 1938 que la Tormenta de Fátima conoció.

10 de mayo de 2024

María de la Luz tiene ya 86 años y celebra junto a sus hijos e hijas, el Día de las Madres. El mundo ha cambiado en demasía. Las guerras continúan aquí y allá, pero hoy las podemos observar con un perverso morbo en la comodidad del hogar, a un clic de distancia y quizá hasta con unas palomitas y un refresco en la mano.

Las máquinas y la inteligencia artificial dominan el mundo. El ser humano se vuelve a encorvar no propiamente por la vejez, agacha la cabeza de manera imbécil en dispositivos electrónicos que le llenan la cabeza de basura y a eso le llama progreso.

México volverá a tener elecciones presidenciales y el mundo, una vez más, se revuelve ante la amenaza de una Tercera Guerra Mundial.

Pero María de la Luz vuelve a encontrarse con sus auroras boreales. Ese 10 de mayo, sobre el Parque Nacional Tahoe, en Canadá, se observan nuevamente las auroras, su esplendor y su belleza alcanzan también a México en los estados de Baja California y Sonora. Ese extraño fenómeno no se veía en México desde 1859. Tenía un sentido su regreso 165 años después.

Mientras tanto, María de la Luz, festeja el Día de las Madres. Tiene 86 años y una nueva aurora boreal se presenta en su vida.

25 de mayo de 2024

El 25 de mayo de 2024, María de la Luz está por llegar al final de su existencia. María de la Luz es mi madre y la madrugada de ese día, la acompaño en su agonía en una cama de hospital. Ella se encuentra conectada a tubos y máquinas que le dan apenas una respiración y un latir del corazón de manera artificial.

La imagen me devasta y agota, pero quiero que su sufrimiento (si es que lo siente), termine pronto. Repaso mi vida junto a ella y en medio del dolor, sin embargo, sonrío porque no recuerdo ni una sola época fallida a su lado a lo largo de mis 54 años de vida.

Sé que mi madre morirá sin deudas emocionales o morales. Sé que se irá con la conciencia tranquila de alguien que únicamente irradió paz y bondad hacia los demás. Me alegra, dentro del dolor que siento, que llegará a su final con el antecedente de una vida larga, digna y profundamente honesta.

Las horas pasan y el corazón de María de la Luz lanza ya débiles latidos y su respiración empieza a apagarse.

Las auroras boreales que la recibieron en enero de 1938 han regresado en mayo de 2024 para llevársela a su justa dimensión de paz y serenidad. Mi madre ha llegado al final del turbulento río para arribar a la calma de las aguas tranquilas, así como las describió el escritor español Manuel Vicent refiriéndose a su propia vida.

María de la Luz dijo adiós al mediodía del 25 de mayo. Se fue humana, plenamente humana, sin que unos aparatos le prolongaran indefinidamente su existencia, una existencia que siempre tuvo un sentido y un propósito.

Mi madre nunca necesitó de máquinas para vivir y ese 25 de mayo no sería la excepción. Luz tenía que hacerle honor a su nombre y derrotó a la humillación de la enfermedad para así, una vez más, dignificar su existencia e iluminarla de manera intensa.

La extrañaré el resto de mi vida, pero sé que cada vez que la recuerde, una sonrisa permanente me iluminará el rostro como las auroras boreales iluminaron su nacimiento, su vida y su final.

Descansa, Mamá.

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