¿Quién asegura que no doy a esos recuerdos un sentido que no tuvieron cargándolos, a destiempo, de un valor emotivo del que los acontecimientos reales a los que se refieren estuvieron desprovistos y, en resumidas cuentas, sólo resucita ese pasado de manera tendenciosa?” Esto se lo pregunta Michel Leiris en L’Age d’Homme, un texto autobiográfico que pretende la honestidad como el centro de su escritura.

Repito este enunciado porque sospecho de mí. Escribo partiendo de algún recuerdo que me es útil para relatar una historia íntima. Acudo al patio de la escuela a buscar pasajes voluntariamente en apariencia. No es una evocación sino el reconocimiento de la máxima de Fitzgerald: “toda vida es un proceso de demolición”. 

Cuando recuerdo, me salvo de la tristeza con la ironía. En esta escena estamos cerca del amplificador. Tenemos cada uno un micrófono en la mano, aunque no vayamos a cantar sino a hacer como que cantamos moviendo la boca mientras en el sonido de la escuela se escucha la letra de una canción. Estamos en el patio de la escuela, cerca de la Dirección y de los baños. Sé lo de los baños porque apesta. Nunca hubo agua potable según recuerde.

Nos hemos vestido de traje. Son trajes negros heredados de nuestros hermanos mayores que el año pasado han bailado Jesusita en Chihuahua con gran pompa y mucho éxito. Yo, además, uso unos botines que sólo he calzado una vez antes, cuando bailé La Feria de San Marcos, otra performance en donde mi pareja fue Daniela, una vecina. Todavía me quedan en quinto de primaria, y será la segunda y última vez que me los ponga.

Me he peinado de lado con un copetazo impertinente que brilla porque la VO5 con la que he embadurnado mi melena es para lucir un cabello húmedo

Experimento el calor y sudo la gota gorda, consecuencia de cagarse de nervios porque tiene uno la seguridad de estar a punto de volver a hacer el ridículo, como siempre. No he puesto los suficientes pretextos para detener esta empresa, para escurrir el bulto y escapar a este festival del Día del Maestro en el que comparto el escenario con Salvador, mi compañero desde el kínder.

También estoy frustrado porque la vocal de quinto de primaria, una señora que bajo juramento dijo que haría todo lo posible, no fue capaz de conseguir un cassette con la pista de la canción en lugar de que debamos utilizar el cassette en donde hemos grabado la canción directo del programa de Radio AMO y en donde, si no paramos a tiempo, se escucha la voz de la locutora mandando saludos luego de la canción a Salvador y a Luis Felipe que la han solicitado con fervor. 

Estamos en el patio y nuestro número se anuncia con los trastabilleos verbales del maestro de ceremonias de esa vez. Llegamos aquí por un proceso extraño, un poco idiota cuando lo describo. No alcanzo a recordar de dónde vino la idea, pero como soy el que escribe, cuando hablo todo está a mi merced: Puga, que es como le decimos a Salvador, fue el de la idea. Mi caprichoso recuerdo dice que fue una decisión tomada en el cuarto que compartía con mi hermano mayor, en la casa de la infancia, que es donde escribo esto. No sé por qué estamos ahí esa tarde, pero mi compinche dice que cantemos esa canción que se escucha ahora mismo. Posiblemente han venido a la casa porque fuimos a entrenar basket. Puede ser también que nos hayamos reunido a hacer tarea. Da igual.

Ahora todo se trata de participar en el festival del Día del Maestro haciendo un dueto que yo desconocía, pero que nos ha parecido ideal para nosotros dos, que se anuncia como un éxito y que nos consagrará en el festival del Día del Maestro. Nos parece que a las maestras les encantará. 

Se trata de Maracas. La interpreta Alberto Vázquez, un ídolo de nuestras madres y maestras y nuestro también (basta poner en el reproductor El Pecador para emocionarse aún ahora), y un flemático y desconocido en ese entonces Joan Sebastian, que ha escrito la canción, aunque eso yo no lo sabía en ese momento

La idea ha sido de Puga y él es el que se siente galán y cantante. Por eso he cedido la voz grave y conocida de Alberto Vázquez, para que la interprete él. Hago segunda, no me opongo y puede ser que hasta esté emocionado al aprenderme esa letra que relata la historia de unos amigos que se encuentran luego de un tiempo y recuerdan cuando tenían 16 años. Yo comienzo el diálogo con un “Dime, ¿qué ha pasado con tu esposa?”, pero el protagonista es él que responde un lapidario “Nos divorciamos”.

Pero nosotros tendremos diez u once años y estamos vestidos de pingüinos con trajes prestados. Nos alistamos para estos tres minutos que hemos ensayado en secreto, los momentos estelares de la existencia, dice Monsiváis. Después de esto no he aprendido nunca otra canción, soy incapaz de interpretar lo que sea sin cambiar la letra. Sin embargo, ahora mismo puedo repetir la letra de Maracas como si fuera ayer el Día del Maestro que la cantamos en el patio de la escuela, una letra cursi y de fracaso matrimonial -que en ese tiempo no entendíamos ni Salvador ni yo- a la que le hicimos playback como si se tratara de triunfar en Siempre en domingo!, pero en la escuela primaria. 

Para mí fue debut y despedida como cantante. La experiencia tiene esa singularidad de darle a uno lecciones. De cualquier manera, bajo el ardiente calor de mayo, mientras siento calientes los pies bien plantados en la cancha de la escuela, también recuerdo -o invento- que las maestras están emocionadas y sorprendidas al escucharnos o vernos, o las dos cosas.

Ellas están sentadas en la mesa de honor; en el centro, Pachita la directora. Incluso podría afirmar que alguna llora, aunque sea de risa por vernos crucificados como en canción de Cantoral. La escuela entera, en mi optimista memoria, aplaude al ritmo de “Llevamos juntos serenata, juntos hasta el balcón aquel” (Apuesto a que cuando lee uno esto le da por leerlo cantando). Yo me siento incrédulo, también deseo que acabe pronto y nunca más volver a usar botines y traje para un festival a realizarse en la mañana.

Muchos años después yo lo recordaría porque vi a Puga, que ahora se hace llamar Sag Puga, creo. Me contó que era cantante y que su canción sonaba en la radio. Me dijo qué temas y cómo escribía sus letras sentados en una ruta 5. Pensé en que lo que para mí fue una retirada, para Salvador fue el encuentro con su vocación. Pero eso habría que preguntárselo a él.

Por mi parte, vivo bajo la consciencia de que uno hace un poco de patiño sin querer o persigue vicariamente los sueños de otros ignorándolo por completo hasta que la vida sigue.

De todas maneras, las motivaciones se mantienen como un enigma para uno, nunca nadie podrá explicar ¿Por qué un par de niños quieren cantar un dueto sobre rosas y claveles y divorcio en un festival del Día del Maestro? 

Dice Félix de Azúa sobre los momentos decisivos de nuestras vidas que “podemos esconder durante décadas un recuerdo, un paisaje, una piel a recaudo en algún recoveco de la memoria sin que aflore ni el más ligero aroma, así nos defendemos del dolor. Pero no podemos ocultar en la memoria todas nuestras traiciones a riesgo de provocar un cortocircuito. Por eso, a veces, sin aviso, regresa una huella manchada por la tristeza del olvido y su luz oscura nos dibuja en la lejanía como recortados contra un paisaje africano en el que no acertamos a saber si éramos plácidos rumiantes o tristes hienas”.

  • Ilustración: Peresoy