Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he bailado. Por supuesto, cuando lo hice, estaba borracho. O fui obligado, como la primera vez. Tenía 12 años y cursaba las últimas semanas del sexto de primaria.

La maestra Angélica propuso, además del soporífero acto académico y una espantosa y desabrida comida, un baile de despedida para cerrar el ciclo. Primero formó las parejitas según la estatura y talla de niñas y niños. Flacas con flacos, gruesas con gruesos, altas con altos y chaparras con chaparros.

Luego cayó en cuenta que no era viable, y moral, este discernimiento y optó por el azar. No recuerdo con quién me tocó hacer pareja, pero era una muchacha diestra y avezada en los chanclazos y el cadereo. Yo, que tenía la vivacidad de un fósil, ni siquiera sabía que era eso abrazar a una niña, y menos la de bailar con una.

Provoqué, a mi manera (no me ruboriza citar a Vicente Fernández) al dios Tláloc con mis apopléjicos pasos. No cayó una tromba, pero si que lloraron de lástima la maestra y mis compañeros.

Les faltaron pañuelitos desechables para limpiarse las lágrimas a algunos, y otros echaron de menos que su suéter no tuviera una tercera manga donde embarrarse los prominentes mocos ante el espectáculo del que yo era actor principal. No hizo falta que me dijeran con palabras: insufrible cataléptico, todos sus gestos y miradas lo gritaban. Renuncié a participar en el baile de despedida; la maestra Angélica no me insistió para nada en que intentará reponerme de mi fracaso. Sólo me dijo: un día lejano es ligeramente probable que bailes como un ser humano y no como un robot. Supongo que no quiso estropear su sagrado evento con mi profana cadera.

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La segunda vez que intenté bailar fue en una fiesta. Iba con mi expareja. Ella, toda chula y alegre, me invitó a bailar. No sé, le dije. No importa, déjate llevar por el ritmo, me decía. Estas frases se repitieron unas 20 veces de ida y vuelta.

Acepté de mala gana, después de todo ya andaba a medios chiles y los litros de cerveza ya habían minado la poca vergüenza que me quedaba. No pasaron ni tres minutos de zangoloteo cuando propicié el paroxismo de esa noche

No sé cómo, pero el cuerpo de mi hermosa ex salió disparado de mis brazos. Acto seguido, dio el costalazo. Y para no dejarla sola en tan bochornosa situación, yo hice lo propio, sólo que salí disparado en dirección opuesta a la de ella.

Tanto ella como yo quedamos echados en el piso, parecíamos niños huérfanos abandonados afuera de una catedral. Los costalazos, fuertes y violentos, asustaron a los demás invitados y gorriones de la fiesta. Pararon la música para socorrernos. Alguien gritó que ya estaba llamando a la Cruz Roja, que pronto llegaría una ambulancia. Saltó, de no sé dónde, un pasante de enfermero que indicó a los demás que no nos movieran porque había riesgo de fractura craneoencefálica.

Nada de eso pasó, sólo recuerdo que ella, con sus imponentes 1.82 metros de estatura, se levantó con una carcajada eufórica y malvada y fue a recoger los restos que quedaban de mí. Nunca me volvió a invitar a bailar, y eso que me la pasaba de fiesta en fiesta con ella. Comprendí que aún me movía como un robot, que ese día lejano y poco probable que vaticinó la maestra Angélica aún no dividía mi vida en un antes y un después.                          

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La tercera es la vencida, la buena, dice el vulgo cuando juega e intenta estérilmente ganar la lotería. Así pues, en una tercera ocasión intenté bailar.

Estaba en una peda, es decir, en una borrachera donde el alcohol se ajuma sin ton ni son. Alguien comenzó a bailar, era una mujer que tenía una lavadora desvencijada por cadera, y motivó a los demás catarrines para que le siguieran el paso, entre ellos yo mero, que ni dudé en entrar al remedo de pista que se hizo.

Pensé, aún lo recuerdo con lucidez, que entre tanto ridículo y desvergüenza pasaría desapercibido. No fue así. Más temprano que tarde me vi solo en medio de un semicírculo formado por borrachines, sentí que todo se derrumbaba en mí (ahora estoy citando a Emmanuel y ya me cala la pena, aunque no tanto como lo que estoy refiriendo).

Pude verme, no sé cómo, bailando como un Adam West interpretando al Batman de los 60. Nota ¿Ese fue uno de los primeros avisos para que dejara la bebida, so pena de caer más bajo y extinguir lo que llaman dignidad?

Seguramente, pero no entendí el mensaje y seguí bebiendo por años. Vuelvo a la peda y a mi baile. Como bucle repetitivo, los borrachines detuvieron la música, aún escucho el clic del pause, para preguntarme: ¿Estás sufriendo un ataque epiléptico o una convulsión? No respondí nada; tronó una carcajada a la que siguieron otras hasta alcanzar una ovación unánime.

El resto de la peda la pasé sentado en un viejo sillón con cerveza en mano. Más de algún briago se acercó a mí para elogiar mis pasos de robot descompuesto. Eso es lo bueno de no reprimirse, de no tener miedo al ridículo, carnalito, gracias por hacernos la noche… esas fueron las últimas palabras que escuché esa noche, las que terminaron de sepultar todo intento de baile futuro.

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Hay un par de constantes en las experiencias que he referido. La primera y más obvia es que yo no nací para bailar (por poco y cito a Juaga); la segunda, que mi falta de destreza ha sido comparada a la de un robot.

Ese eufemismo para insultarme ilustra una creencia que para muchos pronto caducará y pasará al grado de labia o lisonja. Los robots, lo dice toda una literatura que va de la ciencia llana y dura a la ficción utópica y distópica, pronto nos rebasaran, a los seres humanos y a uno que otro animal, en todas las áreas de nuestra vida.

El robot, como analogía de alguien o algo con movimiento brusco y torpe tiene acta de defunción firmada para los entusiastas de la robótica y la AI ¿Qué tanto de cierto hay en estas profecías? No lo sé, difícilmente logro descifrar las funciones de mi smartphone

Y me dirán, con cierta razón, que un smartphone no es un robot, pero a estas alturas es difícil tajar la digitalización de la robotización. En La imparable marcha de los robots, Andrés Ortega hace esta observación: Robotización, digitalización y automatización, insistimos, son parte de un mismo fenómeno, aunque muchos expertos insistan en diferenciarlos.

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Siguiendo la lógica de la conclusiones a las que llega Andrés Ortega, en la misma obra ya referida, todo parece indicar que los robots no serán los criados domésticos que hemos imaginado gracias a las representaciones cómicas, por medio de caricaturas japonesas; pero tampoco nuestros verdugos distópicos, como los que pinta la literatura de ciencia ficción desde R.U.R. (lo obra teatral distópica de 1921, escrita por el checo Karel Čapek), hasta las películas del mismo género como The Terminator, de James Cameron.

El peligro señalado por Andrés Ortega, en La imparable marcha de los robots, es el progresivo desempleo que implica la robotización, digitalización y automatización en las sociedades de un futuro nada lejano, quizá entre 10 y 15 años. Y no se trata de que los robots, sean humanoides o no, hagan las tareas que consideremos pesadas y monótonas, eso ya es un hecho.

Durante años previmos que las clases económicamente menos favorecidas serían las más afectadas por la creciente robotización, debido a que su campo laboral suele acotarse a esas tareas pesadas y monótonas. Pero el desempleo lo sufrirán también los profesionistas, que van desde programadores e ingenieros hasta personal médico, como los cirujanos e internistas, incluso los humildes médicos familiares.

Los robots ya en el presente programan, diseñan y construyen a otros robots, además de que ya diagnostican algunas enfermedades de manera más precisa y llevan a cabo cirugías. Ciertamente aún dependen de los humanos esas maquinas complejas, pero pronto alcanzaran un grado de autonomía bastante aceptable

Incluso, en la misma obra, los robots han alcanzado, con las debidas limitaciones tecnológicas, campos que se creían ajenos a ellos, es decir, exclusivamente humanos.

Hay centros de investigación y diseño que se abocan a desarrollar programas y robots que inciden y se relacionan con nuestro comportamiento emocional. Quién diría que las muñecas o muñecos, para fines sexuales, cada vez son más complejos y fogosos.

Los llamados progresistas de la tecnología robótica no parecen tener limites ¿Acaso no es verdad que hoy los bots son un factor de peso para inclinar la balanza en favor de tal o cual politiquillo? En la guerra entre naciones comienza a pesar el factor de los robots militares, echen un ojo al presente.    

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Hay bastante tela que cortar con el tema de los robots, yo no soy el indicado para extenderme en esos menesteres. Supongo que a mediano plazo habrá robots bailarines, más diestros que yo para mover el bote y no ser presas de burlas y humillaciones, propias o ajenas. Cuando llegue ese día, quizá alcance a contar, para mi gloria, que yo fui comparado con un robot. Por el momento, mis anécdotas son terreno fértil para el ridículo y la desvergüenza.

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Pensé en titular este escrito como: Los robots saben bailar, pero me suena a título de poema escrito en un taller de poesía por un aprendiz de avanzada. Le agregaré el privativo “no” al amago de título, para no caer en un vulgar plagio, aunque de antemano sé que esto es imposible.